Nunca nos sentiremos tan cerca como ayer de tener a Nick Cave en el salón de casa. El trovador australiano, autor de algunas de las plegarias más conmovedoras pronunciadas por el ser humano durante los siete últimos lustros, se decidió hace unas semanas a combatir las miserias del coronavirus con un concierto en streaming, grabado en directo bajo estándares cinematográficos y en un escenario tan noble como el Alexandra Palace londinense. El resultado es Idiot Prayer, un recital solista al piano que podía verse anoche y solo anoche (a las nueve, hora peninsular española), en formato de experiencia exclusiva, única.

Tan instantánea e irrepetible como era, si alguno lo recuerda de antaño, asistir a un concierto. 86 minutos de Cave sin filtros, las 88 teclas blancas y negras frente a sus manos, 21 canciones carentes de presentaciones ni parlamentos, la pantalla como único elemento de separación entre él y nosotros. El ordenador, por una vez, como inequívoca fuente de placer.

Nick Cave es el diseccionador de nuestra propia alma, el notario de nuestras congojas. Un buscador de la belleza

Frente al feísmo involuntario que ha extendido (o viralizado) la pandemia, esa avalancha de directos en redes sociales que nacían de la generosidad más hermosa para terminar agudizando, a modo de espejo, la propia desolación de la tragedia, Cave ha sabido encontrar una fórmula satisfactoria de comunicación a través del plasma. Tres meses después de que sus visitas a Madrid y Barcelona (25 y 26 de abril) quedaran frustradas por este primer gran aviso previo del apocalipsis, el hombre de negro nos entrega un concierto grabado en riguroso directo, tan real como si pudiéramos escudriñar desde alguno de los rincones del Alexandra. Con entradas a 17 euros. Y una realización fascinante a cargo del irlandés Robbie Ryan, el director de fotografía de La Favorita.

Ryan le retrata –elegante, parsimonioso, rodeado de su sempiterno halo de misterio– mientras se aproxima al piano en mitad del inmenso y desolado salón desnudo. La voz en off corresponde al propio Cave mientras recita su Spinning Song (“La paz vendrá, y la paz vendrá, y la paz llegará a tiempo”). Esa misma solemne parsimonia será la que guíe los movimientos de la cámara, una orgía de planos cortos, medios y cenitales, retrato nitidísimo de un hombre que aúna –será cosa de los ojos verdes– emoción y enigma.

Se requiere una, digamos, cierta militancia en la causa de nuestro “Elvis de los infiernos” para adentrarse en el universo de Idiot Prayer, desprovisto del ropaje de sus Bad Seeds, reducido todo a una desnudez profunda y conmovedora, pero seguramente difícil para los no iniciados. Porque nuestro hombre de las antípodas no es un melodista acomodaticio, ni mucho menos un pianista amante del vértigo y la floritura digital. Es, más bien, el diseccionador de nuestra propia alma, el notario de nuestras congojas. Un buscador de la belleza que en no pocas ocasiones, hasta acariciarla, ha tenido antes que amoratarnos el corazón.

El cantante no llega, o no quiere llegar del todo, a las notas más agudas, que se resquebrajan en su garganta y terminan clavándosenos en la boca del estómago. Es fabuloso. Es estremecedor

Todo ello es más palpable en ese cuerpo a cuerpo entre oficiante y espectador que propicia este documento, bellísimo ya en su puesta en escena: la luz tamizada a través de los grandes ventanales, las amplias franjas de penumbra, la desnudez en los dedos de la diestra frente a la sucesión de anillos que adornan la mano izquierda. Los primeros planos de las cuartillas de Cave, ora en el atril, ora desparramadas por el piso. Sin duda, Nick sería el tipo de crooner que le encantaría dibujar a Caravaggio si el bueno del milanés hubiese acertado a nacer cuatro siglos más tarde.

Podemos precisar que no hay partituras: solo las letras con sus tabulaciones armónicas. No existen interferencias, más allá de que en algún plano general quiera el director regalarnos las siluetas de los camarógrafos situados cerca del instrumento. No se suceden grandes acontecimientos ni accidentes que reseñar, al margen de que algún cachivache cruje o se cae fuera de plano al principio de (Are You) The One That I’ve Been Waiting For y que Nick celebra el acorde final de esa interpretación con una pequeña risotada. Hay canciones y más canciones, de la primera a la vigésimo primera. Solo canciones. Nada menos que grandes canciones.

La selección del repertorio será objeto de disección entre la feligresía, sin duda. El gran vencedor de la velada es, de lejos, The Boatman’s Call (1997), aquel tratado sobre altibajos amorosos e incertidumbres existenciales, que aporta nada menos que seis páginas al listado definitivo; entre otros, el propio tema titular, muy poco divulgado. Into My Arms y, sobre todo, Far From Me son momentos decisivos en el recital. Pero la verdadera conmoción se registra, inevitablemente, cuando Nicholas Edward arriba en Waiting For You, ese espeluznante sollozo de Ghosteen (2019) en recuerdo del hijo trágicamente fallecido. El cantante no llega, o no quiere llegar del todo, a las notas más agudas, que se resquebrajan en su garganta y terminan clavándosenos en la boca del estómago. Es fabuloso. Es, además, estremecedor.

Es el único momento en que Cave –a ratos Scott Walker, por momentos David Bowie– opta por acordes secos y no arpegiados. El piano de este hombre también puede ser un animal malherido

Quizá para subrayar la tragedia, la pieza deja paso a The Mercy Seat y ese final de frase en que el intérprete se desangra musitando: “No tengo miedo a morir”. La posible inminencia de la muerte también aflora en Higgs Boson Blues, otro de los pasajes en que a nuestro cerebro se le pasa por alto la necesidad perentoria de respirar. Es el único momento en que Cave –a ratos Scott Walker, por momentos David Bowie– opta por acordes secos y no arpegiados. El piano de este hombre también puede ser un animal malherido.

El undécimo corte de la selección es, atención, una pieza inédita, Euthanasia, de la que nada sabíamos: ni siquiera si proviene de las grabaciones de Ghosteen, que bien podría ser, o si figurará en un próximo álbum oficial. Hay dos incursiones en el repertorio de Grinderman (Palaces of Montezuma y Man On The Moon), siempre algo más liviano que el de las Malas Semillas. Y, en fin, por no detenernos a cada caso, no podemos obviar ni la belleza manifiesta de Nobody’s Baby Now ni la afortunadísima recuperación de He Wants You, del disco Nocturama, una obra que no figuraba en sus apariciones públicas desde 2013. También hay en ella un atisbo de temblor, de voz frágil. De humanidad derrumbada. De Nick Cave.

Al final, tras Galleon Ship, segunda y última escala en Ghosteen, el australiano se levanta y cruza la sala, despacio y titubeante, hacia la puerta entreabierta y luminosa del fondo. Los tres minutos finales de créditos no aportan una sola nota adicional, ni siquiera la menor floritura tipográfica. No necesitamos en ese momento distracciones. Bastante tiene nuestro cerebro con procesar aquello que acaban de brindarnos nuestras retinas.

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