El escritor Héctor Abad.
El escritor Héctor Abad. JORGE PANCHOAGA.

Su padre dijo: “Yo voy a ser recordado gracias a mi hijo”. Y esa profecía creó un compromiso interno espantoso a Héctor Abad Faciolince. En Lo que fue presente, sus diarios, escarba en ello y en sus experiencias vitales sin eludir traiciones, deslealtades, terrores y conflictos internos. De la duda ante su escritura a la intimidad de un padre que llevaba doble vida, pero que lo adoraba. También sus frustraciones, sus experiencias con ambos sexos, su obsesión por la huida… Un escritor abierto en canal.

Pregunta. Esa dinámica, esa pulsión de huida permanente que despiden sus diarios, no sé si refleja un estilo de vida que no vuelva a ser posible al menos en una temporada. ¿Cómo lleva el encierro en Medellín?

Respuesta. La huida es la expresión de la libertad. Sea verdad o mentira, la ilusión de cambiar de vida, ir a vivir en otro país, siempre la he tenido y no ha desaparecido con los años. Estas medidas necesarias a las que estamos sometidos no nos deben acostumbrar a que prime la seguridad sobre la libertad. La enfermedad dejará un impacto psicológico fuerte. Pero yo espero no tenerle miedo a la libertad. Cuando esto pase, que pasará, porque hasta las pestes medievales pasaban, confío en recuperar ese ejercicio de ser libre, y tiene que ver con el movimiento.

P. Ese debate libertad / seguridad ha encontrado un matiz acaso más inquietante que tiene que ver con la salud. ¿Afectará más por eso a nuestras vidas?

R. Yo lo entiendo muy bien. Soy hijo de un médico y hermano de una epidemióloga. Son los expertos quienes deben llevar la vocería y las riendas. Tenemos la responsabilidad de no contagiar a los demás, sobre todo a los más mayores. Debemos pensar de qué manera lo equilibramos. Sobre todo los países que cultivamos lazos estrechos: los que entregamos a nuestros hijos a los abuelos, aquellos a los que nos gusta sentirnos cercanos, vamos a quedar muy castigados. Nuestra forma de vida va a pagar un precio más alto. No me veo saludando a mis hijos con una reverencia, ni renunciar a tomar un vino con los amigos. Al menos se está vendiendo más vino: eso me gusta…

P. ¿Qué dice su hermana la epidemióloga?

R. Ella está trabajando en Rionegro, un municipio cercano a Medellín. Está en contacto con los enfermos, asesora y ayuda a la secretaría de salud de ese lugar sobre usos y medidas, de acuerdo con lo que se va conociendo y estudiando. Va a trabajar todos los días a una oficina de coordinación y examina lo que va pasando también en los países donde pega duro, como España o Italia. Toca fortalecer el sistema de salud en todas partes. No lo pueden hacer los privados, tiene que encargarse el Estado.

P. Una de sus muletillas más recurrentes, según confiesa usted mismo en sus diarios, es la expresión “tal vez”, sinónimo de duda.

R. Tal vez, quizás, ojalá, no sé… A mí me encanta. Cuando le comento a un médico mis síntomas y me dice “no sé…”, entonces yo confío mucho en ese médico. Me parece bienvenido el escepticismo. Volvemos, como ves, a la crisis, cuesta no salir de ahí.

P. Claro, pero ahondando en eso, ¿la situación no resulta una tentación para tomar decisiones salomónicas? Sobre todo cuando debes dar indicaciones y dictar normas para millones de personas.

R. Un Gobierno tampoco puede decir: “Quizás es bueno que se queden en casa”. Otros creen que tal vez los más autoritarios funcionan mejor en este tipo de crisis. A lo que puedes responder: a lo mejor China está ocultando un montón de muertos…

P. ¿La duda es la condición esencial del escritor?

Héctor Abad en su estudio de Medellín.
Héctor Abad en su estudio de Medellín. JORGE PANCHOAGA 

R. Hasta lo que más detestas puede llevar su parte de razón. Así es como debes afrontar incluso las novelas. La antipatía tiene su punto de vista aceptable.

