Era una fría mañana de octubre cuando Francisca observaba un pequeño barco ubicado bajo la pizarra de la sala de clases. Era de madera, y en el fondo estaba lleno de argollas y collares. Casi todos los apoderados de su sexto básico habían donado sus joyas, excepto sus padres.

Poco después, la pequeña embarcación, junto con docenas de otras iguales, provenientes de todos los cursos, convergieron en un acto en la capilla del colegio de las ursulinas. Francisca aún recuerda ver llegar en su motocicleta, con casco y uniforme militar, al capellán del colegio: el obispo castrense Joaquín Matte. “El cura me producía terror, era un personaje siniestro”, recuerda hoy.

El capellán Matte reunió complacido en el altar todas las joyas de las familias Errázuriz, Hunneus y Riesco, entre otras. El simbolismo era muy importante, llegaron en un barco igual que en la leyenda de Santa Úrsula, recalca el cura en su prédica. Después, el acólito de Pinochet arenga que esa donación será usada sabiamente en el proceso de reconstrucción nacional (en realidad muchas de ellas terminaron siendo usadas por las mujeres de los generales). Y destaca las virtudes de la junta militar, que liberó al país hace apenas un mes del cáncer marxista. Esa misma noche, la joven escritora consignará todo lo que vio en su diario.

De Papelucho a Ana Frank

Fueron dos hitos en la vida de Francisca Márquez (55) los que detonaron su gusto por la escritura. El primero, fue que le extrajeron un riñón cuando tenía ocho años, razón por la cual pasó buena parte de su infancia en hospitales. El segundo, fue cuando su padre le regaló Papelucho en la clínica, y un diario de vida. “Este me lo regalaron por haber sido valiente cuando me sacaron los puntos”, fue lo primero que anotó. Pasar tanto tiempo postrada, la llevó a observar y escribir todo lo que la rodeaba.

Criada en el seno de una familia de arquitectos, su padre emigró a Santiago desde Valparaíso, junto con otros colegas que matricularon a sus hijas en el colegio Santa Úrsula. Empleado público y cercano a la Democracia Cristiana, el profesional buscó darle a sus cuatro hijas (de las cuales Francisca era la mayor) una educación de calidad. “Nosotros vivíamos en Nuñoa, éramos más bien una familia clase media. Razón por la cual nunca me sentí parte de ese grupo de elite del colegio. Había una brecha muy importante, y eso se manifiesta en los diarios”, afirma la ex ursulina.

Su hobby no hizo más que aumentar con el tiempo, y Francisca comenzó a escribir en su diario prácticamente todos los días. Para 1973, ya iba en su sexto cuaderno. Calcomanías, dibujos, cuentos, un mechón de pelo de su mamá y letras de canciones de Jeanette, se intercalaban con sus anotaciones diarias. Además de sus lecturas. En agosto del mismo año, la preadolescente comenzó a leer el que se convertiría en uno de sus libros favoritos: El diario de Ana Frank.

Lectura que dejó huellas en su estilo de escritura. "A lo mejor algún día voy a ser una escritora, y esto se va a publicar", anota entre sus páginas. A partir de allí, bautizó al diario como Paula. El nombre de su mejor amiga. “Con la Paula peleamos muchas veces y nos dejábamos de hablar. Creo que ponerle su nombre al diario era una forma de mantener el contacto con ella”, medita actualmente.

Al ser una niña muy tímida, Francisca siempre pensó que se expresaba mejor por escrito que hablando. Lo que la llevó a escribir una carta de amor al chico que le gustaba, cuya copia también es posible encontrar en este diario. "Esa carta fue para mí un acto de gran valentía. La fui a dejar a la puerta de su casa, él no me conocía y yo ni sabía cómo se llamaba. En la carta me presentaba, me acuerdo que me subí la edad a 13 años. Esa fue mi primera carta de amor, fue un secreto que guardé mucho tiempo”.

 

Francisca Márquez junto a su curso del Colegio Santa Úrsula

 

Aunque pasaba frente su casa siempre que la mandaban a comprar pan, nunca pudo dirigirle la palabra en persona. “Mi fantasía era que hubiese ocurrido algo de lo que le había ocurrido a Ana Frank. Que nos bombardearan, y tuviéramos que entrar a un subterráneo, y que ahí lo iba a conocer, ¿te acuerdas de Peter? el amor de Ana Frank”, cuenta hoy Francisca.

