Las sorpresas deparadas por Teotihuacán, Ciudad de los Dioses, según la posterior tradición mexica, engalanan este año y el próximo los principales museos de bellas artes en California con un imponente espectáculo mu-seográfico que concibe como Ciudad de agua, ciudad de fuego a la urbe que floreció en las proximidades del lago de Texcoco durante nueve siglos al inicio de la llamada era cristiana.

El evento coincide con que se cumplen cien años de que Manuel Gamio inició la exploración de la Pirámide de la Serpiente Emplumada en 1917. Diego Prieto Hernández, director del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), considera que aquellas excavaciones marcan un momento importante en la historia de la arqueología mexicana. Dicha pirámide, ícono de las civilizaciones antiguas de México, al iniciar el siglo XXI revelaría un túnel de singular trascendencia. Esa auténtica aventura está en la médula de la exposición que actualmente presenta el Museo De Young en el Parque Golden Gate de San Francisco.

Similitud con urbes de EU

Max Hollein y Michael Govan, respectivamente directores del Museo de Bellas Artes de San Francisco y el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (donde se verá la muestra en 2018) apuntan: En muchos sentidos, la civilización de Teotihuacán fue como nuestras ciudades. Al igual que San Francisco y Los Ángeles, Teotihuacán era una ciudad cosmopolita que atraía migrantes de toda Mesoamérica. Y más aún, se volcó en crear una identidad cívica que se extendería a toda su variada población, algo similar, añaden, a nuestra propia sociedad. El arte fue uno de los recursos de los ciudadanos para expresar sus ideas compartidas que daban cohesión a la urbe. No menos cosmopolitas resultan, por cierto, los estudiosos que exploran hoy Teotihuacán. Además de mexicanos, participan estadunidenses, japoneses, alemanes y daneses.

Buen número de las piezas exhibidas en California, con la curaduría de Matthew H. Robb, fueron proporcionadas por el INAH, el Museo Nacional de Antropología y la Zona de Monumentos Arqueológicos de Teotihuacán. Unas cuantas pertenecen al museo anfitrión. En conjunto permiten acceder a una fascinante experiencia humana.

El túnel del tiempo

Un catálogo de 441 páginas, que reproduce las 183 piezas y murales exhibidos, se completa con amplios ensayos de una veintena de especialistas, incluyendo a la pionera Linda R. Manzanilla, a Rubén Cabrera Castro y Julie Gazzola. Allí George L. Cowgill, profesor de Evolución Humana en la Universidad Estatal de Arizona, aventura una Historia especulativa de Teotihuacán donde subraya un rasgo original de aquella ciudad-Estado: al menos durante los años 400 y 500 desarrolló formas colectivas de gobierno, presumiblemente en reacción a los déspotas precedentes. Dicho periodo también corresponde a la mayor proyección de su influencia cultural, comercial y política hasta Centroamérica y buena parte de los actuales Estados Unidos; no se construyeron nuevas estructuras monumentales, sólo se ampliaron las existentes, pero hubo un gran esfuerzo en edificar viviendas para la mayoría de la gente común.

Otros autores sugieren que ese periodo excepcional fue algo así como republicano. Teotihuacán, conformada por barrios de diversos orígenes, zapotecas, mixtecos, mayas, los primeros nahuas y sobre todo pueblos otomangues, no se corresponde con la idea que tenemos de los imperios del México antiguo. Sus 200 mil o más pobladores debieron hablar varias lenguas. De hecho, se desconoce la lengua teotihuacana, así como el verdadero nombre de la ciudad; el que conocemos le fue dado siglos después por los aztecas para idealizarla y legitimarse.

El 2 de octubre del año de gracia de 2003, una lluvia torrencial inundó la zona arqueológica de San Juan Teotihuacán y reveló inesperadamente al pie de la familiar Pirámide de la Serpiente Emplumada un agujero que conducía a un túnel subterráneo por debajo de la monumental construcción, como una lámpara de Aladino de esas que cada tanto se les conceden a los arqueólogos y no sólo a Indiana Jones. El hallazgo fortaleció el interés, de suyo grande, por la mítica ciudad del Clásico Mesoamericano, protagonista de la edad de oro de brillantes civilizaciones que, en parte, han tenido que ser imaginadas, pues muchas pistas se extraviaron. Y como sucede, entre más se descubre es más lo que se ignora. Proliferan las preguntas y el rompecabezas se complica extraordinariamente.

El arqueólogo Sergio Gómez Chávez, a la cabeza del Proyecto Tlalocan del INAH, descendió por el boquete que abrió la lluvia y 12 metros abajo encontró una cavidad que resultó ser un túnel de más de 100 metros que desemboca en tres cámaras. Claro, ha tomado años de exploración subterránea mediante radar, robots y computadoras para finalmente acceder a un tesoro de cerámica, conchas y piezas de notable valor artístico. El túnel, que debió ser utilizado con fines rituales durante los 250 años previos, fue sellado por última vez hacia el año 230 de nuestra era y tardó 18 siglos en volver a la luz.

Comparte con las civilizaciones maya y zapoteca del mismo periodo Clásico, tanto sus épocas de esplendor como el misterioso colapso que ha inquietado por siglos a viajeros, historiadores y arqueólogos. Si bien el sitio fue saqueado y vandalizado por sublevados o invasores, tras su destrucción y abandono nunca desapareció del todo, a diferencia de la civilización maya en el Petén y la Lacandona. Aztecas, españoles y mexicanos la conocieron. No por ello hay suficientes respuestas para los desafíos que plantea.

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