P. En los diarios observamos a un joven zascandil. ¿Está de acuerdo?

R. Esa palabra se usa poco acá.

P. Pero seguro que la conoce de sus tiempos en Lavapiés.

R. Es muy bonita, la conozco, claro.

P. Por no hablar de su explícita vida amorosa.

R. Un escritor de novelas debe vivir. Estar rodeado de libros es bonito, pero si no vives, si las lecturas no las combinas con la calle, el cuerpo, el amor, la muerte, la enfermedad, la insatisfacción, el fracaso… Habla mucho del fracaso este diario, de ganarse la vida en lo que uno pueda, no en lo que quiere, de recibir la generosidad de otros cuando no tienes donde vivir, de que te presten una casa, de que tu hermana te haga parte del mercado porque tú no llegas. Todo eso creo que, si lo lees en un libro y no lo has vivido, puede que lo medio entiendas, pero que si lo lees y, además, lo has vivido, la humillación y el fracaso, estar jodido, la infidelidad…

P. Más que la infidelidad, la traición, ¿no?

R. Bueno, sí, la deslealtad absoluta, la mentira como forma de vida, a ratos.

P. Sí, pero no se eche las manos a la cabeza como si fuera cosa de otros.

R. ¡Ay, no…! Por un momento te vi vestido de negro y que en la pantalla faltaba una rejilla, padre confesor.

P. Queda absuelto. Este libro se puede leer también como un folletín, como una telenovela.

R. La vida es muy de telenovela. Estas cosas tan ridículas que nos ocurren y a la vez tan obvias…

P. ¿Qué pensó al pasarlos a limpio? ¿Se reconocía o creía que hablaban de otro?

R. Yo decía: “¡Pero es que este tío es imbécil! ¡Ahí veo el precipicio y se va a caer!”. La duda era publicarlo.

P. Y en tiempos del Me Too, ¿por qué exponerse a que le escupan a uno por la calle?

R. También, sí. Porque si a mí más o menos me quieren es porque me confunden con mi padre gracias a El olvido que seremos. Creen que soy bueno y ecuánime, pero van a descubrir que soy un pobre hijoeputa… Uno fracasa y fracasa y fracasa. Aun así, si tiene la obsesión de escribir, puede sacar de esa experiencia, puede entender mejor la condición humana e incluso aprender a vivir un poco mejor, después de tantos ensayos horribles.

P. Otra razón puede ser lo que le dijo Gabriel Iriarte, su editor, que en Colombia no existían diarios así. Tampoco en muchas partes, con esa crudeza.

R. Aquí no existe esa tradición, ni siquiera póstuma, de revelar la intimidad así, descarnadamente. Pero no es una memoria.

Héctor Abad escribe uno de sus diarios.
Héctor Abad escribe uno de sus diarios. JORGE PANCHOAGA

P. Pero esos diarios sirven como una autobiografía.

R. Sí, pero sin pasarlos por la memoria, en caliente. Tampoco lo estaba haciendo de manera consciente. Nada que ver. La memoria lo convierte todo en una belleza, aquí, no. Cuando uno se porta mal existe una disonancia cognitiva que te justifica. En este caso, no. Yo me pregunto qué mierda me pasa, trataba de entender por qué.

P. ¿Encuentra en estas páginas y en el hecho de publicarlas los síntomas de un arrepentimiento?

R. No soy católico, aunque siento todavía esa parte de mí, desde la infancia. El diario tiene algo de purga y lo sentía al escribirlo así. No arrepentimiento, la vida no la puedes corregir, lo hecho forma parte de ti y no hay vuelta atrás aunque pidas perdón mil veces. Es la constatación de que la vida fea o bonita es así como fue: ¿qué puedo sacar de eso? Pues, no sé. La sensación de que la bondad y la felicidad es difícil, que esa búsqueda se estrella contra tu carácter y tu forma de ser. Purga es la palabra…

P. La presencia de su padre es constante. Cuando leí El olvido que seremos pensé que era usted una especie de Edipo al revés, en dirección contraria: no hacia su madre, sino hacia su padre. Extraño y maravilloso al tiempo. ¿Qué ha significado para usted su ausencia?

