En 2001, hace 16 años, fui a Puebla a localizar a Moisés Abraham Baptista, el doctor boliviano que aparece en varias biografías como el responsable de haber realizado la autopsia y de cortarle las manos al cadáver del Che Guevara.

Óscar Hinojosa, entonces editor de la revista semanal Bucareli 8, me encomendó esa tarea: “Vaya y localice en Puebla al doctor Abraham Baptista, es oncólogo.” El nombre de Moisés Abraham Baptista empezó a cobrar relevancia por dos razones: estaban por cumplirse 35 años de la muerte del Che Guevara y porque Gary Prado, implicado en la captura del guerrillero argentino, había sido designado embajador de Bolivia en México.

Un par de meses antes de mi visita a Puebla tuvo lugar un incidente: en un evento diplomático alguien de izquierda identificó a Prado y, ante la vista de todos, le arrojó vino en la cara y le gritó “asesino”. Este hecho marcó el inicio de una serie de comentarios y acaloradas polémicas que suscitó el nombramiento del representante de Bolivia en México. Muchos sabían que el 8 de octubre de 1967, el comandante Gary Prado fue quien capturó al Che Guevara en una cuesta de la Quebrada del Yuro. Él nunca imaginó que iba toparse con el guerrillero, pero gracias a una cicatriz en la mano izquierda lo pudo identificar.

Cuando el ex comandante se vio descubierto por el entorno diplomático, se limitó a decir que él solo cumplía con su labor: “De haber deseado la muerte del Che, hubiera permanecido abajo y habría seguido luchando, pero estaba intentando salir. Lo hallamos decaído; sin embargo, cuando vio que lo tratábamos correctamente y que intentábamos hablar con él su ánimo mejoró”.

Orden presidente Fernando 700

Se sabe que horas después de la captura del Che Guevara, Prado entregó al prisionero al coronel Zenteno Anaya, quien esa misma noche recibió un mensaje en clave morse: “Orden presidente Fernando 700”. A través de ese comunicado cifrado se marcó el destino del guerrillero.

Hinojosa no me contó quién le pasó el dato sobre el doctor boliviano que vivía en Puebla. Le tenía respeto a Hinojosa, conocía su trayectoria periodística, y estaba conforme con su manera de trabajar y de recibir propuestas de sus colaboradores. Como sabía que podía contar conmigo para hurgar en varios libros y comprobar lo que se decía del médico, me dio la encomienda.

Y, efectivamente, el nombre de Moisés Abraham Baptista estaba en varios títulos sobre el Che.

En La vida en rojo Jorge G Castañeda cuenta que existía una preocupación para el ejército boliviano, y es que en Bolivia no hay pena de muerte y tampoco una cárcel de seguridad que hubiera podido tener preso al Che; también le incomodaba la idea de que se le hiciera un juicio a Ernesto Guevara. Eso rondaba en la cabeza de tres hombres en particular: el presidente de Bolivia, René Barrientos; al general Alfredo Ovando y a Juan José Torres, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.

El suboficial Mario Terán solicitó que le permitieran matar al Che. Y accedieron a su petición: la ráfaga de una metralleta alcanzó al líder argentino-cubano. Nueve tiros entraron por su cuerpo. Terán contó con otros voluntarios que buscaban saldar cuentas pendientes con el Che. Más tarde trasladaron el cadáver en un helicóptero al Hospital San José de Malta, en Vallegrande, en donde lo recibió el doctor Abraham Baptista.

Necesito una consulta médica

El nombre de Moisés Abraham Baptista empezó a figurar tanto en libros como en informes de carácter oficial y datos hemerográficos. No obstante, hace 16 años ninguno de los que se ocuparon en describir la vida del Che había buscado al doctor boliviano, quien residía en Puebla.

Al doctor lo ubiqué en la Central Gineco-Obstétrica de Puebla, localizada en 13 sur 1905. En ese lugar se encontraba su consultorio. Llamé varias veces para tener una entrevista con él y su secretaria o asistente me decía que el doctor estaba ocupado y no podía atender a mi solicitud.

Así hubiera seguido sin conseguir ninguna declaración del oncólogo boliviano hasta que tuve que pedir una cita: “Necesito una consulta médica con el doctor. A nombre de la señora Ambriz. Con z, por favor, correcto. Ojalá sea pronto porque me lo han recomendado mucho, vivo en el DF”.

