Sunday, 15 March 2020 00:00

La Tati y su paseo en el flamenco

Written by  José Durán Rodríguez/El Salto
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Foto: Tomada de Internet Foto: Tomada de Internet

Asegura que no quiere morir con las botas puestas y que ya está pensando en la despedida, para la que preparará un espectáculo dedicado a las mujeres en la poesía. La Tati, la bailaora de Madrid, cita a El Salto en la academia donde sigue impartiendo clase y maestría para repasar sus casi 60 años sobre las tablas. Cuando empezó “era muy pequeña y una vieja bailando”, recuerda.

¿Voy a entrevistar a La Tati o a Francisca Sadornil Ruiz?
Es la misma. Francisca Sadornil Ruiz es el nombre de pila. Me iban a poner Tatiana, pero la Iglesia Católica en aquel momento —date cuenta de que yo vengo de la posguerra, de los años más complicados— no dejaba poner más nombres que los del santoral. Mi abuelo se llamaba Francisco, Paco, y mi madre pensó que si no podía llamarme Tatiana, me pondría Francisca. Yo soy la única niña de la familia, eran todos varones. En casa me decían “Tati”, “Tatirrina” o “Tatina” porque era muy menudita. Me quedé con Tati, pero soy Francisca Sadornil Ruiz, claro.

¿Por qué sigue trabajando?
Básicamente porque lo necesito. Y porque me gusta y puedo hacerlo todavía, aún puedo seguir dando algo de mí, en la enseñanza y en el teatro. Estoy bien físicamente y tengo la cabeza bien amueblada. Sigo trabajando porque me llaman. El día que no me llamen, me quitaré. Pero mientras sea una persona útil en el arte, lo haré… Comencé muy jovencita pero cuando empecé a ser más conocida y a triunfar fue con veintitantos años, antes trabajé en los tablaos. Entonces empezabas a ganar un sueldo desde el principio. Eran años muy duros, hacía falta un sueldo en casa. Yo empecé a trabajar por la necesidad, pero en vez de ser modista o cocinera, era bailaora, que es lo que sabía hacer. Y bien, creo.

¿Hasta cuándo lo hará?
No lo sé. No quiero morir con las botas puestas, la verdad. Me gustaría dejarlo cuando quiera. Estoy pensando en preparar mi retirada a partir del año que viene, cuando cumpliré 60 años en el escenario, que son muchos años. Quiero hacer un espectáculo dedicado a las mujeres en la poesía. Posiblemente lo haga en Madrid, París, Nueva York y México. Quiero retirarme bailando, decir hasta aquí he llegado. Cuando te vas a retirar es cuando más trabajo te sale, cuando más te llaman. Parece que te vuelven a descubrir otra vez. Si la salud me acompaña, me gustaría llevar una vida tranquila cuando me retire.

¿En qué se parecen bailar y enseñar a bailar?
Es muy diferente: bailar eres tú y enseñar es darte a los demás, entender que tienes que enseñar el oficio. El ego que normalmente tenemos todos los artistas está al nivel del alumno. Las buenas maestras son las que enseñan, no hacen copias. Yo no quiero que bailen como yo, les doy las herramientas para que bailen, les digo cómo tienen que mover las manos, cómo colocar la espalda. Yo las moldeo, las enseño para que después tengan un oficio y saquen su propia personalidad. A las que he enseñado a bailar son figuras, más o menos: María Juncal, La Truco... Son cuatro décadas enseñando, casi todas han pasado por mis manos y han desarrollado su personalidad. Tú me ves bailar y me reconoces. Soy autodidacta, el tiempo que estuve con La Quica hacía de chica de los recados, no me dieron una clase de baile en la vida porque no tenía para pagarla. Tuve que buscarme la vida desde que tengo uso de razón. Mi madre tenía un puesto en El Rastro, mi abuela uno de pipas y caramelos. Fuimos de los perdedores, como comprenderás la vida no fue fácil.

