Sunday, 11 June 2017 05:00

Rostros mexicanos, presentes en el Museo Whitney de Nueva York

Escrito por  Mónica Isabel Pérez/The New York Times
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Una tarde de hace cinco años, Alejandro Alonso trabajaba sacando los escombros de una construcción en Ciudad de México cuando un fotógrafo se le acercó y le preguntó si podía retratarlo. “Me dijo que lo dejara tomarme una foto porque mi rostro era muy bello. Nunca me habían dicho algo así”, recuerda. Tal vez por eso lo reconoció cuando volvieron a encontrarse, tres años después: Alonso trabajaba ahora en una tortería y aquel fotógrafo se cruzó de nuevo con él, y quiso retratarlo otra vez. “Cuando nos reconocimos me contó que recorría lugares fotografiando gente hermosa”, dice Alonso. Y entonces algo cambió para él.

“Por lo regular nadie se acerca a un morenito a decirle que su rostro es hermoso, pero empecé a pensar que sí podía serlo, me interesó investigar sobre el mundo del modelaje. Encontré una agencia que se llama New Icon y comencé a ahorrar para pagar un book. Un día les mandé un correo y me dijeron que mi perfil sí pasaba”, cuenta ahora Alejandro Alonso, que tiene 19 años y hace algunas semanas tuvo su primera sesión de fotos profesionales como modelo para la revista The Artist Community. Las fotos se las tomó Dorian Ulises López Macías: el mismo que hace cinco años lo retrató por primera vez cuando Alonso limpiaba una construcción y quien hoy tiene un archivo que suma más de 8000 fotos de la belleza de hombres y mujeres mexicanos que ha retratado en los últimos siete años.

 

Algunos de esos retratos —que forman parte de su proyecto Mexicano— pueden verse hasta este domingo 11 de junio en el Museo Whitney de Nueva York, donde están expuestas desde mediados de marzo, cuando se inauguró la 78.ª Bienal de Arte, calificada por la crítica especializada como “la más política en décadas”.


 
A la izquierda, el primer retrato que Dorian López le tomó hace cinco años a Alejandro Alonso; a la derecha, Alonso en un retrato reciente. CreditDorian Ulises López Macías

La exposición de las fotos de Dorian López en Nueva York, a dos meses de la asunción de Donald Trump como presidente, desató un pequeño fenómeno viral al sur del río Bravo: algunos medios comenzaron a hablar del fotógrafo mexicano que rompe los estereotipos de la belleza y su cuenta de Instagram, que tenía poco más de 1500 seguidores desde que nació en 2016, sumó más de 10.000 nuevos seguidores en pocos días.

Pero para aquellos que ya conocíamos su trabajo, no era más que la confirmación de que Dorian López no era ‘normal’: que su sensibilidad y su talento para encontrar y crear belleza eran capaces de transformar la mirada de los demás, tal como él había transformado la suya.   

‘¿Me dejas tomarte una foto?’

Dorian López nació en 1980 en Jesús María, un municipio de Aguascalientes que hoy tiene poco más de 120.000 habitantes. Sus padres, María Macías Rangel y Vidal López Camarillo, trabajaron siempre como maestros. Don Vidal, cuenta Dorian, era un aficionado a la fotografía: compraba cámaras usadas en buen estado y las usaba cuando salían de vacaciones, pero lo que más le gustaba era tomar fotos en las bodas. “Un día me regaló una de esas cámaras. Esa cámara me acompañó a las primeras clases de foto que tomé, cuando tenía 17 años, y también fue conmigo a mi viaje a Canadá, donde estuve casi dos años porque, según yo, no quería vivir en México”.

Como muchos niños mexicanos de clase media nacidos en los años 80, López creció rodeado de la intensa cultura pop que acompañó a la llegada de la globalización. México comenzó a llenarse de McDonald’s, de SweeTARTS y de videos de MTV.  “Crecí con esta información de que solo los güeros son guapos, de querer ir a Disney. Soy parte de ese experimento que le salió tan bien a los proyectos económicos primermundistas, que nos enseñaron que la raza más bella siempre es la blanca”.