El fotógrafo Ulises Ruiz, quien esa ocasión era mi compañero en mi entrevista asignada en Puebla, estaba atento a cualquier movimiento que hiciera el doctor. Habíamos contemplado varios escenarios factibles para poder obtener unas declaraciones y las fotos del boliviano: que accediera a hablar el tiempo que él considerara necesario o que llamara a seguridad por haberme hecho pasar por una de sus pacientes y que tanto a mí como a mi esposo falso —Ulises Ruiz— nos sacara del hospital. Teníamos previstas esas dos posibilidades y ambos estábamos nerviosos. En ese entonces me dedicaba a hacer entrevistas con escritores, y la mayoría de ellos posa junto a sus libros, ofrece sus mejores ángulos, sonríe y algunos casi modelan.  

Esta vez era distinto. El marido falso y yo estábamos en la sala de espera. Él llevaba escondida su cámara en una mochila naranja que siempre cargaba al hombro y, a pesar de que lo delataba una risa nerviosa, decía que estaba preparado para todo.

Antes de pasar a la consulta recordé los fragmentos de héroes que acompañan a la historia. Las manos del Che son célebres como la pierna de Santa Anna, el brazo de Obregón o la cabeza de Pancho Villa.

¡En qué historia me involucró Hinojosa esta vez! Yo tenía claro que el 10 de octubre de 1967, el doctor Abraham Baptista recibió en el Hospital San José de Malta el cuerpo del Che Guevara. Durante esa época, él era director del nosocomio y también se desempeñaba como médico del batallón Pando. En la autopsia que realizó también participó el internista José Martínez Casso. En el acta de defunción se lee: “Su fallecimiento se debió a múltiples heridas de bala en tórax y en las extremidades”. Y dicho documento estaba firmado por el doctor que estaba a punto de atenderme.

La enfermera anunció que mi cita era la siguiente, me hizo llenar un formulario con antecedentes familiares de cáncer en mi familia, el motivo de mi visita y demás referencias. Era el formato habitual para iniciar un expediente médico. Recuerdo que inventé que mi cuerpo albergaba una bolita en el hombro, y no sabía si era de grasa o podría ser otra cosa. El asunto era llegar con el doctor y ya que se hubiera ido la enfermera, decirle el verdadero motivo de nuestra visita.

El oncólogo leyó primero lo que escribí y luego me miró. En ese momento revelé la razón de nuestra presencia. Hizo una mueca de incomodidad y dijo que iba a contestar algunas cosas en 15 minutos, no más.

“Antes de que pregunte cualquier cosa, déjeme aclararle que no es verdad lo que se cuenta en los libros, yo no le corté las manos al Che, fueron otros”, enfatizó.

—¿Quién o quiénes?

El doctor guardó silencio y fue inevitable no pasar por alto el águila disecada que tenía en un consultorio. Mirarle las garras al animal es lo que menos hubiéramos esperado de aquella cita.

“El cuerpo del Che tenía mucha personalidad, no se trataba de cualquier cadáver”, acotó el médico.

Tras la autopsia, el cadáver del guerrillero permaneció un par de horas en la morgue. Tiempo después no se supo en qué lugar fue enterrado. Según el oncólogo, pocos conocían realmente el sitio en donde fueron depositados los restos del Che y duda que sean los que se encuentran en Cuba.

Sabía que nuestra presencia era incómoda para el doctor. No obstante, tenía que cumplir con ese trabajo y todavía no veía que llegaran los elementos de seguridad por nosotros. Pero no dejaba que le hiciera preguntas, emitía aseveraciones: “No tengo nada que ocultar”.

Aclaró que nunca tuvo en su poder el reloj que le pertenecía al Che, como se sugiere en los libros. No tardó en reconocer que se trataba de otra deformación de los hechos y que si él hubiera deseado algún objeto del guerrillero, en todo caso hubiera elegido un vademecumque el argentino utilizaba para sus consultas médicas. “Les pedí que me dieran ese libro, les expliqué que a mí como médico me podía servir, pero se lo quedó un agente de la CIA. Y si el Che traía un reloj, se lo quitó otra persona. Cuando el cadáver llegó al hospital ya no traía ningún reloj”.

