Desde su más remoto origen, la humanidad ha estado acompañada de la música, una manifestación cultural que inició con un individuo arcaico produciendo sonidos al golpear rocas o varas entre sí, y que ha evolucionado hasta niveles de altísima complejidad como los de la música barroca del siglo XVIII, o la orquestal de la actualidad.

A su vez, para poder interpretarse, la música siempre ha requerido no solo de compositores, de obras musicales y de intérpretes, sino también de herramientas, es decir, de instrumentos musicales, los cuales vuelven audibles todas esas obras mediante fuelles, cámaras de aire, cuerdas y otros mecanismos tecnológicos que, irremediablemente, como un efecto de su uso cotidiano, deben ser objeto de restauración.

En torno a la restauración de instrumentos musicales y las circunstancias socioculturales que influyen mayormente en tal labor, los expertos en la disciplina Gerardo Ramos Olvera, Jaime Cama Villafranca y Charlene Alcántara Bravo dijeron que todo restaurador debe tener una obligación para, antes de intervenir un bien cultural, conocer el contexto histórico, social y cultural del mismo.

Asimismo, coincidieron en que es importante hablar con las comunidades que poseen instrumentos antiguos sobre la trascendencia de los mismos.

Ejemplo de ello, son los órganos tubulares, los cuales, muchas veces, por desconocimiento, son desechados de los templos por el gran espacio que ocupan, o incluso llegan a ser reemplazados por aparatos electrónicos modernos.

Otra recomendación que hicieron Ramos Olvera, Cama Villafranca y Alcántara Bravo fue que los restauradores traten, en lo posible, de conocer cómo sonaba o era tocado un instrumento en su época de creación.

“Hay que recordar que instrumentos como los órganos tubulares de los siglos XVII y XVIII fueron hechos para tener una sonoridad y afinaciones específicas, pues debían tocar música muy particular”, apuntó Gerardo Ramos.

Este último, director de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía “Manuel del Castillo Negrete” (Encrym) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en 2013 participó en la restauración del órgano tubular del Templo de Santa Prisca, en Taxco, Guerrero.

La importancia de conocer los contextos de cada objeto, coincidieron Gerardo Ramos y Charlene Alcántara, reside también en el hecho de que “los sonidos originales nunca se recuperan al 100 por ciento”, ya que no solo los materiales envejecen naturalmente, sino que las técnicas de ejecución de una obra musical cambian o pueden desaparecer con el paso del tiempo.

“Como especialistas debemos saber cuándo es que un instrumento requiere una reparación, es decir, habilitar el bien para que funcione y produzca música, y cuándo necesita una restauración, actividad que puede tener distintos niveles estéticos y sonoros”, señaló Charlene Alcántara.

La investigadora y profesora titular del seminario–taller optativo de Conservación y Restauración de Instrumentos Musicales de la Encrym señaló que lo anterior implica valorar, desde la perspectiva del restaurador pero también en razón de la voluntad de las comunidades que a menudo utilizan los instrumentos –en el caso de los órganos tubulares–, si se desea conservar la mayor cantidad de elementos de origen, o si se quiere garantizar que el objeto funcione correctamente a mediano o largo plazo.

Finalmente, los académicos coincidieron con el profesor Jaime Cama, en que los instrumentos musicales, llámense órganos o violines, por ejemplo, reúnen al menos tres estéticas: una de orden tecnológico, vinculada con los saberes químicos, físicos e incluso biológicos que subyacen en su materialidad; otra de orden musical que se relaciona con las obras que se crean para ese instrumento y el virtuosismo con el cual son ejecutadas; y una más, de carácter emocional, correspondiente a las emociones que la música produce en sus oyentes.

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