Pese a que las clases de foto iban bien y a que su maestro lo alentaba a seguir, decidió estudiar diseño gráfico. A los 22 años, con 10.000 pesos (unos 500 dólares) que ganó en un concurso de diseño de una estación de radio, compró un boleto de avión para irse a Canadá. A los 24 regresó y se estableció en Ciudad de México, donde se insertó de inmediato en el mundo editorial. Trabajó en revistas como Código y Chilango, y luego fue director de arte de las revistas Life & Style y ELLE México. Pero un día el diseño gráfico lo agotó y decidió retomar su vieja pasión por la fotografía.

Rápidamente empezó a publicar editoriales de moda en revistas como InStyle, Harper’s Bazaar y L’Officiel México con modelos casi siempre blancas, delgadísimas. “Un día sentí que algo se cayó de mis ojos y que mi mente comenzó a expandirse. Creo que fue cuando empecé a recorrer las calles para tomar fotos. No es que ahora piense que la gente blanca no es bella, no es así, yo creo que todo lo que hay en el mundo es bello. Es solo que esa belleza ya está demasiado explorada, un caso contrario a la belleza de los morenos”.

Para Pamela Ocampo, editora en jefe de la revista L’Officiel México, Dorian López “ve el mundo de otra manera” y busca experimentar todo el tiempo. Este carácter experimental, esa visión refrescante sobre la belleza mexicana, tal vez haya conseguido empezar a abrir camino en la industria de la moda. “Crecimos tan pegados al vecino, tan creyendo que los güeros de ojos azules eran el único sinónimo de belleza… ¡Qué perdidos estábamos! Ahora mantengo los ojos abiertos y la mente atenta para descubrir la belleza que Dorian me enseñó. ¡Está en cada esquina!”, dice Ocampo. 

Según el Documento informativo sobre el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial publicado en marzo de 2015 por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) de México, el 54 por ciento de las mujeres mexicanas tienden a decir de sí mismas que tienen tonos de piel más bien claros y 40 por ciento de los hombres hace lo mismo, lo que “puede querer decir que a las mujeres de nuestro país —influenciadas por una publicidad francamente racista en los medios de comunicación y por los prejuicios que México aún arrastra contra la tez morena— les cuesta más trabajo que a los hombres reconocer su verdadero color de piel, porque consideran que el tono moreno no es equivalente a la belleza”. Algo normal considerando que, según el mismo documento, un 55 por ciento de los mexicanos han sido testigos de actos discriminatorios por el color de piel.

“Cuando salí del clóset y empecé a tener amigos gays”, cuenta López, “les señalaba en la calle a los mismos hombres que retrato hoy y me decían: ‘¿Ese? ¡Estás loco!’, y eso sonaba como un freno de mano que impedía voltear a ver a los morenos, como si los morenos no tuvieran derecho a ser guapos”.

Para el editor Marco Antonio Hernández, López no solo es uno de sus “interlocutores profesionales más estimulantes”, sino también un amigo “que hoy documenta, en tiempos del selfi, a la primera generación de mexicanos que se negó a vivir en los márgenes con tal de poder construir su cuerpo y su apariencia más allá de las convenciones del nacionalismo revolucionario, del catecismo y de los estereotipos globales en torno a la belleza”.

Su proyecto Mexicano es un archivo vivo que sigue creciendo. Lo ha conformado a lo largo de muchas caminatas por muchas ciudades de México. El acercamiento que hace y el efecto que este tiene con los fotografiados es impactante. López se acerca a alguien y hace solo una pregunta: “¿Me dejas tomarte una foto?”. Algunas veces, cuando le preguntan por qué, agrega un comentario honesto como: “Es que tienes un rostro interesante”, o bello o maravilloso o como le parezca ese rostro en ese momento.

