En algunos pueblos del sur de México, la estación de lluvias llega al ritmo de peleas entre hombres disfrazados de tigre. Se trata de un ritual antiquísimo, enraizado en la idea colaborativa, dual, de la mitología prehispánica, las ofrendas y peticiones a los dioses. Una forma de asegurarse la continuidad del ciclo, el nacimiento del maíz y su cosecha. 

Ocurre en la región de la Montaña Baja, en el Estado de Guerrero. En pueblos como Zitlala, Acatlán, Tixtla y también en Chilpancingo, la capital. Zitlala celebra las peleas este sábado, como colofón a una semana de rezo y oración a Tláloc, dios azteca de la lluvia y la fertilidad, y al resto de deidades que figuran, con mayor o menor fuerza, en la cosmovisión contemporánea de los pueblos que integraron el viejo imperio prehispánico.

No hay indumentaria fija. Algunos visten pantalones de mezclilla, vaqueros, camisas; otros prefieren un mameluco, un pelele naranja con puntos negros. Aunque son conocidas como peleas de tigres, el jaguar, por su importancia en la tradición mitológica mesoamericana, se adueña de la indumentaria.

Todos, eso sí, llevan una máscara en la cabeza, una máscara hecha de piel de vaca, dura, resistente, para soportar un golpe inoportuno en la cara. Una máscara de tigre. No se enfrentan con los puños, usan una reata de cuerda, una fusta trenzada aderezada de mezcal, que la seca y endurece.

Un tigre, camino a la plaza de Zitlala.
Un tigre, camino a la plaza de Zitlala. HECTOR GUERRERO
 

Pasado el mediodía, las cuadrillas de tigres bajan de los barrios a la plaza central de Zitlala. Los capitanes de cada equipo disponen y los tigres, algunos verdes, otros naranjas, se enfrentan por parejas. En Youtube hay videos en que se ven las peleas. Con una mano, los tigres se agarran del hombro, o se empujan; con la otra se dan de latigazos, casi siempre en los costados, de derecha a izquierda y viceversa.

El antropólogo Samuel Villela ha publicado varios artículos sobre los rituales agrícolas en esta parte de Guerrero. En uno, aparecido hace poco en la revista Arqueología Mexicana, dice: "En todos ellos [los lugares donde hay peleas rituales], hay la conciencia abierta o soterrada de que los tigres pelean para que el dolor, el sufrimiento físico y la eventual sangre derramada sean propicias a la deidad para que ésta, a su vez, otorgue lo bienes solicitados". Esto es, la lluvia.

Pero, ¿por qué peleas de tigres, de jaguares? El economista guerrerense Elías Gómez Avendaño escribió hace unos años un artículo que recogía parte del mito. El texto lee que en una época de hambruna, dos tigres, uno naranja y uno verde, llegaron al cerro del maíz, custodiado por hormigas. Con engaños lograron entrar, tomar semillas de maíz e irse corriendo. En la huída, Tláloc les descubre y les manda la peor tormenta posible, con rayos y truenos. Los tigres tropiezan y bajan rodando el cerro. Las semillas se les caen. Uno de los tigres le echa la culpa al otro, empiezan a pelear y así transcurren varios días, hasta que los vecinos les piden que paren. Durante el tiempo que han pasado dándose golpes, las semillas que cayeron de sus brazos han germinado. Y todo el mundo está contento.

La pelea, así, es un recuerdo, un homenaje a la leyenda, pero también un seguro mitológico, la forma catártica y extrema de la oración.

Dos máscaras de tigre, una naranja y otra verde.
Dos máscaras de tigre, una naranja y otra verde. HECTOR GUERRERO
 

Los golpes, las peleas, forman parte de las relaciones culturales en buena parte de América Latina. En Bolivia, en el poblado de Macha, a unos kilómetros de Potosí, los vecinos celebran el Tinku, peleas a puñetazo limpio en honor a la Pachamama, la madre tierra. El Tinku transcurre también durante los primeros días de mayo. En Chivarreto, Guatemala, los vecinos del pueblo y otras comunidades cercanas saludan la llegada de la Semana Santa con combates de boxeo, el puño al aire. Al parecer, esta tradición empezó hace poco más de un siglo, con la intención, para los luchadores, de cumplir una penitencia.

En Perú, en la ciudad de Santo Tomás, en la provincia andina de Chumbivilcas, los vecinos se agarran a trompadas cada 25 de diciembre para celebrar el Takanakuy. En su libro De dónde venimos los cholos, el escritor peruano Marco Avilés relata un viaje a Santo Tomás para ver el ritual, "esa mezcla de torneo de lucha y tribunal de justicia, donde los vecinos resuelven a puñetazos sus líos legales, amorosos, de honor". Avilés entrevista a un estudioso del Takanakuy, Víctor Laime, que le dice: "Lo primero que has de saber es que el Takanakuy es catarsis popular". Avilés dice que la definición de catarsis que más le gusta a Laime es "purificación ritual". El escritor se pregunta, "¿Es eso el takanakuy? ¿Una fiesta donde los hombres entran en éxtasis y acaban a golpes con sus frustraciones?".

A diferencia de lo que ocurre en Chumbivilcas, las peleas de tigres de Zitlala se excusan en la religión. Ahora bien, nadie puede negar que debajo de las máscaras de tigre se ocultan hombres con ganas de zurrarse de lo lindo.

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