"Si mi padre no fuera un asesino, yo estaría muerto", se lee en la portada y en la primera línea de ¡Daha!, la última novela del escritor turco nacido en Grecia Hakan Günday (Rodas, 1976). Es su octava obra, la primera traducida al castellano y la publica Catedral. 

Esa frase lapidaria la pronuncia el protagonista de la historia, un niño llamado Gazâ cuyo padre se dedica al tráfico de personas. Es un intermediario en Turquía que no duda en acortar la infancia de su hijo por la vía de enrolarlo en su macabro negocio. 

CATEDRAL 

"Elegí a un niño como protagonista porque un chaval no lleva el suficiente tiempo en este planeta como para haberse acostumbrado a todos los horrores que encierra", explica Günday a El Huffington Post en la tranquila sala de un céntrico hotel de Madrid. "Un niño todavía tiene el reflejo de hacer preguntas, cosa que perdemos al hacernos adultos". 

Las respuestas que Gazâ obtiene sobre el negocio de su padre muestran la cara más cruel del ser humano. El crío entierra su humanidad el día en el que uno de los inmigrantes traficado muere por un descuido suyo. Así es como empieza a tratar como mercancía a las personas cuyo único sueño es encontrar una vida mejor en Europa. 

"Con Gazâ he querido recrear la reacción de la sociedad respecto al fenómeno de la inmigración. No vayas a pensar que la sociedad es más madura que ese niño. La primera reacción del crío consiste en culpar a los inmigrantes de su situación. La segunda, es empezar a explotarlos económicamente cuando se da cuenta de los desesperados que están. Y sólo después de haber visto muchísimo sufrimiento entre los inmigrantes es cuando empieza el camino de Gazâ hacia la empatía".

 

ARIADNA ARNES

 

Hakan Günday comenzó a escribir ¡Daha! antes de la crisis de los refugiados, cuando faltaba poco para que los informativos abrieran con las imágenes de miles de personas con sus chalecos naranjas tratando de llegar a las costas de Grecia e Italia.

"En 2013 había una realidad en Turquía que permanecía oculta. Se hablaba de las personas que se ahogaban en el mar Egeo, pero ¿y las que cruzaban Turquía de Este a Oeste, esos 1500 kilómetros sin que nadie les prestara atención, como si fueran fantasmas? No sabíamos ni quiénes eran ni a dónde se dirigían ni quién los había llevado hasta Turquía. No resulta difícil imaginar que eran personas con distintos oficios y experiencias vitales pero, una vez que emprendían ese viaje, se convertían en inmigrantes ilegales y su vida anterior ya no importaba".

Esos fantasmas se hicieron reales y se convirtieron en la mayor crisis de refugiados de Europa desde la II Guerra Mundial. "Hasta entonces", explica el escritor, "ni en Turquía ni en otros sitios queríamos ver eso porque, si lo veíamos, estaríamos obligados a pensar en las causas de esa inmigración y ahí tenemos todos nuestra parte de culpa. Por eso nos resulta tan fácil cerrar los ojos".

Turquía y la Unión Europea afrontaron esa avalancha de inmigrantes firmando un acuerdo hace ahora un año. La UE devolvía a Turquía a toda persona que llegara de manera irregular a su territorio. A cambio, ese país recibía 6.000 millones de euros. Varias organizaciones, entre ellas Amnistía Internacional, alertaron entonces de que el acuerdo incluía devolver a personas necesitadas de protección internacional, lo que suponía un golpe histórico a los derechos humanos.

Para Günday, aquel acuerdo no fue más que un parche a una situación que desbordaba a ambas partes: "Para la Unión Europea es un intento de tapar los síntomas de una enfermedad que existe desde hace muchísimo tiempo, que es la desigualdad. Su primera reacción fue cerrar la puerta y poner a Turquía de guardia de seguridad".

Según Unicef, el cierre de las fronteras ha llevado a los refugiados a ponerse en manos de traficantes que los llevan por rutas aún más peligrosas para llegar a Europa. El que retrata Günday en su novela es un hombre sin escrúpulos para quien los refugiados no son más que números de un negocio boyante.

"Cuando un inmigrante muere por culpa de su hijo Gazâ, le dice que no se preocupe, que van a pagar el precio de esa persona y que aquí no ha pasado nada", explica Günday. "Si le oyes decir eso a tu padre, vas a interpretar que esos seres humanos son objetos. Así que el niño necesitará ser testigo de muchísimo sufrimiento entre esos emigrantes para desarrollar su empatía".

No es hasta que Gazâ deja atrás su vida como traficante de personas cuando aprende a vivir con el peso del mal sembrado en el pasado. ¿Hay que olvidar para seguir adelante?, preguntamos. Responde Günday: "La legitimación de nuestra forma de vivir depende de que tengamos una capacidad de olvido muy rápida. Hay que olvidarlo todo para que mañana seamos capaces de levantarnos otra vez".

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