Hay quien piensa que Martin Luther King murió el 4 de abril de 1968 de un tiro en la garganta. Pero es más exacto decir que lo mató la lluvia. Esa agua tenaz que a veces cae en Memphis (Tennessee) y que estuvo en el origen de la huelga de basureros negros que el reverendo había decidido apoyar. El conflicto era un caso más de la brecha racial que dividía a Estados Unidos. Los días de tormenta se suspendía la recogida de basuras en la ciudad. Algo anodino excepto por el hecho de que los trabajadores blancos cobraban esas horas, y los negros, no.

La flagrante discriminación había desatado una ola de protestas y un joven afroamericano ya había sido asesinado. King, temiendo el baño de sangre, acudió a defender a los suyos. Como tantas otras veces, iba a ponerse al frente de la manifestación y a quebrar mediante la desobediencia civil a sus adversarios. En preparación para la jornada, se había alojado en el pequeño Motel Lorraine. Primer piso, habitación 306. Relajado, se disponía a cenar con un grupo de amigos, cuando al asomarse al balcón el disparo de un rifle Remington-Peters le atravesó el cuello. Eran las 18.01 y la humanidad acababa de perder a un hombre justo.

 

Cuando murió, King ya era eterno. Había pronunciado 2.500 discursos, ganado el Premio Nobel de la Paz, encendido el alma de millones de americanos y denunciado la injusticia de un siglo injusto en piezas maestras de la oratoria. Él mismo, con 39 años, intuía que no le quedaba sitio en este mundo. La noche anterior, en su último sermón, el reverendo había dado a sus palabras un tono profético. Citando el Deuteronomio, habló de la proximidad de su fin y de la posibilidad de morir a manos de un “hermano blanco enfermo”.

“No sé qué ocurrirá ahora. Tenemos días difíciles frente a nosotros […] Como a todos, me gustaría tener una vida larga. […] Pero eso ahora no me preocupa. Solo quiero cumplir la voluntad de Dios. Y él me ha permitido subir a la cima de la montaña. Y desde ahí he visto la tierra prometida. Puede que no llegué a ella con vosotros. Pero quiero que esta noche sepáis que nosotros, como pueblo, alcanzaremos la tierra prometida. Y estoy feliz por ello. Nada me preocupa. No temo a ningún hombre…”, clamó en el Templo Obrero de Memphis.

Quien así hablaba era mucho más que un predicador. En sus días finales, Martin Luther King no representaba solo la emergencia de una conciencia racial. Su pulso iba más allá de las manifestaciones; su estrategia desbordaba al adversario por los flancos. En Memphis había llamado al boicot contra Coca-Cola y los principales fabricantes de pan y leche; también había pedido a la población que retirase los fondos de todos los grandes bancos (excepto el Tri-State Bank). “Su lucha no era solo por los derechos civiles, sino por los derechos humanos, defendía principios fundamentales y quería materializarlos”, señala Clayborne Carson profesor de la Universidad de Stanford y director del Instituto de Investigación y Educación Martin Luther King.

Martin Luther King y manifestantes en la ciudad de Selma (Alabama) el 10 de marzo de 1965.
Martin Luther King y manifestantes en la ciudad de Selma (Alabama) el 10 de marzo de 1965. AP 

La fuerza que desplegaba en cada golpe le hacía un enemigo temible. Y su orientación ideológica, aunque tachada de pactista por los más radicales, multiplicaba los temores del Estado profundo. Su rechazo a la Guerra de Vietnam le había granjeado el odio de los militares; su combate contra la desigualdad, le habían vuelto objetivo prioritario del director del FBI, John Edgar Hoover, y sus inquisidores. Le espiaban, le enlodaban con informes falsos, entre ellos de supuestas orgías, y buscaban bajo las alfombras cualquier resquicio para acusarle de comunista.

“King era visto como un revolucionario, porque pedía un ingreso anual garantizado para todos los estadounidenses y un trabajo pagado con fondos públicos para quien lo quisiera. Era además un crítico contumaz del imperialismo americano y propugnaba una reconstrucción radical de la sociedad. Pero también era un patriota, criticaba a su país porque lo quería”, explica el historiador Jason Sokol, autor de Los cielos pueden romperse: la muerte y el legado de Martin Luther King (editorial Basic Books).Bajo esta presión, creció el miedo a un atentado. El reverendo, como demuestra su último discurso, era consciente de la amenaza. Todos sabían que corría peligro y nadie hizo nada para protegerlo. Quizá esa sea la clave de su muerte más que cualquier teoría conspirativa.

La sentencia y las revisiones oficiales posteriores sostienen que el asesino fue James Earl Ray. Un prófugo, pendenciero y borracho, que había encadenado una vida de asaltos de poca monta. Hijo del aluvión, este ejemplar de la denominada basura blanca,apretó el gatillo y lanzó su carga de odio racial con una precisión que aún sobrecoge. Desde un baño situado frente al balcón del Motel Lorraine, la bala impactó en la mandíbula derecha de Martin Luther King, atravesó su médula espinal y quedó alojada para siempre en las entrañas de América. “Con King, aprendimos que los grandes cambios son disruptivos. Fue capaz de paralizar ciudades enteras y mantenerse firme hasta lograr que se hiciese justicia”, recuerda el historiador Sokol.

Cometido el crimen, Ray, de 40 años, huyó al extranjero y no fue detenido hasta el 8 de junio en el aeropuerto londinense de Heathrow. De vuelta a EE UU, se declaró culpable (lo que le evitó la pena de muerte) y una vez sentenciado a cadena perpetua se desdijo y defendió una teoría conspirativa en la que él figuraba como un mero chivo expiatorio.

Aunque las dudas nunca se han apagado, las comisiones que han revisado el caso han confirmado que Ray fue el único asesino. “Esa es la respuesta lógica. Pero la verdadera pregunta es por qué no le protegieron quienes sabían que estaba amenazado. ¿Qué hizo el FBI, la inteligencia militar y la policía local? A estas alturas no hay respuesta y la conspiración, como en el asesinato del presidente John F. Kennedy, durará para siempre. Es más fácil introducir la duda que eliminarla”, explica el profesor Clayborne Carson.

Muerto King, Estados Unidos sufrió una de sus mayores convulsiones. En un país que en pocos años había visto morir a balazos a Kennedy y al líder radical negro Malcolm X, el magnicidio desató una cólera incontenible. En el vendaval fallecieron 43 personas, 3.500 resultaron heridas y 27.000 fueron arrestadas. Como remate, dos meses después cayó asesinado el aspirante presidencial Robert Kennedy. Fue el epitafio a una época turbulenta. La década en que Estados Unidos había mostrado su esplendor al mundo y hollado la Luna se cerró con la constatación de que no era capaz de librarse de sus tinieblas. De que incluso los días de sol, la lluvia seguía cayendo.

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