LUIS GRAÑENA

Puede que el periodismo y la danza no tengan aparentemente mucho que ver. Pero ambas artes se basan en algo que los une de forma orgánica: el movimiento. De eso da fe Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949). Nadie que atestiguara la manera en que recogió en 2018 el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades lo habrá olvidado. Se acercó con su vestido azul cobalto hacia el público del Teatro Campoamor en Oviedo y extendió los brazos como hasta entonces sólo lo había hecho un mito del ballet: Maya Plisétskaya. Lo que marcó la diferencia, en este caso, no fue cómo bailaron su agradecimiento, sino lo que la mexicana que un día fue alumna de Martha Graham y Merce Cunningham antes de pasarse al periodismo, dijo.

Lo llevaba bien meditado. Por eso impactaron sus palabras sobre la necesidad del oficio que ella domina sin usar twitter y acerca de la forja de nuevos reporteros: algo crucial en un mundo absolutamente desconcertado. Resultó un microtaller de principios periodísticos en un entorno lo bastante solemne para que resonaran con contundencia. “Ningún otro oficio como éste les va a regalar un mundo, un universo, la realidad entera; trágica, abochornante, terca, chistosísima, horrenda, mágica. El regalo de la realidad real, inmensa y maravillosa. Agradezco a mi oficio estos cuarenta años de vida vivida tan esforzadamente…”.

Alma Guillermoprieto no sabe pensar sin escribir, según confiesa en su último libro: ¿Será que soy feminista? (Literatura Random House). Tampoco apenas dar respuestas sin apelación. Pero lo que sí domina, como muy pocos, es el arte de hacer preguntas. Aquel día se saltó su propia cautela y confesó un cambio en sus consejos. Cuando hasta hace poco algunos jóvenes le preguntaban sobre si hacerse o no periodistas, solía disuadirlos. Pero desde hace un tiempo, anda todo tan descuajeringado que los anima: “Háganle: denle, no más”, les dice.

Y eso que ella llegó a triunfar en la profesión de la que es hoy maestra tras intentar asumir un fracaso. Al parecer, su propia anatomía le iba a impedir convertirse en una grande del ballet. Su madre la había llevado a Nueva York para que se preparara a fondo. Y no con cualquiera. Con grandes como Graham y Cunningham. Fue este último quien le aconsejó: vete a Cuba. Para enseñar danza. Pero, ¿qué encontró allí? Mucho más que aprender. No sabe muy bien cómo, de repente, pasó de querer bailar ante públicos exclusivos, adinerados y enjoyados a mezclarse en pasos a dos con los desheredados y contar sus historias de filigranas para esquivar la muerte. Consagró entonces su vida a otra dinámica: la del reporterismo, que comenzó a ejercer en Centroamérica.

Pronto se dio cuenta, además —o quizás esto lo ha sabido más tarde— de que las historias que se iba encontrado por el sur, para que redoblaran el impacto merecido, debía publicarlas en el norte. Su identidad bilingüe está atravesada de América en proporción de latitudes. Goza de emotividad latina, su elegancia es transversal y vertical al tiempo, pero su razonamiento resulta anglosajón. Así que aplicó en su nueva vida un ejemplar sentido práctico. Debía combinar eso con un talento descomunal para aquella vocación escondida que entroncaba con una eminente rebeldía apenas atemperada desde chiquita.

Tenía talento también para hacer piruetas entre palabras. No tardó en publicar sus historias en cabeceras de referencia: periódicos y semanarios donde los dramas, tormentos y desgracias que le salían al encuentro multiplicaban su impacto: The GuardianThe New Yorker o The Washington Post. Con la destreza de su bilingüismo y el coraje que le empuja a meterse en líos, su firma fue convirtiéndose en punto de encuentro.

Para ello fue fijándose en todo lo que no causaba indiferencia: la revolución cubana primero, la sandinista, después; los martirios que década a década sacuden México… Todas las guerras de Colombia, donde vive, con Bogotá como centro de su jardín; las favelas de Brasil, los efectos de las dictaduras de Chile y Argentina, los estragos de Sendero Luminoso en Perú…

No tardó en hacerse cómplice de Gabriel García Márquez compartiendo esa obsesión común de armar con dignidad un oficio en el que contaban ya demasiados compañeros muertos. Siempre porque a alguien no le gusta lo que has escrito y te hace pasar a engrosar una lista tétrica. Así es como emparentas con el drama de mujeres mutiladas y violadas junto a hombres despojados de dignidad y futuro: convirtiéndoles en vergüenzas visibles.

Mientras sellaba visados por el infierno también buscó vías de escape en el placer. Supo combinar su formación con ecos de Chaikovski junto a cumbias, sambas, merengues y son. O digerir tragedias a la par que perfeccionaba un arte culinario que ha desgranado en Los placeres y los días. Además de esa delicia ha pasado a la historia del periodismo por Al pie del volcán te escribo, Las guerras en Colombia, Desde el país de nunca jamás…

Libros que no necesitan de redes sociales, de las que abomina: “Un like somete a la tribu, la obliga a reaccionar sin reflexionar, convierte un desacuerdo individual en una danza colectiva de odio”. Más que en la maraña virtual es en el mundo real donde ella quiere seguir echándose un baile con la vida y el periodismo.

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