Monday, 20 March 2017 00:00

Eventos postraumáticos, violencia y privaciones afectan a más de 5 millones de niños y niñas en Siria

Escrito por  Témoris Grecko/Proceso
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A casi seis años del inicio de la guerra en Siria, y por primera ocasión, una luz apunta hacia una posible ruta de salida.

Tres anteriores rondas de diálogo entre el gobierno sirio y los bandos de la oposición, convocadas por la ONU y llevadas a cabo en Ginebra, acabaron en insultos y portazos; esta vez se llegó a un acuerdo base: las futuras conversaciones tendrán como eje la agenda siguiente, que prefigura la Siria que emergerá del conflicto:

Al entrar en vigor una tregua permanente, se abrirá un proceso de transición dirigido por un gobierno provisional en el que participarán representantes del régimen del presidente Bashar al Assad y de las milicias rebeldes, un nuevo texto constitucional será redactado por consenso y se convocarán elecciones libres.

Además, por exigencia de los representantes de Assad, se empezó a dibujar un enemigo común contra el que todas las partes, dentro y fuera de Siria, pueden estar de acuerdo en unirse: la organización Estado Islámico, que desde 2014 ha puesto en jaque a facciones y gobiernos de la región y a las potencias globales, al conquistar una extensa franja de territorios contiguos en Siria y en Irak, incluidas las ciudades de Raqqa y Mosul. En virtud del entendimiento alcanzado, las partes admiten entre sus prioridades la lucha contra el terrorismo y las medidas de generación de confianza mutua.

Otro aspecto fundamental es que no se permitirá la desintegración del país, por lo que, para las zonas bajo control kurdo a lo largo de la frontera con Turquía, lo que se prevé no es la independencia, sino un gobierno con amplios márgenes de autonomía pero bajo un régimen federal, parecido al que rige en el norte de Irak.

Se trata sólo de un paso, significativo pero dependiente de que se siga avanzando en esa línea: la ONU ha llamado a otra sesión de conversaciones, por realizarse el lunes 20, a fin de concretar acuerdos con mayor sustancia y capacidad de materializarse sobre el terreno.

De manera paralela, Rusia, Turquía e Irán van a proseguir el jueves 16 con otro foro en Astaná, capital de Kazajistán, del que fue excluido Estados Unidos aún bajo la presidencia de Barack Obama, y que perseguirá la consolidación del alto al fuego vigente en varias partes del país y el fortalecimiento de un mecanismo de supervisión de su cumplimiento.

El optimismo es moderado pero la novedad es que ahora lo hay, y a pesar de nuevos informes que dan cuenta de la brutalidad de esta guerra, que comenzó con manifestaciones pacíficas reprimidas con violencia el 15 de marzo de 2011 en lo que entonces se etiquetaba como la Primavera Árabe.

Además de los heridos, amputados, mujeres violadas y huérfanos, el número de muertos oscila, según distintas estimaciones, entre 312 mil y 470 mil. Un reporte de la ONU dio a conocer que ambos lados cometieron crímenes de guerra durante la última fase del sitio de Alepo, especialmente el gobierno sirio; y lo más impactante, por los testimonios que contiene, es el documento de la organización Save the Children, titulado Heridas invisibles. El impacto de seis años de guerra en la salud mental de los niños de Siria.

 

Infancia arrasada

Presentado el lunes 6, este estudio, el más amplio en su tipo desarrollado durante el conflicto, revela cifras impactantes: más de 70% de los niños y niñas entrevistados sufren síntomas comunes de “estrés tóxico” o desorden de estrés postraumático, como pérdida del habla, agresiones contra otros y contra ellos mismos, abuso de sustancias e incapacidad para controlar la micción; 78% de ellos experimenta extrema tristeza y duelo.

El documento explica que niños y niñas enfrentan la experiencia combinada de eventos traumáticos extremos, violencia y privaciones, por lo que están en riesgo de “vivir en un estado de estrés tóxico, (que es) la forma más peligrosa de estrés cuando los niños experimentan adversidad fuerte y prolongada sin apoyo adecuado”, lo que “puede tener un impacto durante toda la vida”.

En total, calcula el informe, 5 millones 800 mil niños necesitan ayuda, de los cuales 4 millones 600 mil viven en zonas bajo sitio o de difícil acceso. La crisis ha llegado a tales niveles de trauma y alteraciones entre los infantes que existe el peligro de que se haya traspasado el punto de no retorno y muchos de los daños sean irreversibles.

La investigación se enfocó en 458 niños y niñas, adolescentes y adultos, y se practicó entre diciembre de 2016 y febrero de 2017 en siete de las 14 gobernaciones del país (ni el gobierno ni el Estado Islámico permiten que Save the Children trabaje en las áreas bajo su control, por lo que el estudio sólo pudo realizarse en zonas opositoras de Alepo, Idlib, Damasco, Daraa, Homs y Hasaka).

También reveló que 51% de los adultos entrevistados dijo que los adolescentes se están refugiando en las drogas para enfrentar el estrés, y 59% afirmó conocer a niños y adolescentes reclutados como combatientes o para trabajar en cuarteles y retenes. Dos de cada tres niños han perdido a un ser querido, uno de cada cuatro está en riesgo de desarrollar desórdenes mentales, la mayoría ha perdido varios ciclos educativos, y la mitad de aquellos que todavía pueden ir a la escuela contó que nunca o raramente siente seguridad en ella.

Impacto devastador

Esto último no es extraño si se toma en cuenta que las escuelas no han sido un lugar respetado por los bandos en conflicto: un reporte del UNICEF, de octubre de 2016, indicó que en los primeros cinco años se registraron más de 4 mil ataques contra recintos escolares (también cifró en 1 millón 700 mil los niños sin acceso a la educación y en 1 millón 300 mil los que estaban en riesgo de perderlo).