Lección de anatomía

Si se revisan las fotografías de Freddy Alborta, las últimas imágenes que le tomaron al Che, se tiene la impresión de que su cuerpo descansa plácidamente sobre una cama de enfermo. El trabajo de Alborta, a quien se le conoce como el “partero de la eternidad de Guevara”, ha sido comparado con dos cuadros de la pintura universal: La lección de anatomía del doctor Tulp, de Rembrandt; y Lamentación sobre Cristo muerto de Mantegna. Recuerda el doctor Moisés Abraham: “El cuerpo tenía varios impactos de bala, había una herida ancha y profunda en la espalda, parecía que no era de proyectil pero sí lo era”.

—¿Después de practicarle la autopsia le cortaron las manos?

—No, fue antes.

—¿Es verdad que estaban indecisos si cercenarle la cabeza o las manos?

—Sí, eso es cierto.

—¿Es cierto que el agente de la CIA, Félix Rodríguez, hizo notar que con un solo dedo bastaba para identificar al guerrillero?

—No, le cortaron las manos completas.

—¿Usted le cortó las manos al Che?

—No, yo no se las corté. A mí no me interesaba si se las cortaban o no; se trataba de gente que quería tener una identificación de él y, claro, lo lograron.

—¿Otros médicos participaron?

—Ni siquiera fueron médicos.

—¿Recibieron la orden del general Ovando?

—No, tampoco. Estaban Zenteno Anaya y otros militares.

—¿Del general Toto Quintanilla?

—Sí tuvo que ver con todo lo relacionado con el Che, antes y después de la autopsia. Yo no sabía que Toto Quintanilla era agente del ejército de Bolivia y, al mismo tiempo, pertenecía a la CIA. Eso lo supe más tarde.

En Ernesto Guevara, también conocido como El Che, Paco Ignacio Taibo II recoge el testimonio de un periodista de la agencia UPI: “La transparencia, levemente acuosa de unos ojos verdes expresivos, además de una especie de sonrisa enigmática que levemente se dibujaba en el rostro, daban la impresión de que aquel cuerpo estaba con vida. Pienso que más de uno, de la veintena de periodistas que fuimos a Vallegrande, aquel 10 de octubre de 1967, solo esperáramos que Ernesto Che Guevara nos hablara.”

El Che y Tania

Durante la autopsia al Che Guevara le hicieron una mascarilla para conservar su rostro. El oncólogo asegura que su cara nunca se desfiguró, como se ha dicho: “Yo les había pedido unas mascarilla del Che, quería conservarla, pero no me dieron nada”, indica.

A Abraham Baptista también le tocó reconocer el cadáver de Tania, la guerrillera que viajaba con el Che. Desmiente que ella estuviera embarazada y que esperara un hijo del guerrillero: “La verdad es que Tania no murió en un enfrentamiento; se ahogó en un río, se hundió por todo el peso que llevaba. A los ocho días se rescató el cuerpo y prácticamente no tenía cabello, estaba irreconocible. Su rostro era muy impresionante”.

Jorge G. Castañeda describe así a Tania: “Ella encarnaba a una especie de groupie revolucionaria, lógicamente fascinada por el embrujante personaje que conoció en Berlín seis años atrás”.

Errores de estrategia

—¿Cuál fue el error del Che?, ¿subestimar al ejército boliviano?

—Lo que pasa es que el Che no supo dónde hacer una lucha armada. Bolivia, en apariencia, es un lugar idóneo para ese movimiento porque hay mucha miseria, problemas sociales y económicos. Lamentablemente el Che murió ahí, abandonado por la gente que lo envió: no tenía medicamentos, estaba prácticamente incomunicado y no había posibilidades de que pudiera subsistir. Vallegrande, en aquellos días, tenía una carretera en muy malas condiciones y el terreno era difícil de explorar. La captura del Che no fue propiamente obra del ejército bolivariano sino de la gente del campo que dio aviso de su ubicación.

El de Ernesto Che Guevara es un nombre sin reposo. En Vallegrande, Bolivia, donde llevaron sus restos tras ser ejecutado, los campesinos siguen en la misma miseria y abandono. “Che, vivo como nunca te quisieron”, está escrito en una pared de adobe. Al menos ha dejado un resquicio de esperanza. A pesar del tiempo, aún hay líneas que anexar a esta parte de la historia.