¿Cómo son los alumnos que se acercan a la academia?
Son muy especiales. Las clases son duras pero amenas, no me gusta la rigidez. Insisto, corrijo mucho, pero hablamos y me gusta tener una conexión con mis alumnas. Muchas hacen un gran esfuerzo económico para venir aquí, se sacrifican. A mí me ha humanizado mucho el enseñar. En el escenario eres la diva, la diosa, pero bajas y eres igual que todo el mundo, con los mismos dolores y sufrimientos.

¿Por qué empezó a bailar?
Porque lo traía en el ADN. No tenía tradición familiar sino que me salía. Viví con ese éxodo de andaluces gitanos que llegaron a Madrid en los años 50 y 60 a buscarse la vida, a mi barrio en El Rastro, en la calle Toledo. Me crié con ellos. La que me cortó el cordón umbilical era gitana, de Córdoba. Lo que se escuchaba en casa era la copla, lo que sonaba en la radio. No era el flamenco que conocí después, pero en la calle conocí los tanguillos. El cante me echó a bailar. Yo bailaba lo que escuchaba.

A los seis años comienza a bailar en la academia de La Quica, una bailaora sevillana, en la plaza de Vara de Rey.
Sí, a los seis o siete, pero yo ya bailaba, ya bajaba a la academia de Rafael Cruz, en esa misma plaza. Había dos sótanos, uno de Antonio Marín y Rafael Cruz, y otro de La Quica. Yo la veía a ella a través de un tragaluz y me fascinaba su personalidad. Un día su sobrino me sacó a bailar para ella, con el traje de la comunión cortado y mis calcetines blancos. Bailé unos tanguillos de Cádiz y a ella le hizo gracia y me dijo que me pasara a bailar. Pero yo no tenía dinero. Me pasé por allí y casi me quedé a vivir. Ponía seis sillas y un colchón encima para dormir, porque en ese sótano había mucha humedad. Cuando La Quica se acostaba, yo subía arriba, me ponía las batas de cola de las chicas y bailaba hasta que amanecía. Cuando entraba la luz por el tragaluz me acostaba para que ella no me regañara. A los dos años la estaba ayudando a dar las clases.

A ella no le gustaban muchas cosas que yo hacía porque yo no era académica, pero cuando empecé a enseñar me di cuenta de lo que aprendí con ella y también de que, en el fondo, yo sí era académica. He tenido que aprender a enseñar, a codificar los compases, a responder cuando las alumnas te preguntan, me he educado, he procurado instruirme sobre los cantes... El flamenco ahora está en los libros pero nunca lo estuvo. Tienes que aprenderlo in situ.

¿Qué aprendió con La Quica?
Disciplina, una parte humana porque era una persona maravillosa, y aprendí a enseñar. Me enseñó a ser maestra. Nunca pensé que podría enseñar, lo fui descubriendo poco a poco. Ella me dio mi primer trabajo, me dio mi primera bata de cola y fue mi maestra para ser maestra.

A los 12 años debuta como solista en el tablao La Zambra.
Sí, cerca de los 13. Llegué al flamenco por La Quica. El cuerpo de baile de ese tablao se iba un mes todos los años a París, al Teatro de las Naciones, y buscaban bailaoras suplentes. Yo estaba de aprendiz de sastre entonces —nunca pensé que fuera a trabajar bailando en un tablao, mi padre no tocaba las palmas ni cantaba—, pero ella le dijo a su hijo que fuera a buscarme. Y me quedé cuando volvieron. Luego me prorrogaron, de allí pasé a los tablaos.

Trabajó en muchos tablaos y en teatros por todo el mundo. ¿Dónde se sentía más cómoda?
No, muchos tablaos no. Cuatro en Madrid: El Duende, de Gitanillo de Triana y Pastora Imperio; Los Canasteros, de Manolo Caracol; Torres Bermejas y el tablao de Luisillo. Manolo Caracol debutó en Torres Bermejas cuando vino de México, donde había estado un tiempo. Ya había comprado Los Canasteros pero no le daban permiso para abrir. Estuvimos en una fiesta con el marqués de Villaverde, la duquesa de Alba y todo eso, y en esa fiesta le dieron el permiso. Yo conocí a Caracol en Torres Bermejas, que le pagaba 25.000 pesetas. Allí conocí a Fernanda y Bernarda de Utrera, al Niño Ricardo, a Carmen Amaya, que me quiso llevar con ella pero mi padre no me dejó. Yo ganaba 500 pesetas, para mí y para el guitarrista, y con eso éramos marqueses en mi casa. Fíjate qué casualidad, yo estaba con Caracol cuando le dieron el permiso para abrir Los Canasteros, y cuando se mató con el coche yo estaba en una fiesta con su hijo Enrique y Maruja Baena, su nuera.

