La violencia de género, el sexismo y el feminicido han capturado la atención de los medios en los últimos meses. Ya era hora. Pero una omisión flagrante persiste; no se está cubriendo la violencia en contra de la comunidad transexual. Las personas trans se ven afligidas por niveles insólitos de discriminación y violencia, a tal grado que el peligro que corren supera al de casi cualquier otra comunidad oprimida. La expectativa de vida en Latinoamérica es de 75 años. Una persona trans, en promedio, no puede esperar vivir más allá de los 35, según un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. México ocupa el segundo lugar mundial en crímenes de odio en contra de la comunidad LGBTI+, solo Brasil nos supera. Nuestra región es particularmente contradictoria. Latinoamérica es, en partes, uno de los lugares más progresistaspara los derechos transexuales y a la vez el lugar en donde más peligra la vida trans. ¿De dónde surge esta contradicción? Contradicción e indiferencia, dos características que definen al tema trans en nuestra sociedad, son producto de la ignorancia.

La ignorancia parece ser el peor enemigo de una persona transexual hoy en día. Ignorar la suerte de un grupo relativamente pequeño y marginado es muy fácil, por lo que tiende a recaer en grupos de activistas y en los mismos miembros de la comunidad resolver los problemas que enfrentan. Su primera misión tiende a ser la concientización de la sociedad para así erradicar la ignorancia. A mí me interesaría aliarme a esta causa, pero hay un problema; yo también me declaro ignorante. Más allá de mi horror ante la violencia que sufren, admito que no interactuó de manera cotidiana con ninguna persona trans y mi dieta mediática contiene muy poco contenido sobre y por esta comunidad.

Existe un gran riesgo de buscar “ayudar” o “aliarse” a una causa y acabar haciendo tanto o más daño que aquellos que se muestran indiferentes. Los ejemplos a lo largo de la historia son numerosos. Están desde orientalistas en diversos movimientos anticoloniales, hasta la doctrina del intervencionismo liberal que busca «salvar» pueblos de brutales dictaduras, hasta los hombres que quieren protagonizar frente a las marchas de mujeres. Es claro, por lo tanto, que primero hay que entender a profundidad a una comunidad antes de actuar.

Pero entender una identidad ajena tampoco es tan fácil. Con el crecimiento de lo que ahora se conoce como la “política de identidad” se ha encendido un debate sobre si es posible entender sin ser. Se ha vuelto sumamente común, en cualquier texto a favor de alguna u otra identidad, ver la autoclasificación de quién escribe, acreditando así su opinión con el fundamento de sus propias experiencias; “Yo como mujer…”, “Yo como indígena…”, “Yo como hombre trans…”. Esto es sumamente valioso, ya que una diversidad de historias enriquece el diálogo social. Yo no soy transexual y de ahí también, en parte, surge mi ignorancia. No vivo el día a día de una persona trans. No me percato de los prejuicios, las miradas, las micro y macroagresiones que padecen todo el tiempo. Cuando leo, veo y escucho las vivencias de esta comunidad, disipo un poquito más mi propia ignorancia sobre su experiencia. Pero, a final de cuentas, no hay historia que haga sentir en carne propia lo que es tener que abandonar un hogar por el rechazo a una identidad de género o que dé a entender lo que es transicionar de un género asignado a otro. Por lo tanto, regresamos a la misma pregunta: ¿en verdad es posible entender sin ser?

Este debate se vuelve problemático cuando las cosmovisiones de dos o más identidades se cruzan y se contradicen. Esto es parte de lo que se conoce como interseccionalidad, un término acuñado por la académica y activista Kimberlé Williams Crenshaw. Ella identificó, en Estados Unidos a finales del siglo XX, que el estudio del género se llevaba a cabo de manera completamente segregada del estudio de la raza y el racismo. Williams Crenshaw buscó unir a ambos enfoques con el objetivo de conjugar a dos luchas sociales paralelas y, además, de lidiar con los problemas que surgían cuando estas se contrariaban —a veces algunos feminismos podían ser racistas y algunos antirracismos, sexistas. La esperanza era que en una confrontación entre identidades oprimidas se pudieran encontrar puntos en común y consensuar, pero este no siempre ha sido el caso. Por ejemplo, regresando a la temática transexual, existe el caso de la célebre feminista de segunda ola, Germaine Greer, quien en 2015 dio su opinión sobre la inhabilidad de una mujer trans de verdaderamente vivir una experiencia genuinamente de mujer:

un hombre, que vivió como hombre durante cuarenta años, que tuvo hijos con una mujer y disfrutó de sus servicios —los servicios gratuitos de una esposa, que la mayoría de las mujeres nunca conocerán— y de repente él decide que todo ese tiempo él ha sido una mujer.

