Saturday, 04 February 2017 00:00

Whang Od la tatuadora más antigua de Buscalán, Filipinas

Escrito por  Enrique Vaquerizo/El Mundo
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Hay casi una hora de camino desde la carretera hasta Buscalán (Filipinas). El grupo de chicos baja al trote entre las terrazas de arroz, tienen prisa para llegar al único autobús que pasa por aquí en todo el día. Hay dos que marchan rezagados, andan despacio y de vez en cuando se llevan la mano al hombro entre ostensibles gestos de dolor. Son iraníes y al levantarse la camiseta, uno de ellos deja ver inscripciones en persa. También hay una sirena, varios tribales, un dragón... de vez en cuando un poco de piel desnuda entre los trazos. En la avalancha de tinta destaca el pequeño ciempiés dibujado junto a la clavícula. Sobre la carne inflamada, el insecto aún deja ver los puntos de sangre. ¿Duele? "Sí, un poco", dice sonriendo. No importa, han viajado miles de kilómetros desde Teherán a Manila y luego un par de días más hasta aquí. ¿Sólo para esto? "Sí, sólo para esto, para tener el autógrafo de ella en la piel antes de que sea demasiado tarde".

Ella, Whang Od, está en todos los rincones del pueblo. La encuentras colgada en calendarios de las paredes de las cocinas, señalando las indicaciones del camino, en las camisetas de los niños o en los susurros de las decenas de extranjeros que esperan a la puerta de su casa. Como María, Eva y Diana, que han venido desde Santander y se vuelven hoy sin su tatuaje, porque los dos días que lo han intentado había demasiada gente. Antes de irse, al menos, les gustaría saludarla.

 

Ella se levanta temprano, sobre las seis de la mañana, luego toma un café y se pone a cernir el arroz para el resto del día. En su casa, aún en penumbra, apenas hay muebles y así en cuclillas, no abulta más que un pájaro. Los huesos marcados bajo la sudadera, la piel de los brazos, seca, arrugada y cubierta de tatuajes descoloridos. Las manos aún son ágiles y hacen bailar los granos sobre el cedazo. Al enterarse de que la esperan, saca con disimulo un espejito y se inspecciona con rapidez, ordena un par de mechones grises y sale fuera para la sesión de fotos. Las chicas se presentan y le dan la mano y ella sonríe y posa con profesionalidad. Los ojos negros se dirigen al flash y brillan con malicia entre una maraña de arrugas. Unos selfies después, se despide y vuelve dentro para dejar preparado el almuerzo. Ya hay cola en el estudio y le espera una jornada de trabajo de más de diez horas. Para Whang Od, la tatuadora más conocida de Filipinas, los días no son variados pero sí intensos. Dicen que el próximo mes de febrero cumplirá cien años.

Ella cuenta que nadie la enseñó, que lo suyo es un don natural que lleva regalando a los demás cerca de ocho décadas. Lo cierto es que hubo una época en que las mambabatok, como así se llama a las maestras tatuadoras aquí, eran frecuentes en los Montes Kalinga. Esta región, una de las más recónditas de Filipinas, situada en las montañas al Norte de Luzón, la isla principal del archipiélago, se ha caracterizado por vivir una historia convulsa. Las guerras tribales han marcado la existencia de sus habitantes durante siglos, en ellas se extendió una costumbre singular; Cada guerrero que abatía un enemigo debía cortarle la cabeza y ofrecerla a los espíritus de la aldea. Para recordar esta prueba de valor, tras cada victoria se hacía un tatuaje. Las mambabatok se encargaron así, de condecorar a generaciones de jóvenes kalingas. Con el final de las guerras, el ritual perdió sentido y fueron desapareciendo de las montañas, Whang Od es la última que queda.

Sus padres venían de pueblos diferentes y enfrentados desde hace siglos. Cuando su padre se enamoró de su madre para favorecer la convivencia doméstica intentó sellar una paz duradera. Tuvo éxito, al menos por un tiempo. Luego volvió la guerra y a Whang Od le sobraron ocasiones para aprender su arte. Empezó fijándose en las tatuadoras más expertas y pronto destacó por su talento. Ya desde niña los guerreros de todo el valle comenzaron a acudir a ella para inscribir los trofeos sangrantes en la posteridad de sus propios cuerpos.