Hasta los años 80, en el tablao estaban Terremoto de Jerez, La Paquera, Manuela Carrasco, Farruco... Los mejores de la historia, los que han marcado época, eso no volverá. Nosotros somos historia del flamenco, unos vivimos y otros murieron
 

He hecho mucho teatro, tenía 16 años la primera vez que fui a Holanda con el Festival Flamenco Gitano. Luego muchos espectáculos, muchos eventos, tanto de artista invitada como bailaora solista. También monté mi compañía y una S.L. que me buscó la ruina y la tuve que cerrar. El tablao ha sido mi escuela, allí aprendí el flamenco de verdad, y en el teatro lo desarrollé. Hasta los años 80, en el tablao estaban Terremoto de Jerez, La Paquera, Manuela Carrasco, Farruco... Los mejores de la historia, los que han marcado época, eso no volverá. Nosotros somos historia del flamenco, unos vivimos y otros murieron. A Isadora Duncan el teatro la llevó al baile y a mí el baile me llevó al teatro.

 

La Tati, bailaora y maestra de bailaoras
La Tati, bailaora y maestra de bailaoras. DAVID F. SABADELL

 

¿En qué momento se dio cuenta de que se podía ganar la vida con el baile, que ahí había una profesión?
No tenía otra opción, era bailaora. El primer sueldo lo gané bailando, no sabía hacer otra cosa. Con diez años me sacaron del colegio para ir a trabajar con mi madre. Yo quería bailar. Una cosa es bailar por gusto y otra es ser profesional, que es cuando cobras un sueldo. Con 13 años empecé a tener una carrera profesional.

Se habla de La Tati como la bailaora de Madrid.
Verdaderamente soy la bailaora más madrileña y más longeva. He hecho mi carrera en Madrid, he aprendido a bailar en Madrid y mis mayores éxitos han sido en Madrid. Nací en Madrid, me bautizaron y me casé en La Paloma. Hay otras bailaoras, pero a lo mejor no han tenido tanta proyección como yo. Eso de bailaora de Madrid me lo puso el periodista de El País Álvarez Caballero, yo era solo La Tati.

¿Cómo era ese Madrid en el que creció La Tati?
Flamenco, castizo. Había mucha relación entre los vecinos. La pobreza te une, las puertas estaban abiertas. Y en el tablao también pasaba, intentabas meter en la fiesta del señorito al cantaor que te lo pedía. Y si no entraba, reuníamos el dinero y le dábamos algo. En aquella época había gente que no tenía nada más que un pantalón negro y lo limpiaban con café.

Muchas veces era la única mujer en el tablao y en las fiestas, entre todos los viejos. Había afición, terminabas en un tablao e ibas a otro. Ahora todos son figuras, antes no. Antes íbamos a aprender y teníamos mucho respeto por las personas mayores. El flamenco es de los viejos. Tenemos que dar gracias a quienes nos enseñaron lo que era el flamenco, ahora el flamenco es más bien una incubadora.

¿El flamenco de entonces en Madrid se parece al de hoy?
No, ni el flamenco ni nada. Yo entiendo que el flamenco no tiene que pasar hambre para bailar bien y cantar bien, pero la necesidad de hacer ciertas cosas te obliga a hacerlas y hoy es otra cosa. Los artistas necesitan un tiempo de carrera, y quienes están en el conjunto son tan importantes como quienes están arriba. El flamenco es una cosa de unión.