Los fotografiados no reciben ninguna indicación: comienzan a acomodarse y a posar como ellos mismos deciden. Casi todos miran directo a la cámara, como si se buscaran dentro de ella. Están los que se ríen, los que se ponen muy serios y los que imitan con ironía las poses típicas de las modelos que aparecen en las revistas. Hay quienes incluso se han quitado la camisa en plena calle para presumir los músculos o los tatuajes. Se muestran tan abiertamente que pareciera que lo conocen de toda la vida.

Un mexicano para Donald Trump

El trabajo de Dorian López llegó al Museo Whitney por invitación del artista Rafa Esparza, un artista prolífico y contestatario nacido en Los Ángeles cuya obra se caracteriza, entre otras cosas, por su sólido discurso acerca de la identidad latina y por su constante uso del adobe, un material que se relaciona de manera íntima “con el color de nuestra piel y con México”, el país natal de sus padres.

Esparza es uno de los diez artistas que representan a la comunidad latina en esta bienal, a la que estuvieron invitados 63 exponentes. Él, a su vez, invitó a otros más. Su obra Figure Ground: Beyond the White Field, que recibe a los espectadores en el vestíbulo del museo, es una pieza colaborativa en la que su trabajo —un espacio circular de piso y paredes formadas por 3100 bloques de adobe hechos con tierra de Los Ángeles que levantó en conjunto con su padre y dos artistas queer— contiene el de otros más, entre ellos una selección de cinco de los miles de retratos de mexicanos de Dorian López.


 
Instalación de Rafa Esparza, 'Figure Ground: Beyond the White Field', en la septuagésima octava bienal del Museo Whitney de Arte de Estados Unidos CreditMatthew Carasella

Son esas fotos, cuenta Esparza, lo primero que la gente suele comentarle de la pieza que montó en el Whitney. “Cuando pones algo en una galería o en un museo, ese algo adquiere cierta importancia. Pero cuando veo las fotos de Dorian puedo ver su importancia aun cuando las esté viendo en mi teléfono desde Instagram, una plataforma a la que millones de personas tienen acceso”, dice Esparza. “Su trabajo transmite un amor muy profundo y también sabiduría. Comunica que somos bellos e importantes. Le da presencia a los mexicanos, levanta sus voces”.

“Deberíamos empezar a vernos bellos”, dice López, “sobre todo en estos momentos en los que hay tanta obsesión por lo físico y en los que cómo luce uno está siendo lo más importante. Al fin y al cabo es por cómo luce uno que Donald Trump dice cosas como ‘Estos morenos que se vayan’, ¿no?”.

Una tarde de 2010 acompañé a Dorian López a comprar su primera cámara profesional. Desde aquel día —hace siete años ya— él y su cámara se volvieron inseparables, y los recorridos que hace buscando belleza se convirtieron en una parte imprescindible de sus días. Durante el intenso camino que ha recorrido entre esas calles y la Bienal del Whitney, yo he tenido el privilegio de ver florecer a un artista ante mis ojos. Pienso en todo eso cuando le pregunto qué pasará con sus fotos al terminar la expo. “Aún no lo sé…”, dice.

Pero claro que lo sabe: “Le ofreceré una al museo, como un regalo que ojalá acepten. Y otra se la voy a mandar a Donald Trump. Yo creo que es cosa de hablar con Rafa para averiguar juntos cómo mandársela. Si la acepta será increíble, si la rechaza será increíble, si solo se entera porque lo lee aquí, también es increíble. Cualquier reacción que tenga será una maravilla para mí. Me gustaría mandarle una a la que Rafa y yo bautizamos como ‘El coqueto’. Es un albañil que sale con mucho orgullo, sintiéndose muy guapo, un mexicano digno que se sabe lo máximo y que no agacha la cabeza para nada”.

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