En su descenso al infierno, Dante tuvo como compañero de viaje a Virgilio, que ya había conducido a Eneas más allá de la laguna Estigia, al submundo de los muertos. Y para construir su magna Puerta del infierno, Auguste Rodin usó como mapa La divina comedia de Dante, con sus nueve círculos infernales, pero también los versos malditos de Las flores del mal de Baudelaire. En su infierno las llamas son de piedra. Una piedra líquida, en la que los cuerpos se funden y se entremezclan en una pulsión sensual, dolorosa. Rodin no se entiende sin su infierno: El Pensador, El Beso o Fugit Amor escaparon del Hades, esa puerta monumental que le obsesionaría durante toda su vida, para la que diseñaría hasta 200 esculturas y que dejaría inacabada.

Existen ocho réplicas de La puerta del infierno (de 6,3 metros de alto y 4 de ancho) repartidas por todo el mundo: de París a Tokyo pasando por México, donde se instaló la última en 2015. Según la ley francesa, se consideran originales hasta 12 piezas del mismo molde. La Fundación Mapfre de Barcelona deconstruye la gran portalada en la exquisita exposición El infierno según Rodin, en la que se muestran los conjuntos escultóricos por separado, los torsos contorsionados, los bustos dolientes... "La puerta del infierno contiene toda la dramaturgia de la obra de Rodin, es la historia de muchas obras, de figuras que transformó una y otra vez, que combinó en distintos grupos. Es una obra monumental y muy compleja, una meditación moderna que reformula el destino humano", explica Catherine Chevillot, la directora del Musée Rodin de París, que coproduce la exposición.

En 1879, un relativamente desconocido Rodin -que había tenido su primer éxito con la escultura La edad de Bronce- recibió el encargo del gobierno francés de esculpir una puerta monumental para decorar la entrada del nuevo museo de artes decorativas, que iba a abrir en el palacio de Orsay. Rodin partió de La puerta del paraíso de Lorenzo Ghiberti en el Baptisterio de Florencia para realizar un contrapunto, una réplica llena de dramatismo. "Pero también se basó en los portales de las catedrales medievales, en la analogía con las formas de la naturaleza, los árboles y la vegetación. Y, siguiendo la tradición renacentista, la arquitectura subyace de manera obstinada bajo las esculturas, con las que se entremezcla", apunta Chevillot. El proyecto del museo fue abandonado en 1889 y Rodin se quedó sin financiación para fundir en bronce la puerta de seis metros. Pero en la Exposición Universal de 1900 expuso un yeso de la puerta, a la que despejó de varias de sus esculturas, que mostró por separado. Como El pensador en pequeño formato. No sería hasta 1905-1907 que Rodin agrandaría la escultura tal y como hoy la conocemos. En su origen, ni El pensador es una alegoría filosófica ni El beso es un dulce canto de amor. Al contrario.

Cuando Dante deja atrás el Limbo, la antesala del infierno donde deambulan los no bautizados, los paganos y los niños muertos prematuramente, llega ante el rey Minos, el juez que examina los pecados y envía a los condenados a su tormento. El pensador -que ocupa el lugar central en el tímpano de la puerta- es ese guardián del infierno, el juez. Aunque con los años se confundió con el propio Dante: una representación del poeta que reflexiona sobre su obra.

Dante baja al segundo círculo del infierno, reservado a la lujuria, a aquellos que sometieron la razón al deseo: ahí están Dido, Cleopatra, Elena de Troya, Aquiles, Tristán... El beso es, en realidad, una tragedia, la de Paolo Malatesta y Francesca da Polenta (hija del señor de Rávena, amigo de Dante). Francesca estaba casada con el hermano de Paolo, pero ambos se enamoraron. Y cuando su marido los sorprendió besándose, los mató, condenándolos a errar en el infierno toda la eternidad por su traición adúltera y fraternal. La etérea Fugit amor, una de las esculturas más bellas de Rodin, también esconde una metáfora de los amantes desdichados: los cuerpos tensos de hombre y mujer se juntan en perfecta fluidez y armonía, pero se precipitan a un vacío de tormentos.

Como si fuese una Victoria de Samotracia, en una de las salas modernistas de la Fundación Mapfre se expone el poderoso torso contorsionado de El hombre que cae, una de las figuras más espectaculares de la puerta, a los pies de El pensador: un condenado que intenta asirse al tímpano en un vano intento de escapar de su declive.

En el infierno de Dante todo es sufrimiento, suspiros y llantos, gritos de dolor, lágrimas de sangre y castigo. Rodin se pasó un año dibujando las imágenes de ese infierno, mientras leía y releía La divina comedia. "Esa serie se suele llamar Dibujos negros, no sólo por la sobrecarga de tinta y de negro, sino por el imaginario sombrío desde el punto de vista moral", señala Chevillot. Pero Rodin lo fusionaría con las imágenes más erotizadas y melancólicas de Las flores del mal de Baudelaire. "Al principio la puerta seguía una lógica muy clara, pero en el momento de la lectura de Baudelaire se desestructura. Rodin cambió las figuras de sitio, desenlazándolas en un caos de personajes que se funden. La definición de escultura líquida expresa bien su estética. Rodin nunca da por terminada una obra, siempre sigue añadiendo modificaciones y completándolas", añade la directora.

Rodin jamás vio acabada en bronce La puerta del infierno. Al final de su vida aceptaría un acuerdo con Léonce Bénédite, el primer conservador de su museo parisino, para producir un ejemplar completo de la obra a partir de los moldes originales que sirvieron para la Exposición Universal. Pero el escultor murió en 1917, poco antes de que estuviera terminada. Y esa puerta al otro mundo quedó como su sueño de piedra.

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