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Mientras me acerco al escaparate de una tienda, escucho a lo lejos los coches pasar, a la gente caminando, a los pájaros cantando. Con la mano sobre el cristal, visualizo mi reflejo y me pregunto, ¿por qué tardé tanto en escapar de aquella otra realidad? Por costumbre, pienso mientras veo mis lágrimas caer.

A lo lejos puedo ver el parque, repleto de niños corriendo y brincando. Y me pregunto si la sociedad ya ha condicionado su libertad, moldeado erróneamente su mentalidad. Porque la historia que le cuentan a las niñas y las ideas que les pintan a los niños, nos someten a las tragedias que estamos sufriendo. Crean esa realidad de la que yo tardé tanto en escapar.

Horas después, esos niños que corrían en el parque, los vuelvo a encontrar dentro de la tienda desde la que los vi jugar. Y entonces, me pongo a pensar: ojalá que sus papás a la hora en que la hija se pruebe la ropa, le enseñen que su talla nunca será medida por una escala, sino por sus éxitos. Que cuando se vea al espejo, le repitan que la única que define sus límites es ella misma. Y que cuando se encuentre en la caja y vea a otra niña comprando la misma ropa, le dejen muy en claro que nunca debe ponerle etiquetas. Porque no son competencia, sino compañeras.

 

Ojalá que cuando su hijo se pruebe la ropa, le enseñen que de nada sirve vestir como un caballero, si cree que la caballerosidad es sinónimo de superioridad. Que cuando se vea al espejo, le repitan que juzgar a una mujer por su físico es como pensar que no hay nada más allá del cielo. Que cuando se encuentre en la caja, le dejen en claro que no es lo mismo saber el precio de una mujer, a su valor.

Porque las ideologías que gobiernan son producto de lo que de niños escuchamos.

Hoy 8 de marzo conmemoramos a miles de mujeres que, a lo largo de la historia, han tenido la valentía y la perseverancia de luchar por sus derechos. Por su dignidad y una mejor vida para las futuras generaciones.

Pero, hoy, además de conmemorar me gustaría invitar. Invitarte a ti como mamá, papá, a pensar en la visión que transmites a tus hijos. Y después, invitarte a dejar de reflexionar y actuar.

Enseña a tu hija a amar, perdonar, dar. También enséñale a defenderse, a cuidarse, a ser independiente, a tener sueños sin fronteras.

A perseverar en un mundo que probablemente la juzgue por ser simplemente mujer. Repítele más de mil veces que nunca debe hacerse menos, ni reprender su potencial por costumbre social.

A tu hijo enséñale a ser caballero, generoso, respetuoso. También demuéstrale que su ayuda es de suma importancia para poder construir un mejor futuro con equidad y mayor seguridad. Enséñale que las mujeres no fueron hechas para dejarse etiquetar ni maltratar.

Déjale en claro que en esta lucha se necesita la participación del hombre, porque no es ir en contra, sino trabajar con él.

Enseñen a sus hijas a ser como las mujeres que conmemoramos hoy. Enseñen a sus hijos a admirar y respetar a las mujeres. Inviten a los dos a ser parte del cambio. Porque es su mundo, y son el futuro.

Ahora que sé que no soy una talla, un color, una etiqueta, un estado de moda o una posesión. Ahora que sé que la primera que debe estar realmente consciente y convencida de su valor soy yo.

 

Ahora que estoy orgullosa de ser mujer. Ahora que yo misma reconozco mi potencial. Derramo lágrimas no por el tiempo que perdí, sino por el dolor al ver la porquería de ideología en la que nuestra sociedad está metida.

Por haber dejado que condicionaran mi libertad, me pusieran etiquetas y contuvieran mi potencial.

Lloro por aquellas mujeres que aún no terminan con esa realidad.

Lloro también de orgullo, por aquellos que han decidido abrir los ojos, levantar sus voces por las que ya no están, y luchar por lo que todavía queda por cambiar.

Lloro al ver que hay esperanza y personas que quieren generar un cambio, porque hay gente que entiende que esto es labor en equipo, pero mientras lloro y seco el charco, no dejo de pensar en lo que dice Matthew Jacobsones más fácil construir un niño, que repararlo cuando es adulto.

Después de que esta familia sale de la tienda, camino hacia el parque y me siento para admirar el atardecer. El naranja y el rosa pintan el cielo mientras los niños comen helado y los papás toman café negro.

Entonces pienso en lo importante que es que esos papás que están ahí sentados, nunca olviden que el futuro de las mujeres lo tienen en sus manos, en su casa, a su lado. Porque algún día estarán sentados con el pelo canoso y la piel arrugada. Viendo a través de la ventana mientras piensan en sus hijos.

Acordándose de todos los sacrificios y medidas que tuvieron que utilizar para formarlos. Y espero que, en ese momento, puedan decir que hicieron un buen trabajo, cuando en el día a día enseñaron a sus hijos simplemente lo que es el valor de una persona.

Me encuentro de nuevo frente al escaparte de la tienda, con la mano sobre el vidrio. Visualizando mi reflejo. Cierro los ojos, y en dirección a las estrellas, pido un deseo. Una mejor educación, un mejor futuro. La construcción de un mejor mundo para todas esas niñas que vi jugando hoy, pero al abrir los ojos y estar de vuelta en la realidad, me doy cuenta de que por más que pida 100 deseos, el romper con esa costumbre y construir ese anhelado mañana, dependerá de cómo actuemos a partir de hoy.

 

 

Por María Milo

Estudiante de preparatoria

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