No soy ecologista, y ni siquiera me considero alguien muy apegado a la naturaleza. He vivido toda mi vida en ciudades, disfrutando de dispositivos fabricados mediante cadenas industriales de suministro sobre las que apenas me paro a pensar. Nunca he ido de acampada, al menos no por voluntad propia, y aunque siempre he pensado que era básicamente una buena idea mantener limpios los ríos y el aire, también he aceptado el planteamiento según el cual existe una tira y afloja entre el crecimiento económico y el coste para la naturaleza; y me decía que, bueno, en la mayoría de las situaciones me inclinaría por el crecimiento. Yo no voy a matar una vaca con mis manos para comer una hamburguesa, pero tampoco voy a hacerme vegano. Normalmente pienso que, cuando uno ocupa la cúspide de la cadena trófica, no hay nada de malo en hacer alarde de ello, porque no me supone ninguna dificultad trazar una frontera moral entre nosotros y los demás animales, y de hecho me parece ofensivo para con las mujeres y las personas de otras razas que de pronto se hable tanto de extender a chimpancés, simios y pulpos una protección legal análoga a los derechos humanos, apenas una o dos generaciones después de que acabásemos por fin con el monopolio que el hombre blanco había tenido sobre el concepto legal de persona. En estos aspectos –en muchos de ellos, al menos– soy como cualquier otro estadounidense que ha pasado su vida mortalmente satisfecho, y voluntariamente engañado, sobre el cambio climático, que no es solo la mayor amenaza a la que se ha enfrentado la vida humana en el planeta, sino una amenaza de una categoría y una escala por completo diferentes; a saber: la escala de la propia vida humana.

Hace unos años, empecé a recopilar historias sobre el cambio climático, muchas de ellas aterradoras, absorbentes e inquietantes. Las de menor escala casi podían leerse como fábulas: un grupo de científicos del Ártico que quedó atrapado cuando el deshielo aisló su centro de investigación en una isla también habitada por osos polares; un niño ruso que murió víctima del carbunco liberado al descongelarse el cadáver de un reno que había pasado décadas atrapado en el permafrost. Al principio, parecía como si las noticias estuviesen creando un nuevo género de alegoría. Pero, por supuesto, el cambio climático no es ninguna alegoría.

«Yo no voy a matar una vaca con mis manos para comer una hamburguesa, pero tampoco voy a hacerme vegano»

Desde 2011, en torno a un millón de refugiados sirios se vieron empujados hacia Europa por una guerra civil que el cambio climático y la sequía han agravado (y, en un sentido muy real, gran parte del «momento populista» que todo Occidente está atravesando es el resultado del pánico generado por esa llegada). La probable anegación de Bangladés amenaza con crear una cantidad diez veces superior de inmigrantes, o incluso mayor, que serán recibidos por un mundo aún más desestabilizado a causa del caos climático (y –cabe sospechar–menos receptivo cuanto más oscura sea la tez de los necesitados). También estarán los refugiados procedentes del África subsahariana, de Latinoamérica y del resto del sudeste asiático: unos 140 millones en 2050, según estimaciones del Banco Mundial; esto es, más de cien veces la «crisis» siria en Europa.

Las proyecciones de la ONU son aún más sombrías: 200 millones de refugiados climáticos en 2050. Esos eran todos los habitantes del planeta durante el apogeo del Imperio romano: imaginemos que todas y cada una de las personas vivas por aquel entonces, en cualquier rincón del globo, se quedasen sin hogar y se viesen obligadas a vagar por territorios hostiles en busca de uno nuevo. Según Naciones Unidas, el extremo superior de lo que es posible en los próximos treinta años es considerablemente peor: «hasta 1.000 millones, o más, de personas pobres y vulnerables con escasas opciones más allá de la lucha o la huida». 1.000 millones o más. El conjunto de la población mundial en fecha tan reciente como 1820, cuando la Revolución industrial estaba ya muy avanzada. Lo cual sugiere que quizá sería preferible entender la historia no como el lento paso del tiempo, sino como un globo de crecimiento demográfico que se expande, haciendo que la humanidad se extienda a su vez por el planeta casi hasta un eclipse total. Uno de los motivos por los que las emisiones de CO2 se han acelerado tanto en la última generación sirve también para explicar por qué da la impresión de que la historia se desarrolla a una velocidad mucho mayor, de que suceden muchas más cosas, en todas partes, cada año: esto es lo que ocurre cuando hay tantísimos humanos. Se calcula que el 15 por ciento de toda la experiencia humana acumulada a lo largo de la historia corresponde a personas que están vivas actualmente, que caminan por el mundo dejando su huella de carbono.