Hoy su clientela se ha hecho menos cruenta pero más profusa. De todas partes; de Filipinas, de Australia, de Inglaterra, de Irán, de España. En el pueblo dicen que cada vez llegan más chicos de España. 

Tak, tak, tak, tak, tak, tak

Roger tensa la cara, mira al frente y resopla. Pálido y con los labios amoratados, suda a mares. De repente no puede aguantar más, la cara se contrae en una mueca y deja escapar un aullido. Agazapada a su espalda Whang Od martillea imperturbable como un pájaro carpintero.

Tak,tak,tak,tak,tak.tak.

Para tatuar, utiliza la técnica tradicional conocida como el batok. Un mazo de bambú, golpea incesantemente sobre otro, en el extremo de este último se asienta un clavo untado en hollín. Así se va perfilando poco a poco la figura y aparecen los trazos a base de verdugones sangrantes. Whang Od consigue una frecuencia de hasta cien golpes por minuto, que en el silencio de las montañas de Buscalán resuenan como un murmullo, casi una oración. Antes del martilleo perfila el dibujo con mimo, las suaves pinceladas de carbón se mezclarán luego con la sangre.

"Hay que tener cuidado con esta técnica. Un amigo no tuvo suerte, se le infectó el tatuaje y seis meses después aún supuraba pus".

Roger disfruta de una tregua mientras Whang Od dibuja una cordillera en su espalda, suspira y reúne el aliento para hablar. Ha venido con tres amigos desde Manila, entre los jóvenes de la capital la anciana tatuadora se ha vuelto cada vez más conocida, conseguir un tatuaje suyo se ha vuelto algo cool y dada su edad no se sabe cuál puede ser el último. Por eso hay que venir antes de que sea demasiado tarde.

Los habitantes de Buscalán tienen miedo de que Whang Od se muera, los turistas tienen miedo de que Whang Od se muera. ¿Y si el mío fuese el último? Se preguntan algunos cuando dejan el pueblo hacia la carretera mientras se agarran aún las heridas y rumian otra pregunta culpable montaña abajo. Pero... ¿Y si pudiera contar que el mío realmente ha sido el último?

Whang Od, sin embargo, no parece tener demasiada prisa por morirse. "De momento pienso seguir trabajando", cuenta mientras se frota los ojos con cansancio. "Cada vez me molesta más la vista. Del ojo izquierdo, no veo prácticamente nada, además, me duelen los dedos, los huesos...".

-¿Por qué lo hace entonces?

-Lo he hecho toda mi vida, y así gano dinero para mi familia y es bueno para el pueblo.

Pero no siempre tuvo tantos clientes. Durante años fue un tesoro bien guardado conocido sólo en las montañas y entre el mundo del tatuaje en Filipinas. La llegada a Buscalán en 2013 del alemán Lars Krutak, un conocido antropólogo con un programa en Discovery Channel, dedicado a descubrir la cultura del tatuaje alrededor del mundo, cambió su vida y la del pueblo para siempre. Tras resistir a la influencia de españoles, ingleses y la ocupación de tropas japonesas, Buscalán se rindió a la última invasión. Desde entonces una romería de mochileros, fanáticos del tatuaje y periodistas, ocupa sus calles todos los días para conocer a su habitante más ilustre. El pasado 2015 una campaña creada en redes sociales provocó que el senado nominase a la tatuadora como Tesoro Nacional Viviente. El gobierno filipino también tiene miedo de que Whang Od se muera.

Cada mañana se agolpan decenas de turistas en su taller de tatuaje, muchos días resulta imposible atenderlos a todos. En diversos puntos de las calles del pueblo hay carteles que advierten:

"Sabemos que has venido desde muy lejos para tatuarte, pero respeta a las tatuadoras. Son personas humanas, no máquinas, y no siempre pueden hacer su trabajo".