Sus diarios de vida también dieron cuenta de la polarización política que se estaba gestando en el país. El tercer cuaderno, por ejemplo, describe el caso de la Claudia, una compañera de curso, cuyo padre era joyero y había hecho números de plástico con ocasión de las elecciones de 1970. El número 1, de color azul, representaba al ex presidente y candidato de la derecha Arturo Alessandri Rodríguez. El 2, de color blanco, al candidato de la DC Radomiro Tomic. Y el 3, rojo, a Salvador Allende. Para la fiesta de cumpleaños de Claudia, su padre regaló números con un alfiler, a modo de insignias. Le dio a elegir a cada uno de los invitados, pero sólo entre el 1 y el 2. “La Paula pidió el número 3, y el papá de la Claudia la miró con cara de '¿qué es eso?'… era casi como ser del 'Sí' y del 'No' en el ´88”.

Nace una etnógrafa

El día 10 septiembre de 1973 su escritura no varía de lo usual. Cuenta como su madre, a la vuelta de la clínica, la retó porque no lavaba los platos ni ordenaba los cojines en su ausencia. Una irritada Francisca consignó, a eso de las diez de la noche, que no entendía el por qué su madre la retó tanto. “Seguramente porque soy la MAYOR. Como me hubiera gustado ser la menor de mis hermanas. Todos creen que porque soy la MAYOR  todo es culpa mía”.

Al día siguiente, las peleas con su madre pasaron a segundo plano, y le pidió que anotara en su diario la hora, cosa que Francisca todavía no sabía hacer. “11:45” se lee con la letra de su madre. La hora en que la colegiala consigna que están bombardeando La Moneda.

“La escritura de Francisca cambia el día del 11 de septiembre. Ella pasa de ser un narrador reflexivo a una etnógrafa descriptiva”. Cuenta Patricia Castillo, sicóloga y académica. “Ya no escribe de sus compañeras de colegio, cantantes que le gustan, o peleas familiares. Hay un vuelco en esas cuatro páginas. Los días del golpe no tienen muchos puntos de reflexión subjetiva. Es como si tuviera una mano conectada a las noticias”, afirma Castillo.

En esas páginas, la preadolescente describe cómo se ve el humo de La Moneda desde su pieza; las sospechas de su padre de que fue el mismo Allende quien inició el incendio “para escapar por algún túnel secreto”; que en su calle muchos vecinos pusieron banderas chilenas, y la transcripción de cada una de las órdenes que los militares transmitían por la radio. “El papá no fue a trabajar. Creo que es la primera vez en varios años que estamos tan unidos dentro de la casa. Lo mejor es que nadie pelea”, escribe en horas de la tarde. Ese mismo día, Francisca terminó de leer Ana Frank.

“Dios mío, he sabido una cosa espantosa. Allende se suicidó” escribió la colegiala casi a las diez de la noche. La noticia la supieron a través de una radio argentina, la cual se convirtió en su principal fuente de información. Las radios locales sólo transmitían música y esporádicas órdenes de la junta. “Paula, supongo que tú también sufrirás como yo. Al prinsipio [sic] yo no estaba nerviosa y no sufría, pero ahora que he oydo [sic] la radio argentina, me he dado cuenta que mucha gente está muriendo por Chile. Todavía no me puedo combenser [sic] de que Allende se haya suicidado. A las 10 de la mañana él habló por la radio y se veía tan seguro que nadie hubiera pensado que poco después se suicidaría. Parece que él no creía que la aviación, el ejército y la marina se atrevieran a atacar” (11/septiembre/1973, 21:50 hrs).

Sólo tres días después, su padre abandona sus simpatías al nuevo régimen: uno de sus colegas apareció flotando en el río Mapocho.

