El sentimiento de melancolía con frecuencia se confunde con la experiencia de la nostalgia. Para distinguir los matices de la aflicción no basta con el registro afectivo de la química cerebral. Nuestra educación sentimental crece con la lectura. Las tonalidades de la sensibilidad respiran cuando los escritores traman el vocabulario de nuestras pasiones. Sin los pasajes secretos de la literatura, el laberinto emocional sería un callejón sin salida. Gracias a los narradores y poetas, nuestra vida afectiva ha ampliado su archivo de sensaciones. Por ellos, identificamos afectos y pesadumbres que de otra manera no podrían diferenciarse.

Entre nostalgia y melancolía, el dilema es la ausencia. ¿Cómo lidiar con ella? Mientras el nostálgico siente que ha abandonado algo, el melancólico interioriza su dolor, como si fuera un hueco. La pérdida habita en sus entrañas. En el aliento de la nostalgia, la ausencia se ancla en el pasado. Nos falta algo o alguien. No importa si es un lugar, un objeto o una persona. En cambio, el melancólico vive su duelo inconcluso en presente y se alimenta de una sustancia tóxica: la bilis negra, producto no del recuerdo, sino de la herida interna que dejó esa pérdida. Por eso el duelo no es por lo ausente. Una parte de nosotros despareció, aquella que compartimos, con quien nos ha dejado. No seremos más los mismos. ¿Cómo vivir con esa carencia? Antes que la locura, para evitar perdernos a nosotros mismos, la penumbra interminable de la tristeza.

Walter Benjamin vivió bajo el signo de Saturno. “La estrella de la revolución más lenta, el planeta de las desviaciones y demoras”. Y aquel que nace bajo este influjo es proclive a las disonancias melancólicas. Con esa mirada retrató el fantasma de la modernidad: una tempestad llamada progreso, que ha dejado escombros a su paso.

Escritor de frontera

Walter Benjamin murió en un cruce fronterizo. En su vida fue un viajero infatigable y su pensamiento borró los márgenes entre los géneros. La mezcla creó una anomalía que lo apartó de los perfiles ortodoxos de los inicios del siglo XX. No era un filósofo en el sentido convencional de la palabra. No fue un profesor universitario. Tampoco fue un escritor, pero su prosa deslumbró a autoridades literarias de su época como Hugo von Hofmannsthal. Su problema fue que todo lo que escribió era único y raro. Sus contemporáneos nunca lograron catalogarlo. No encontraron en qué estante de la biblioteca deben colocarse sus libros. El primer tropiezo fue su tesis de doctorado. Rechazada. El jurado aseguró que no entendía una palabra. Ya muerto, sus amigos más cercanos seguían opinando que era un ser excepcional; sin embargo,

Scholem, yo y otros sabíamos que era un genio, o mejor dicho una especie de genio. Sin embargo, ¿cómo demostrárselo al mundo? No existe la obra de su vida, una obra digna de su inteligencia; los aforismos y los otros ensayos —el libro inconcluso de Los pasajes— no son suficientes para sostener a ese gran autor en el que Walter Benjamin se ha transformado —escribo estas notas con una suerte de amor y un sentimiento de desdicha. (Carta de W. H. Belmore, un amigo de juventud, a Gershom Scholem).

Su legado entraña un estilo de escritura, una forma de pensamiento y una nueva perspectiva para abordar la vida cultural. Como escritor se tomó la libertad de mezclar los géneros para renovar la interpretación del siglo XIX francés. Nunca se apegó al canon filosófico ni a las normas del exégeta tradicional. No era un lector de autores. Su labor era observar los entretelones de la época y los ríos subterráneos que alimentan los pasajes oscuros de la historia literaria. Nunca se limitó. Tal vez por eso su proyecto crecía, en lugar de concentrarse en un tema. Mucho antes de que se discutiera el concepto de esfera pública, Walter Benjamin aclaró que esa atmósfera convoca al periodismo, al olor del café y a los debates encarnizados entre miembros de una conspiración, a veces más imaginaria que belicosa.

Nunca siguió las reglas del método, sus giros en el uso de la prosa alemana crearon un estilo propio. ¿Cómo definirlo? Su búsqueda literaria iba en la ruta de los ensayistas. Un escritor afrancesado, traductor lo mismo de Proust que de Baudelaire. Experto en la teoría crítica del romanticismo alemán. La verdad es que fue más allá. Desde sus primeros textos se involucró en una querella intelectual: la reivindicación del hombre de letras, a la manera de Montaigne, La Rochefoucauld o Pascal. Personajes alejados de los estamentos sociales, pesimistas en su visión del ser humano y poco afectos al contacto con el prójimo. Hommes de lettres “rodeados de libros, como si vivieran en el mundo de la palabra escrita e impresa, no se sienten obligados ni tenían deseos de escribir y leer en forma profesional para ganarse la vida”. No hay duda de que prefería la biblioteca de París ante las tertulias literarias o la cátedra universitaria.

Pronto abandonó esa imagen del escritor, el amor y la amistad lo llevó a acercase a los sótanos del marxismo. Entró por la puerta del teatro. La asistente de su amigo Bertolt Brecht, Asja Lācis, una actriz que llegó desde el frío de Letonia, es su compañera de ruta en un viaje con escalas. Una estación será la ilusión y la decepción de Moscú, una más la estación de Berlín, al borde de la decadencia y su último refugio, un café de París, a donde llega solo.