R. En el diario hay muchos comentarios y fechas en rojo.

P. ¿Es sangre?

R. Cuando apenas fui a España hace poco, lo comprendí. Tarde, a posteriori. José María de Pereda, cuando escribió Peñas arriba, al final se lo dedica a su hijo Juan Manuel con una cruz roja y una fecha. Este se había suicidado. Él andaba describiendo una tormenta justo el día en que se entera. La relación padre-hijo es algo muy fuerte. Y al revés también. Yo la entendí cuando tuve a los míos. Si la relación es mala se vuelve devastadora. Si es buena, también, porque te pesa toda la vida. Y las palabras del padre, cuando lo quieres, yo que soy el escéptico, el del tal vez, te digo que poseen algo casi mágico. Te crean un compromiso interno espantoso, que hasta te jode. Una vez, antes de que lo mataran, mi padre dijo así en público algo que me marcó: “Yo voy a ser recordado gracias a mi hijo”.

P. ¡Toma ya!

R. Así lo dijo.

P. ¿Cómo se carga con eso? ¿Escribiendo El olvido que seremos?

R. Yo quedé mal. Esa frase nunca nunca se me pasó. Aunque al oírla pensé: está loco, de qué habla. Yo me vi comprometido de por vida con aquello.

P. Más que una frase, es un destino.

R. Mira, yo nunca confié mucho en mi capacidad de escritura, pero la que tenía mi papá en mí era infinita. Cada vez que ando hecho mierda pensando que no me sale, me digo, bueno, pero a él le habría gustado…

P. Y estos diarios ¿también le habrían gustado?

R. Ah… Eso es otra cosa. El mismo libro que le dediqué no sé si le hubiera convencido. Cuento ahí discretamente lo que en estos diarios relato indiscretamente. Su vida íntima: esa doble vida. Lo hago porque juego conmigo mismo, meterse en otros es más jodido. Lo hago porque no creo en la inmortalidad. No creo que pueda leerme.

P. ¿Ni siquiera dentro de usted mismo cree que le pueda estar leyendo su padre?

R. Ajá… ¿Dentro de mí…? Como me he impuesto una norma de honestidad, no puedo omitirlo. El mismo editor, cuando yo hablo de la homosexualidad de mi padre, me preguntó si quería dejarlo así, en bruto. Y sí, yo no lo voy a embellecer para que los expertos lo entiendan. No. Debe ser como es, como me lo preguntó mi hermana: “¿Entonces mi papá era marica?”. No sabía y lo descubrió al leer El olvido que seremos… Voy a servirme agua.

P. Vale, vale…

R. Y claro que eso a él no le gustaría.

P. ¿Y a su madre?

R. Ella lo aceptó. Y tuvo la reacción más bonita entonces: “Yo a tu padre lo quise entero, así como era, por completo”.

P. Lo de la homosexualidad tampoco la elude usted respecto a sí mismo.

R. Tampoco, claro que no. Porque yo, en la adolescencia, estaba ahí en la duda de si lo era o no.

P. Y probó…

R. Probé… Hasta me gustó, pero cuando uno anda lleno de hormonas, todo resulta muy atractivo. Y ya, ya no. No tengo nostalgia, lo veo hasta como con cariño. Me da un sentido de apertura y tolerancia. Cuando uno acepta las pulsiones que socialmente menos se admiten, ahí está, en los diarios de André Gide o de Thomas Mann, ahora el primero iría a la cárcel: le gustaban los muchachitos.

P. ¿Puede que eso le ayudara a comprender también su donjuanismo posterior?

R. Eso dicen, como que en esa búsqueda existe un deseo de reafirmar la masculinidad. Sí… Bueno, lo dice Freud, que a mí tampoco me convence. Pero lo que está muy presente en estos diarios es el miedo a la impotencia.

P. El miedo y a veces la verificación, expresamente.

R. Es que eso de tener un pene, que es un músculo involuntario… Como la sonrisa, la franca, es un músculo involuntario. Por eso cuando uno sonríe sin querer, se nota.

P. ¿A lo mejor eso es un triunfo vital? ¿Poder dominar los músculos involuntarios?

R. Hay varias maneras: una, el camino de los santos. Alguno acaba castrándose. Pero los que no somos castos, a veces odiamos también lo contrario: la no erección involuntaria, es decir, la impotencia. Estar ahí como un idiota ante una criatura perfecta y nada. ¡Pero qué pasa! ¡Haz algo! Acobardado, encogido. Querer y no poder…

P. Sirve para todo como metáfora.

R. Sí, pero en el caso del pene es tremendo. Muchas mujeres dicen sentir envidia de no tenerlo, pero a mí me parece a veces un estorbo, algo muy complicado, esa cosa caprichosa, que cuelga, ridícula, fea y traicionera, que sobra y tiene su propia cabeza.