Esas cifras de refugiados son las estimaciones más elevadas, producidas hace años por grupos de investigación diseñados para llamar la atención sobre tal o cual causa o cruzada; con toda probabilidad, los números reales no alcanzarán valores tan altos, y la mayoría de los científicos se inclinan por previsiones del orden de las decenas –no centenares– de millones de personas. Pero que esas cifras sean solo el máximo de lo que entra dentro de lo posible no debería hacer que nos confiásemos demasiado: cuando descartamos la peor de las posibilidades, se distorsiona nuestra percepción de las situaciones futuras más probables, que pasamos a considerar como escenarios extremos para los que no es necesario prepararse tan concienzudamente. Los cálculos más altos marcan los límites de lo posible, dentro de los cuales podremos imaginar mejor lo que es probable. Y quizá incluso resulten ser una referencia más fiable, si tenemos en cuenta que, en medio siglo de angustia climática que ya hemos padecido, los optimistas nunca han acertado.

«Es difícil poner en perspectiva el panorama completo de la distorsión climática»

[…]Para quienes relatan sucesos sobre el clima, contemplar tan espantosas posibilidades –y el hecho de que hemos desperdiciado nuestra oportunidad de acabar en algún punto de la mitad buena de la campana de Gauss– se convirtió por algún motivo en algo indecoroso. Las razones son casi demasiadas como para enumerarlas, y tan vagas que quizá sería preferible llamarlas impulsos. Optamos por no hablar de un mundo cuya temperatura ha aumentado más de dos grados quizá por pudor; o por puro temor; o por miedo a ser agoreros; o por una fe tecnocrática, que en realidad es fe en el mercado; o por deferencia con los debates partidistas, o incluso a las prioridades ideológicas; o por un escepticismo respecto a la izquierda ecologista como el que yo había sentido desde siempre; o por desinterés por los destinos de ecosistemas remotos, como el que también había experimentado toda mi vida. Sentíamos confusión sobre la ciencia y sus muchos términos técnicos y sus cifras difíciles de interpretar, o al menos intuíamos que todo ello confundiría a los demás fácilmente. Nos vimos lastrados por nuestra parsimonia a la hora de comprender la velocidad del cambio, o por una confianza semiconspirativa en la responsabilidad de las élites globales y sus instituciones, o por una obediencia a ellas, con independencia de nuestra opinión al respecto.

Quizá fuera simplemente que nos sentíamos incapaces de dar crédito a las previsiones más terroríficas porque apenas acabábamos de oír hablar del calentamiento, y nos decíamos que las cosas no podían haber empeorado tantísimo desde la primera entrega de Una verdad incómoda; o porque nos gustaba desplazarnos en coche, comer ternera y vivir tal y como lo habíamos hecho hasta entonces, y no queríamos darle demasiadas vueltas al asunto; o porque nos sentíamos tan «posindustriales» que no podíamos creer que aún estuviésemos extrayendo aliento material de los hornos de combustibles fósiles. Quizá fuera por nuestra facilidad sociopática para incorporar las malas noticias a la noción enfermiza y variable de lo que se consideraba «normal», o porque echábamos un vistazo al exterior y parecía que las cosas seguían en su sitio. Porque estábamos aburridos de escribir, o de leer, la misma historia una y otra vez, porque el clima era algo tan global –y por tanto no tribal– que inspiraba solo las políticas más sensibleras, porque aún no éramos del todo conscientes de hasta qué punto devastaría nuestras vidas, y porque, egoístamente, nos daba igual destruir el planeta en perjuicio de aquellos que vivían en otros lugares, o de quienes aún no habían nacido pero lo heredarían de nosotros, indignados. Y porque habíamos depositado una fe excesiva en la forma teleológica de la historia y en la flecha del progreso humano para contemplar la posibilidad de que el arco histórico tendiese hacia otra cosa que no fuera la justicia ambiental. Porque, si éramos del todo sinceros con nosotros mismos, ya veíamos el mundo como una competición de suma cero por los recursos y creíamos que, ocurriese lo que ocurriese, probablemente seguiríamos siendo los vencedores, al menos en términos relativos, habida cuenta de los privilegios de clase y de nuestra fortuna en la lotería del nacimiento.

Quizá temíamos demasiado por nuestros propios puestos de trabajo e industrias como para preocuparnos por el futuro del trabajo y la industria; o puede que también tuviésemos verdadero pavor a los robots, o estuviésemos demasiado ocupados mirando nuestros flamantes teléfonos; o quizá, por fácil que nos resultase ceder al reflejo apocalíptico en nuestra cultura y a la vía hacia el pánico en nuestra política, de verdad sufríamos de un sesgo favorable a las buenas noticias a la hora de abordar la situación general: o, en realidad, quién sabe por qué: son tantas las facetas del caleidoscopio climático que transforman nuestras intuiciones sobre la devastación medioambiental en una asombrosa despreocupación, que es difícil poner en perspectiva el panorama completo de la distorsión climática. Pero sencillamente no quisimos, o no pudimos, o en cualquier caso no afrontamos lo que la ciencia nos estaba diciendo.

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