Greer de repente se volvió una cause celebre entre aquellas personas que antes la respetaban por haber impulsado el progreso, pero que ahora la consideraban un obstáculo. Lo que empezó como una discrepancia fue declarada una guerra civil entre ideólogos de género por los medios y muchos mordieron el anzuelo. De repente, la comunidad LGBTI+ se vio enfrentada por movimientos como el Feminismo Radical Transexclusivista (TERF). La ironía de todo esto es que aquellos que no tienen ningún interés en avanzar los derechos estás comunidades diversas son los que más se benefician de estas riñas. Breitbart News, el medio de ultraderecha que ayudó a llevar al actual presidente de los Estados Unidos al poder, utilizó la gresca para avanzar su agenda tradicionalista. El resultado es que movimientos, por lo general afines, acaban en conflicto; sus detractores se ven fortalecidos; y, lo más importante, las comunidades vulnerables, como la trans, siguen siendo victimizadas.

La respuesta a las aparentes contradicciones entre diversos movimientos progresistas podría yacer en el pensamiento del filósofo Isaiah Berlin y en su concepción de la libertad negativa y la libertad positiva. En este caso, la libertad negativa es la libertad de poder actuar sin obstáculos evidentes, dígase la libertad de una persona transexual de poder cambiar su género legalmente en un documento de identidad. La libertad positiva es la libertad de tener la posibilidadde actuar. Un caso de la ausencia de esta libertad se ejemplificaría en tener la facultad legal de hacer un cambio de género en un documento de identificación, pero no poder hacerlo en la práctica por miedo a represalias, discriminación o acoso en cualquier momento del trámite. Si bien, por lo normal, la regla no escrita es que el liderazgo en la lucha por asegurar sus libertades negativas recae en la misma comunidad que las busca. Ninguna persona ajena (a menos de ser una de enorme pericia en el tema, invitada por la comunidad) debería estar decidiendo cuáles son los obstáculos que se deben quitar del camino de la comunidad transexual. Lo que recae en nosotros, como miembros ajenos, es cuestionar cómo podríamos mejorar la libertad positiva de la comunidad transexual eliminando las barreras invisibles que nosotros mismos imponemos.

Se trata de un ejercicio de reflexión en el que cada quien se debe preguntar, no cómo puede ayudar, sino cómo puede dejar de hacer daño; una introspección interseccional. A diferencia de lo mencionado al principio de este texto, rara vez se usa la autoidentificación para llamar la atención de identidades que pudiesen restar al argumento de quien escribe —por ejemplo un autor reflexionando sobre la experiencia transexual desde su perspectiva privilegiada de hombre, cisgénero, heterosexual y güero, o como bromearía una amiga afromexicana, “el enemigo”—, pero este ejercicio puede ser de gran utilidad, ya que conlleva a pensar cómo una persona se beneficia por su posición arbitraria. Esta autocrítica también nos instiga a poner de lado nuestros prejuicios. No importa cómo nos sintamos con respecto a la moralidad/naturaleza/deseabilidad de la comunidad transexual, lo que está en juego es la vida de los individuos que conforman este grupo identitario y es ahí en donde hemos fallado como sociedad.

La introspección conducida de esta manera es especialmente útil porque, no importa que tan oprimida sea la persona que reflexiona, ésta siempre es victimaria en alguna otra faceta de su vida. En el caso de la comunidad trans en Latinoamérica, que a diario se ve desproporcionadamente violentada, la pregunta "¿estoy contribuyendo al problema?" es una que prácticamente todos deben responder en lo afirmativo. Hay un grado de humildad moral en esta práctica interseccional, ya que aborda la complejidad de las identidades y de sus interacciones en la sociedad, más allá de la jerarquía inamovible de victimarios y víctimas claramente distinguibles.

La esperanza es que más allá de quedarse en el afán de "solo informarse", cada quien pueda tomar responsabilidad del papel que juega en el conjunto social. Todo empieza por escuchar y compartir voces de comunidades diversas, pero continua cuando problematizamos nuestros propios comportamientos cotidianos. En el caso de nuestro comportamiento frente a la comunidad transexual esto incluye el uso o no uso del lenguaje inclusivo (un debate particularmente interesante en español), preguntarnos cuando es relevante o discriminatorio dividir por género binario (hombres/mujeres) un espacio, el uso o no uso del deadnaming —cuando alguien usa indebidamente el nombre originalmente asignado a una persona trans— y, todos los días, preguntar ¿a quién estará dañando mi indiferencia e ignorancia hoy? Reflexionándolo un poco, no creo que mi amiga esté tan lejos de la verdad. En muchos contextos, gracias al privilegio que he gozado toda mi vida, seguramente sí he sido, soy y seguiré siendo, en parte, “el enemigo”. Mi compromiso es tomar conciencia y acción para serlo un poco menos todos los días conforme voy aprendiendo de los demás.

Alejandro González Ormerod

(ciudad de México, 1991) es escritor e historiador. Su última publicación fue Octavio Paz y el Reino Unido (FCE/Conaculta, 2015).
Read 39 times Last modified on Thursday, 03 May 2018 12:49
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