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"En la noche de los tiempos, un hombre soñó con otro. Y lo vio venir, como entre nubes... con el viento". Así arranca El sueño de Malinche, la nueva película de Gonzalo Suárez (Oviedo, 84 años), un filme de animación que recrea el encuentro entre dos mundos: el azteca, con el emperador Moctezuma al mando, y el español, con el conquistador Hernán Cortes a la cabeza. Dualidades, mitos, palabras que resuenan o que no se pronuncian -a través de la traductora india, Malinche-: el universo creativo y reflexivo del director de Epílogo, Remando al viento, El detective y la muerte o Mi nombre es sombra estalla en la pantalla con los dibujos de Pablo Auladell.

El sueño de Malinche es el fruto de una vieja aspiración de Suárez, que lleva años detrás de este proyecto, y que ahora se ha realizado con la producción de Joaquín García-Quirós, que también publica un libro homónimo (editorial La huerta grande) con los textos y los dibujos. "Es una película que oficialmente no existe", bromea el realizador, "porque no ha recibido ni una ayuda ni está realizada por el 500 aniversario de la llegada española a México, una mera coincidencia. Nuestra intención es proyectarla en museos y centros educativos". Y esta tarde empieza su recorrido en el Museo del Prado, donde se presenta por primera vez al público. Posteriormente se proyectará el 12 de marzo en el Festival de Cine de Guadalajara (México), y ya están cerrando sesiones en otros centros, como el Reina Sofía.

Para Suárez, la figura de Malinche está empezando a observarse con ojos más precisos. "Ya no es solo la mala, la traidora, sino que ahora se tiene en cuenta que era inteligente y muy valiente. La define muy bien Bernal Díaz del Castillo [miembro de la expedición de Cortés y en cuyos escritos se basa en parte el guion] como asombrosa. Los orígenes de Malinche están muy relacionados con los del cuento de Blancanieves, en cuanto a su abandono familiar". El cineasta ha manejado multitud de información: "Hace años, al inicio del viaje, mi esposa, Hélène, y el productor Antonio Saura empezaron a investigar y a acumular material". Otros antecedentes, calificados por Suárez como "penales", aparecen en una ópera que el cineasta no quiso dirigir, aunque usara un libreto suyo. "La realizó Andrés Lima, y se basó en aquella profusa documentación".

En la pantalla no se esconde ni la sangre, ni la muerte, ni el dolor. "Fuera lo que fuera la conquista española, que yo llamo conquista de México, sin el eufemismo este de encuentros, tuvo por supuesto su lado cruel. Pero a diferencia de otras conquistas, por lo menos hemos conocido quiénes estaban al otro lado, sus nombres, lo que no ocurrió con el imperio belga en África, por ejemplo". Suárez insiste en que no defiende los hechos, sino que recuerda el contexto histórico. "Y de ahí nace El sueño de Malinche, película en la que he tenido mucho cuidado con la cadencia del montaje, con las palabras y la música, con las pinceladas que prevalecen sobre la temática. Un poco como hacían los impresionistas, que salían con el lienzo debajo del brazo a pintar, cuando el tema era lo de menos: lo importante estaba en captar el instante, la emoción. Yo siempre he buscado eso en el cine, con mayor o menor fortuna".

El viaje ha sido muy largo, de lustros: "En el origen me reuní con el músico Luis Mendo y empecé la casa por el tejado, con una banda sonora, sin presupuesto y sin saber qué imágenes usaría". En un trabajo gratuito, sin sueldos, Suárez pidió a los actores Carmelo Gómez, Ana Álvarez, Marian Álvarez, Santiago Meléndez [fallecido en 2017] y Clara Sanchís que grabaran los textos, "en venganza" a aquella ópera que le disgustó. El mismo cineasta y el cantautor Pablo Guerrero se sumaron al elenco. "Ahí quedó el proyecto, hasta que conocí a Joaquín [García-Quirós], que impulsó económicamente El sueño de Malinche". Para rematar el recorrido, un día leyó El paraíso perdido, ilustrado por Pablo Auladell [obra que ganó el Nacional del Cómic de 2016], y encontró el dibujante perfecto. Auladell define el filme "como un descenso al Hades de la historia, en el que encontré afinidad con el enfoque poético de Gonzalo".

Los dibujos de Auladell albergan el espíritu del cineasta, su estilo, su aproximación constante a las dualidades y las sombras, a las máscaras y a lo que esconden. Aunque el productor asegura que, efectivamente, el director dio instrucciones precisas, Suárez replica: "Nunca he tenido claro a nada a priori",explica Suárez. "En el destino creo a posteriori. Avanzo por intuición. Muchas veces ni me sé los finales de los guiones cuando empiezo a escribirlos, aunque sí la emoción que quiero transmitir".

En esas emociones entra a borbotones la pintura. En pantalla hay inmediatas referencias a Goya, al Bosco. En el espíritu, Suárez nombra el Guernica. "Soterradamente me inspiro en el cuadro de Picasso, o al menos existen ciertas reminiscencias. Yo quería acercar el cine a algo que lo emancipara de la servidumbre comercial. Por eso dura lo que yo he querido que durara [50 minutos]. Y, sobre todo, huyo del cartón piedra, ahondo en temas delicados alejándome de los tópicos". Una senda que pocso cineastas habían pisado, y que encuentra eco en la pantalla, cuando Cortés arenga a sus hombres: "¡Solo hay un camino, el que nadie, antes que nosotros, ha recorrido, porque está hecho a la medida de nuestros sueños y al alcance de nuestra espada!".

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