Un tatuaje sencillo de Whang Od cuesta entre 10 y 12 euros y alrededor de una hora de trabajo. Los tatuajes tradicionales kalinga suelen ser sencillos, pero con significado. El escorpión como símbolo de la potencia del guerrero, las águilas en el pecho de los hombres para aquellos que mataron un soldado japonés en la Segunda Guerra Mundial, la marcas con piel de serpiente a las mujeres para protegerlas...

Whang Od ofrece su repertorio completo dibujado en una tabla de madera en su estudio. La mayoría opta por ellos, otros por un diseño que ya traen previamente ideado. Ella no parece tener una opinión muy clara respecto a esa celebridad repentina. "Lo peor es el ruido y que muchos dejan todo sucio. Desde que vienen tantos turistas todo el mundo me quiere", dice la anciana.

Para atender a más gente desde hace unos años su martillo trabaja en compañía. La ayudan sus sobrinas nietas, Grace y Elyan, ambas aprendieron el oficio desde niñas y el éxito de su abuela las animó a pasar más horas en el taller. Muchos clientes sólo quieren hacerse el tatuaje con Whang Od, esperan días si hace falta. A otros como Asier no les importa, es el tercer día consecutivo que acude seis horas con Grace para trabajar en el tatuaje que se está haciendo en el brazo. Con suerte lo terminará hoy, unas treinta horas invertidas, aún no sabe el precio final, pero rondará los cuatrocientos euros. Elige a Grace porque para diseños muy elaborados Whang Od ha empezado a perder pulso. "Es el tercer año que vengo a tatuarme, pero no se trata sólo de eso. Me quedo una semana aquí, convivo con ellos, vivo una experiencia completa en el pueblo, que es un lugar increíble".

Grace asiente. "La mayoría de la gente viene aquí sólo a tatuarse para poder contarlo, se marchan en cuanto acaban. Muchas veces ni siquiera cruzamos una palabra, es todo un poco frío". A sus veinte años Grace sabe que seguirá con el negocio, han empezado a ganar bastante dinero y se está construyendo una casa junto a la carretera para que los turistas ni siquiera tengan que subir al pueblo. Elyan no lo tiene tan claro, le gusta tatuar, pero estudia en el instituto de un pueblo vecino y le gustaría ser ingeniera informática. ¿Tendrán el mismo éxito cuando su tía abuela no esté? "No lo sabemos, esperemos que sí". Para algunos habitantes del pueblo ellas y otras tatuadoras jóvenes han vuelto a interesarse por la tradición y continuarán su legado. Pero no será lo mismo.

Whang Odd escucha sin dejar de trabajar, a diferencia de sus hermanas nunca se casó ni ha tenido hijos. Ella dice "porque nadie la quiso", los más viejos del lugar comentan que sólo se le conoció una pareja en su juventud, un guerrero de un pueblo vecino. Al morir él, juró que nunca volvería a estar con otro hombre. "Al parecer tenía un miembro gigantesco". El que cuenta esto entre risas es Alisub, que a sus ochenta años es uno de los últimos guerreros que quedan en Buscalán. Al desnudarse deja al descubierto los tatuajes del pecho y los hombros, campos de arroz, muescas, una imagen religiosa... Los hizo Whang Od hace más de medio siglo. ¿Alguno como premio por la cabeza de un enemigo herido...? Sonríe y acaricia su lanza. Luego llama a unos turistas y les pregunta si quieren comprarla.

-¿Qué es lo que más ha cambiado de Whan Od en los últimos años?

-Poca cosa, que trabajo mucho más que antes, la mayor parte del dinero es para mi familia o la gente. Desde que vienen tantos turistas todo el pueblo me quiere. [Repite sonriendo, los ojos brillantes por las cataratas, como una niña de cien años].

Luego vuelve al trabajo, sólo levanta la cabeza un momento para recibir a Jordi y a Oriol que han escuchado hablar de ella en Barcelona. Han venido hasta aquí sólo para esto y han venido pronto, antes de que sea demasiado tarde. Por si acaso.

Se sientan a esperar su turno, mientras el martillo de Whang Od resuena entre las montañas de arroz y el hierro se clava en la carne para firmar autógrafos sangrientos que recuerdan que la última tatuadora de Filipinas sigue viva. Y trabajando. Tak, tak, tak, tak, tak.

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