P. Y eso lo dice un circuncidado.

R. Sin ser judíos, aunque compartimos con ellos mi padre y yo eso y el rechazo por los tatuajes.

P.. La verdad es que de niño no se entiende bien que te lo hagan si no existe tradición o ley, pero de mayores, con el tiempo, ¿se agradece?

R. De niño y en la adolescencia lo percibí como una mutilación. Al compararte con tus amigos resultaba un estigma. Una rareza. Además se veía más chiquito. Pero es que es más higiénico, tiene muchas ventajas a la larga.

P. Dice que Freud no le convence, pero lo primero que hace en Viena al llegar es ir a ver su casa.

R. ¡Sí! Yo es que me psicoanalicé muchos años con una doctora argentina, como debe de ser. Es que el psicoanálisis ha sido una especie de religión en el siglo XX, casi como el catolicismo. Muchos creímos. Con sus sectas, además. Ahora vamos con la religión del ecologismo, el veganismo, el animalismo, que pueden llegar a ser movimientos muy fanáticos. Como si no pudiéramos vivir con gente que no nos prohíba.

P. De Centroeuropa saca usted también buena parte de sus referencias literarias.

R. Joseph Roth, aquí lo tengo, en la pared, Arthur Schnitzler, Stefan Zweig, el gran ensayo austrohúngaro produjo creaciones increíbles para la humanidad: en el arte, la literatura, la ciencia, la medicina…

P. Siempre con el debido respeto a los suyos. O prevención, como la que tiene usted con Gabriel García Márquez. Ser colombiano y de una generación literaria posterior a él, ¿hasta qué punto acompleja?

R. Tiene una fuerza tremenda, cada página posee la capacidad de encantarte, pero si tratas de imitarlo resultas ridículo. Como pasa también con Borges. García Márquez fue muy devastador para la generación directamente posterior y también después. Yo creo que lo pude leer tranquilamente. Para mí ya no era un padre, sí un abuelo, que podía ser implacable. Como conmigo, por una crítica que le hice.

P. Ya, pero después parece que se entendieron.

R. Sí, después me invitó a escribir en su revista. Sentía un gran respeto por su parte. Cuando yo iba a su casa, a México o Cartagena de Indias, me sentía intimidado, no era yo plenamente. Pero él se mostraba siempre muy cálido. Hasta cuando enfermó seguía diciendo cosas bonitas y originales. Como que llegaba alguien y le soltaba: “No sé quién eres, pero sé que te quiero mucho”. Esas cosas te dejaban jodido. Y como me contaron que reaccionó al entrar un día en su casa de Cartagena: “No me acordaba que esta casa era nuestra, pero luego sembramos árboles y nos quedamos”. Algo, alguien le dictaba cosas más allá de sí mismo. Eso es el genio, ese chorro de lenguaje o de invención propia le pertenecía a él y a muy pocos.

P. A quien no le han debido de sentar bien sus confesiones es a su paisano el escritor Fernando Vallejo.

R. Enloqueció y escribió cosas ridículas, delirantes. Él tiene grandes libros, con arranques de genialidad, a veces. Pero es lo que en Antioquia llamamos un genio de pueblo. Destroza todo lo que se le ponga por delante: a Darwin y a García Lorca. Todo le parece una mierda, la poesía es una ridiculez nemotécnica y sigue con esas estupideces: ¡Hasta para hablar de coronavirus!

P. También hurga usted en la rivalidad entre los antioqueños y los bogotanos.

R. Yo detesto todo ese provincianismo que nos enfrenta. Pero es que Bogotá es una capital muy absurda, ahí, a 2.600 metros de altura. Con una corte chiquita lejos de todo, fría y lluviosa, que llegó a ser virreinato ya en la agonía del imperio. No vivo allí porque tengo demasiados amigos y me distraigo, pero si yo quisiera ir a una corte me voy a Madrid, que es más sólida.

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