Aunque muy meticulosa, Francisca también omitió detalles demasiado sensibles en sus escritos. Como el derrame cerebral de su abuela. El cual fue gatillado por una fuerte discusión que tuvo con los jóvenes que le arrendaban su departamento: unos tupamaros uruguayos que se tomaron la propiedad. "Creo que ese ejercicio de escritura me permitió también obviar otros dramas familiares. Fue una manera de protegerme”. Después del golpe, su familia fue a ver el departamento. Los uruguayos habían huido, y nunca más supieron de ellos. No obstante, dejaron todas sus cosas: discos de Víctor Jara y Violeta Parra, además de libros como Las venas abiertas de América Latina, que después se quedaron en la casa de la familia Márquez. “Yo diría que esa literatura y música fue permeando también mi inclinación hacia la izquierda latinoamericana”.

Su vocación por la escritura y por estudiar su entorno, la llevó a estudiar antropología en la Universidad de Chile, contrario al deseo de sus padres.

Un libro objeto

Cuarenta años después, Francisca, hoy doctora en antropología, donó el diario de 1973 al Museo de la Memoria. Fue por una cosa práctica: se estaba desgranando. Nunca esperó que lo pusieran en exhibición. Su sorpresa fue mayúscula cuando apareció un artículo en el periódico estadounidense New Yorker. De su diario, habían recogido una página: la que relataba la misa del cura Matte.

 

Francisca Márquez en la actualidad

 

“Ahí me di cuenta que el diario descontextualizado puede ser leído de distintas maneras.  Yo en mi ingenuidad veía la misa como una festividad más. Pero cuando vi sólo esa página, no me reconocí en ese relato. Me estaban poniendo como adherente a la ceremonia…”. Manifiesta Francisca, lo que la llevó a la conclusión de que, si se publicaba el diario, debía ser con un contexto histórico.

Con dicho afán, fue que se gestó el proyecto de El diario de Francisca. Libro que reúne íntegro el diario de 1973. Acompañado con seis textos de académicos como la historiadora mexicana Susana Sosenski y el filólogo Rafael Mondragón, que analizan pasajes de la vida cotidiana retratada en sus páginas. "Su diario no es un texto para interpretárla a ella, sino a la época. Este material ya ha sido utilizado antes por académicos como Jorge Rojas para estudiar el tema de infancia y dictadura y permite enunciar algo que hemos defendido mucho: la dictadura es un estado que toca a todos los ciudadanos, por lo que sólo hablar de “víctimas directas” margina a un montón de historias y personas. Francisca no fue víctima de violaciones a los derechos humanos, pero su diario nos permite reconstruir la infancia en el Chile de principios de los ´70”, afirma Patricia Castillo, editora del libro, y autora de uno de los artículos que analiza el episodio de la “reconstrucción nacional”.

El libro también incluirá un prólogo de la misma Francisca Márquez y distintas intervenciones orientadas a recrear el diario original, como cabello humano y recortes de revistas. En la misma línea, se optó por no corregir las faltas ortográficas, razón por la que la editora insiste en que no se trata de un texto académico, sino de un “libro-objeto”.

Dentro de las páginas del diario, también es posible seguir la evolución política de una joven con incipientes ideales de izquierda. Una que, si bien no es allendista, empatiza con sus amigas y las familias “upelientas” que debieron exiliarse.

“Lo de Francisca no es un caso excepcional. Tenemos muchos diarios y cartas donde los niños describieron el golpe y la dictadura. Lo que pasa es que el mundo adulto tiende a ignorar las producciones infantiles. Este es el diario de una niña de 12 años con el que es fácil probar que los niños tienen una subjetividad política, que no necesariamente es la reproducción de lo que piensan sus padres, que incluso tienen conflictos con lo que ellos dicen. Esa consciencia crítica al mundo adulto me parece que atraviesa todo el diario de Francisca”, concluye Castillo, y adelante que el libro tendrá 300 páginas y que esperan lanzarlo a más tardar en marzo.

A lo largo de su vida, además de libros académicos, Francisca ya ha escrito 14 diarios de vida. El último lo escribió a los 27 años, edad en la que contrajo matrimonio. “El ejercicio de la escritura es más bien solitario, e incompatible con la vida de pareja”, asegura la antropóloga. Hasta el día de hoy sigue escribiendo, pero en su cuaderno de campo, con un estilo más profesional, lejos del que usaba en su diario de vida. El último de los cuales termina con la frase “hoy me casé”.

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