En 1988 su espectáculo Apología Flamenca viajó a Estocolmo y posteriormente a París, donde coincidió con Camarón de la Isla. Se dice que a él le entusiasmaba el baile de La Tati. ¿Cómo era en la distancia corta?
Sí, lo estrené en Estocolmo y empecé a hacer giras por el norte. Lo de Camarón fueron tres conciertos en los que hacía parte de la Apología. Yo conocía a Camarón desde los años 60, cuando vino a Madrid, y tuvimos mucha relación. Él vivía en un hotel en la calle Barbieri, enfrente de Los Canasteros. Era como un hijo, durmió en casa muchas veces. Cuando vivíamos en Sevilla, se quedaba en casa cuando iba por allí.

Cuando lo de París, él acababa de hacer la película Sevillanas y le habían encontrado una mancha en el pulmón en un chequeo. Estaba también por allí Morenito de Illora, casado con una prima hermana de la mujer de Camarón, y Camarón le decía que quería cantarme. La primera noche el público solo quería a Camarón, pero cuando empecé a bailar me aplaudieron mucho.

Camarón era muy buena persona, un ángel. Cantaba porque lo tenía dentro pero yo creo que entró en un mundo que no era el suyo. Él era muy vergonzoso, siempre tenía la cabeza agachada pero por vergüenza. No sabía ni lo que ganaba. En París, en el Cirque d’Hiver, ganaba un millón de pesetas diarias. Era generoso, no tenía nada suyo, cantaba las cosas que escuchaba, no era creador. Paco [de Lucía] le adoraba y por eso le dio todos los derechos.

Entre 2000 y 2002 realizó la coreografía, la dirección artística y asesoría musical de una adaptación de La Casa de Bernarda Alba, una mezcla de teatro y flamenco. ¿Cómo fue?
Era teatro-danza. Cogimos el entierro, el ahorcamiento, las sábanas, el bordado... Las chicas aprendieron a cantar y a tocar el cajón. Pedimos los permisos a los sobrinos de Lorca. El montaje me costó nueve millones de pesetas. Luego lo gané. Tuvo diez nominaciones a los Premios Max de Teatro.

He leído que tiene un reconocimiento por parte de la Unesco pero no he encontrado ninguna información. ¿Cuál fue exactamente ese premio?
Soy Patrimonio Español por la Unesco a mi carrera artística, un año antes que el flamenco. Soy miembro del Consejo Internacional de la Danza de la Unesco. Recibí una carta, que no quería abrir porque pensaba que era una multa, y era esto. Quiere decir que estoy considerada una de las mejores bailarinas del mundo. Estoy con Nuréyev, Margot Fonteyn, Tamara Rojo… Puedo dar títulos oficiales firmados por la Unesco.

¿Qué le parece el espectáculo de Rosalía, su puesta en escena?
Es una fenómena. Claro que no es flamenco, pero eso qué importa. Es una chica muy inteligente, que vale mucho, guapísima, con un espectáculo muy trabajado y con mucho mérito. Es como Shakira o alguna de estas, que son buenísimas. Como eran gitanas, ¿Las Grecas hacían flamenco? No, por favor, vamos a ser sensatos. Rosalía es súper humilde, los padres se han gastado mucho dinero en escuelas y ahora sus espectáculos son geniales, a una dimensión de estrella, que es lo que es.

¿Qué es más importante para bailar flamenco: la cabeza, los brazos o las piernas?

Todo. La cabeza, porque sin cabeza no se puede hacer nada. El baile es integral. El baile es lo más completo, pero la gente sabe muy poco. Lo tiene todo: es sensual, duro, gracioso… Tienes que tener oído, memoria para los pasos, tienes que ser inteligente. Tienes que saber muchísimas cosas para bailar.

¿Se imagina cómo hubiera sido su vida sin bailar?
Yo es que soy La Tati, ni me lo planteo ni me lo puedo plantear. Date cuenta de que llevo 60 años bailando. He podido ser otra cosa porque tuve dos ocasiones de casarme con un multimillonario. Con anillo para casarme, pero dije que no.

¿Le ha dejado alguna herida?
No, me ha curado. Nací con las caderas hipertróficas y bailar ha hecho que no esté en una silla de ruedas. Cuando me han pasado cosas fuertes en la vida, el hecho de tener que pintarme y maquillarme para salir al escenario ha hecho que yo sea La Tati. Luchar contra las adversidades a través de la danza y el flamenco ha hecho que sea como soy.

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