Sin embargo, los números por sí mismos no permiten entender lo que sufren los niños y las niñas con tanta elocuencia como sus testimonios, incluidos también en el reporte de Save the Children.

La peor situación que los afecta es la de los bombardeos, que constituyen la mayor fuente de miedo y estrés, y las balas. Los técnicos de la organización que manejaron los grupos focales sobre los que se basó el estudio reportan que el sonido de los aviones volando cerca y los gritos de la gente –incluso sin que arrojaran bombas– eran suficientes para detonar niveles extremos de temor: las sesiones tenían que ser pospuestas porque los chicos eran incapaces de continuar.

Los menores de 12 años, que han pasado ya la mayor parte de sus vidas en la guerra, suelen estar particularmente atentos a los ataques aéreos y a los bombardeos, y mencionaron con frecuencia el miedo a ser víctimas de una explosión. Muchos sufren pesadillas, dificultades para dormir y, sobre todo, alteraciones emocionales.

“Estoy enojado todo el tiempo”, dijo Aboud, de 12 años, en Idlib. “Tengo miedo de ir a la escuela porque un avión nos va a bombardear”, confesó Rihab, de ocho años, en una aldea cercana a Alepo. Alaa, de 12, en Guta Oriental, reflexionó: “Me sentiría confundido si no escuchara o viera ataques aéreos, porque ocurren muy seguido”. A Zeinah, de 15, lo que le da tristeza es que “cuando tenemos una festividad pública, mis padres no están conmigo porque los perdí, y estoy sola porque todo el mundo está muriendo”.

“Los niños quisieran estar muertos y poder ir al cielo, donde estarán calientes, comerán y jugarán”, compartió una maestra de nombre Hala, en Madaya. “Quisieran ser heridos por un francotirador porque los llevarían al hospital, lejos del estado de sitio, y podrían comer lo que quisieran”.

Save the Children llama a las partes en conflicto a una tregua, a cesar el uso de explosivos en áreas pobladas y contra escuelas y hospitales, terminar con la táctica de imponer sitios y permitir el acceso irrestricto de ayuda humanitaria a todas las áreas. “No es demasiado tarde”, afirma, ya que, si se da el apoyo adecuado, “los niños son capaces de recuperarse”. En caso contrario, el impacto será “devastador en todos los aspectos del futuro de Siria”.

“Ríndanse o mueran”

Los bandos enfrentados tendrían que mostrar una sensibilidad contraria a la que han mostrado hasta ahora. El informe de la Comisión Investigadora de la ONU sobre la campaña del régimen para tomar Alepo, que duró de julio al 22 de diciembre de 2016, acusa a todas las facciones de haber cometido crímenes de guerra, pero no por igual: sus señalamientos son más duros respecto al gobierno de Assad, que recibió apoyo de milicias chiitas iraníes y, sobre todo, de la poderosa fuerza aérea rusa, cuya intervención fue capaz de revertir la desventaja militar del ejército sirio.

De manera destacada, el documento acusa a las fuerzas gubernamentales de que, a pesar de que autorizó –bajo presión internacional– el paso de un convoy de alimentos y medicinas, después lo atacó con sus aviones, en una operación que fue “planeada con meticulosidad y ejecutada implacablemente”, según concluyó con base en entrevistas a 291 testigos.

En una primera fase, “los helicópteros arrojaron barriles de explosivos, que destruyeron un almacén y la casa de una familia”. Después, aviones Sukhoi lanzaron cohetes contra varios trabajadores humanitarios. En un tercer momento, las naves ametrallaron a los sobrevivientes. El resultado: 20 muertos.

Esto es parte de la política denominada “ríndanse o mueran de hambre” que usaron las fuerzas oficialistas para terminar con la resistencia. También, los investigadores confirmaron el uso de químicos industriales tóxicos contra zonas pobladas por comunidades civiles de oposición, incluido sarín, el agente nervioso que ya en agosto de 2013 había sido usado en Guta, cerca de Damasco, y que mató a mil 300 personas. Los heridos y los enfermos, finalmente, no tenían dónde ser atendidos porque las escasas instalaciones de salud que permanecían fueron sistemáticamente destruidas.

Las facciones yihadistas y las que llaman de tendencia “moderada”, por su parte, fueron acusadas de atacar con morteros la parte de Alepo controlada por el gobierno, matando a docenas de civiles; de impedir la huida de algunas personas y de utilizarlas como escudos humanos.

En conjunto, soldados y rebeldes cometieron el crimen de guerra de evacuar la ciudad por “razones estratégicas” y no por “la seguridad de los civiles ni por necesidad militar imperativa”. De hecho, el acuerdo final que le dio fin al sitio mediante la evacuación general de la zona opositora (y que fue supervisado por el Comité Internacional de la Cruz Roja) equivale al crimen de guerra de desplazamiento forzado, concluye el informe.

El uso comprobado de armas químicas (de las que el gobierno de Assad aseguró haberse desprendido en 2014 tras un acuerdo con Washington), prohibido por la legislación internacional, motivó un debate en el Consejo de Seguridad de la ONU, el 28 de febrero, y la presentación de un proyecto de resolución que imponía sanciones al gobierno de Assad.

La propuesta tuvo nueve votos afirmativos, tres abstenciones y tres negativos. Pero además de Bolivia, los que se manifestaron en contra fueron Rusia y China, que tienen poder de veto. Fue la séptima ocasión en que Moscú impuso su veto en resoluciones contra Siria.

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