En el prólogo al Diario del Che en Bolivia, Fidel Castro apunta: “Las horas finales de su existencia en poder de sus despreciables enemigos tuvieron que haber sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba”.

El símbolo de la lucha revolucionaria, visto como un santo o un demonio, cuenta con un expediente posterior a su muerte poco explorado. Si no fue Moisés Abraham Baptista, ¿entonces quién de la milicia le cercenó las manos que libraron una incansable lucha en aras de una insurrección?

El oncólogo no dijo más. Abruptamente dio por terminada la entrevista que nunca fue una cita médica. Su boca es una tumba.

Los recuerdos lo vencieron por minutos, luego se dejó vencer por el silencio. De esta lucha entre la palabra y el mutismo, escapa de nueva cuenta una frase: “Yo no le corté las manos al Che. Ya déjeme en paz.”

Epílogo

Tuvieron que pasar 50 años de la muerte del Che para que el doctor boliviano, residente en Puebla, ampliara su versión de lo ocurrido.

El doctor indica que obtuvo la nacionalidad mexicana desde 1974, cuando contrajo matrimonio con una mujer mexicana, siete años después de la muerte del Che.

El médico dice que solo dos veces ha conversado con periodistas: en los treinta años de la muerte del Che con Guillermo Ochoa y ahora que ya pasó medio siglo del fallecimiento del guerrillero, durante una entrevista que supuestamente tuvo con Leticia Montagner y Raúl Torres Salmerón y que estos últimos difundieron en Proceso.

Moisés Abraham Baptista, al parecer, omite decir que ya había hablado sobre la muerte del Che en otros medios de comunicación.

Parece que el doctor ahora se puso de acuerdo con los periodistas para contar su versión y que no fuera interrumpido con preguntas incómodas porque, a fin de cuentas, se trata de su verdad. En la presunta conversación con Montagner y Torres Salmerón se anuncia que próximamente se publicará un libro titulado Yo hice la autopsia al Che Guevara.

Lo central en esta entrevista es lo siguiente:

*Reconoce que mintió a la prensa internacional al declarar que el Che murió a causa de un enfrentamiento con varios disparos en el cuerpo (nueve). Fue ejecutado con un tiro en el corazón. Debían hacer creer que había terminado sus días en combate.

*Toto Quintanilla apuntó que la CIA quería cortarle la cabeza al cadáver del Che, como una prueba inequívoca de su muerte, pero el doctor Abraham los convenció de que eso no era ético, por eso sugirió que fueran las manos.

*Las manos del Che fueron colocadas en formol y luego sobre un periódico para tomarle una foto y tenerla como una prueba o trofeo.

*La mascarilla que se hizo del rostro del Che se realizó sin el material adecuado, con velas que encendían en la noche porque no había alumbrado eléctrico. Al quitarle la mascarilla se adhirieron pedazos de piel, pelo, cejas y pestañas. “La cara del Che era impresionante”, puntualiza el oncólogo.

*Toto Quintanilla le cortó las manos al cadáver del guerrillero, dirigido por el doctor Moisés Abraham. En esa habitación solo había tres personas: Toto Quintanilla, Gustavo Villoldo y el doctor.

*El doctor se quedó con un recuerdo del Che, a manera de suvenir: una camisa color caqui, llena de sangre. La prenda ha estado en cajas de seguridad de bancos.

*La camisa, según Abraham Baptista, tiene dos funciones básicas: revelar cómo murió realmente el Che y, con ayuda de esa tela, comprobar si los restos que están en Cuba, en donde dicen que descansa el cuerpo del guerrillero, corresponden o no a Ernesto Guevara.

***

La intención del doctor Moisés Abraham Baptista recuerda una escena de la película Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock, en donde el personaje de Scottie (James Stewart) le dice a Judy (Kim Novak): “No se pueden guardar recuerdos de un crimen. No debiste… no debiste… ser tan sentimental”.

Mary Carmen Sánchez Ambriz 
Ensayista, periodista y editora.

Read 29 times Last modified on Wednesday, 11 October 2017 11:52
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