La escritura de Walter Benjamin proviene de la calle, de los cafés y los pasajes interiores de la desesperanza. En todo este trayecto de una larga huida, Benjamin inventó en sus cuadernos un nuevo género literario: la crítica cultural. Una extraña amalgama de historia, sociología, filosofía, literatura, crónica de viajes y relatos breves. Esa nueva especie erudita floreció en un ambiente profundamente hostil, cuando la República de Weimar ya estaba derrumbándose. En la ruina de la modernidad nace su figura más representativa: el crítico. Mientras, en el fondo del paisaje ondean las banderas de la hoz y el martillo apenas a unos pasos de la suástica. La guerra ya ha comenzado y su primer enemigo es el pensamiento, derrotar la cultura.

Al remontarse a esos años desfilan personajes centrales en la vida de Walter Benjamin. Fue contemporáneo de Heidegger y cercano al Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt, creado por los filósofos Adorno y Horkheimer, también fue amigo de Ernst Bloch. Ese mundo cultural era parte de su escuela de formación. A la que debería agregarse su veta teológica, la tradición judía y su gran amigo Gershom Scholem, un experto en misticismo judío. Nunca renunció a su independencia intelectual, ni se sometió a las tendencias políticas de su círculo cercano: el sionismo y el marxismo ortodoxo; al contrario, fusionó la dialéctica materialista con el mesianismo judío para inventar una forma de leer el presente que rescate, en los entresijos de la historia, la memoria de los desesperanzados.

El personaje por excelencia que define a Walter Benjamin es el flâneur, una suerte de vagabundo, paseante solitario y marginal de un historia paralela. La fisonomía de este nuevo actor oculto en la multitud, mientras husmea en los resquicios de la vida urbana, abre un nuevo campo de estudio donde el arte y la historia se entrecruzan con la rebelión y la catástrofe. Difiere con Marx porque no piensa que debe esperarse a la superación de las contradicciones del capitalismo para subvertir sus fantasmagorías, ese proceso de enajenación que cosifica a las personas. En su estudio sobre el París del siglo XIX, donde desfila el flâneur como una suerte de detective al acecho de un malhechor, encuentra momentos de ruptura en los que el arte ofrece una resistencia melancólica frente a la tempestad del progreso y en esos destellos se iluminan los desechos de una modernidad fracasada, donde Benjamin rescata la esperanza. Pero antes de ver terminada su obra, el pasaje donde camina se cerró para siempre. No sólo para él. Todo su ambiente cultural y su escuela de formación encontró una única salida: el exilio. Lo demás fue el exterminio.

El título elegido por Walter Benjamin para su obra cumbre desquició el rigor filosófico de su colega Theodor Adorno. No podían aceptar como parte de su Instituto un proyecto intitulado Los pasajes parisinos. Un cuento de hadas dialéctico. La historia detrás de esta auténtica provocación intelectual es un ejemplo claro de cómo Benjamin había abandonado el lenguaje filosófico y hacía sus propias aleaciones. Los pasajes de París son una suerte de galerías internas que forman una red de escaparates donde la iluminación artificial, los colores de la ropa y el olor del café se mezclan como un juego de abalorios. Ese territorio urbano laberíntico es un pasadizo a la modernidad desencantada, donde el flâneur reside y anuncia los nuevos inventos que el progreso ofrece a la ciudad, incluido el crimen.

La novela de detectives nace con Edgar Allan Poe, pero coincide en el tiempo con el desencadenamiento de la sociedad capitalista. Esa intersección que seguramente nada tiene que ver con la imagen de Balzac: “detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen”. El flâneur termina su día en las mismas tabernas de la bohemia parisina, que son refugio para conspiradores profesionales o de ocasión. Esos lugares que hacían pensar a Flaubert que de “la política sólo entiende la revuelta”.

Con la vida moderna, nuestra visión del tiempo se deforma. La modernidad comparte la fascinación por la fugacidad. La caducidad es sinónimo de lo moderno. Por primera vez, la velocidad se convierte en la marca de nuestra relación con la muerte. Es la señal de una era tecnológica. El ritmo se altera y ya nunca habrá espacio para disfrutar de la paciente negligencia del vagabundo. El mundo del trabajo no tolera la legítima ociosidad del flâneur. Retrato fiel de Walter Benjamin sentado en un café parisino escribiendo un libro imposible de concluir.

Su suicidio es muy conocido. No entro en detalles. Pastillas de morfina en una pequeña población en las faldas de los Pirineos, el 26 de septiembre de 1940 en Port Bou. La razón, después de un largo trayecto para cruzar las montañas con la esperanza de continuar hasta Portugal para zarpar a Nueva York, ese día cierran el paso fronterizo y amenazan con entregar a los nazis a cualquier prófugo o sospechoso. Ante el riesgo de ser deportado a un campo de concentración alemán, Benjamin se quita la vida. Los guardias fronterizos se impresionaron tanto que al día siguiente permitieron el paso a los demás refugiados. “Sólo ese día en particular era posible la catástrofe”.

Read 291 times Last modified on Tuesday, 13 September 2016 15:59
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