Aretha Franklin canta en 1967 en los estudios Fame, en Muscle Shoals, Alabama.
Aretha Franklin canta en 1967 en los estudios Fame, en Muscle Shoals, Alabama.MICHAEL OCHS (GETTY)
 

Aretha Franklin apenas hablaba de su primer embarazo a los 12 años. Tampoco del segundo, a los 14. Tuvo ambos hijos por decisión de su padre, el famoso predicador C. L. Franklin. Su madre había fallecido cuando ella cumplió 10 años, pero daba igual: era una madre ausente, que abandonó el hogar cuando Aretha solo tenía seis años porque el padre era un mujeriego declarado y un maltratador. Él decidía todo, incluso que su hija, una niña prodigio que dejaba a todos boquiabiertos en los cantos religiosos de la iglesia, fuese cantante profesional. Para cuando Aretha, todavía menor de edad, era una estrella del góspel a punto de firmar su primer contrato discográfico con una multinacional, seguía mandando su padre, el mismo tipo sobre el que planeaban rumores de incesto. Pero Aretha no hablaba de nada de eso. Solo cantaba.

Si la voz de Aretha Franklin siempre fue una especie de milagro, el silencio que acompañó a todos sus traumas, inseguridades y maltratos también tuvo algo fuera de lo normal. Solo que de una forma bien distinta. Más allá del mito, la reina del soul, que cantó en el funeral de Martin Luther King Jr y en la toma de posesión del presidente Barack Obama, fue una persona incapaz de afrontar el dolor, una palabra que se negaba a reconocer, aunque su vida, repleta de éxito y reconocimiento, estuviese casi marcada desde el principio por este sentimiento.

Aretha Franklin (en el centro) con su padre, el predicador C. L. Franklin, y su hermana Carolyn, en nueva York en 1971.
Aretha Franklin (en el centro) con su padre, el predicador C. L. Franklin, y su hermana Carolyn, en nueva York en 1971.ANTHONY BARBOZA / GETTY

“Para Aretha el dolor era la parte más privada de una persona. Prefería vivir en relatos de autoengaño frente a los demás que reconocer ese dolor. Muchas de sus historias sobre su vida eran pura fantasía”, reconoce en conversación telefónica desde Los Ángeles David Ritz, autor de la biografía no autorizada de la artista y traducida por primera vez al español bajo el título Aretha Franklin. Apología y martirologio de la reina del soul (Libros del Kultrum), un libro que explica todos los traumas que, en alguna medida, influyeron en Aretha Franklin, una diva que en la cúspide de su fama era muy competitiva –incluso con sus hermanas cantantes–, tenía aires de estrella caprichosa, cancelaba conciertos a última hora y, sobre todo, llegaba a inventarse las cosas o a edulcorar sus contrariedades emocionales hasta el paroxismo.

Ritz también estuvo detrás de Aretha: From These Roots, la autobiografía de la cantante publicada en 1999. Unas memorias tan controladas y manipuladas por el relato de la propia artista que llevaron al musicólogo, autor también de notabilísimas biografías sobre Ray Charles, Etta James, Marvin Gaye y Lenny Kravitz, a ofrecer una nueva visión más completa con esta biografía no autorizada. “Tenía una gran relación con ella hasta que publiqué este libro”, confiesa el escritor. El libro ofrece una panorámica más detallada de la vida de Franklin a través de las voces de familiares, músicos, productores y mánagers que compartieron tiempo y trabajo con ella. Un documento muy valioso que la cantante, fallecida en 2018, calificó en su día de “basurilla inmunda” y por el que rompió su relación con Ritz, quien conoció a la estrella del soul gracias a Ray Charles. “Quería enseñar otros puntos de vista e interpretaciones sobre cosas que ella negaba o no quería hablar. Aretha era una persona con mucha inteligencia, pero también muy controladora”, explica el biógrafo.

David Ritz, biógrafo de Aretha Franklin, en Los Ángeles.
David Ritz, biógrafo de Aretha Franklin, en Los Ángeles.GETTY

Muy celosa de todos sus problemas sentimentales y familiares, siempre callaba allí donde había sombras. Sus embarazos de adolescente llegaron en mitad de lo que los músicos Ray Charles y Billy Preston llamaban “el circo del sexo”, es decir, la escena góspel de los años cincuenta. Tal y como cuenta Erma, hermana mayor de la cantante, se rompieron “barreras propias de la infancia” en un circuito donde incluso estrellas con la imagen impoluta como Sam Cooke tenían relaciones con menores.

Si al padre de Aretha Franklin esto le molestaba, era más bien por perder el control sobre su hija. “Era el general que dirigía el operativo al completo”, confiesa Cecil, hermano de la cantante que acabaría siendo su mánager. El mismo general y predicador que pegaba sopapos a su hija cuando se enfrentaba a él por las decisiones sobre su carrera y quien decidió que fichase por Columbia Records, multinacional anclada en el jazz, en detrimento de Motown, mucho más moderna y que marcaría el pop de los sesenta con Diana Ross, Mary Wells, Marvin Gaye o Smokey Robinson. Una decisión que perjudicó sus comienzos, como afirma Ritz, quien asegura por teléfono que “Aretha también fue independiente en la toma de muchas decisiones”.

Desde  la izquierda, el productor Jerry Wexler, de Atlantic, Aretha Franklin y el marido y mánager de la cantante, Ted White, posan en una imagen de 1968 en Nueva York.
Desde la izquierda, el productor Jerry Wexler, de Atlantic, Aretha Franklin y el marido y mánager de la cantante, Ted White, posan en una imagen de 1968 en Nueva York.MICHAEL OCHS ARCHIVES / GETTY IMAGES

Sin embargo, en la lectura de su propio libro, se muestra que el patriarcado fue demoledor para la cantante y buscó salirse del control férreo de su progenitor casándose con Ted White, un proxeneta reconvertido por la música. Padre y marido se odiaban mientras buscaban ejercer lo mismo: el dominio sobre la estrella. “No se puede entender la cultura de Detroit de los sesenta sin entender la cultura de los proxenetas”, explica la cantante Bettye LaVette en el libro. “Los productores y los mánagers eran los nuevos chulos”. Aretha, educada en esa “cultura de hombres con poder”, fue de mal en peor. White, que se convirtió en su mánager, fue un maltratador sin complejos que llevó a su mujer al alcoholismo y, en busca de éxitos rápidos en Columbia, la empujó a grabar canciones poco recomendadas por el productor John Hammond y el resto de colaboradores musicales. Su triunfo tuvo que esperar a su llegada en 1967 a Atlantic, donde, amparada por la visión del productor Jerry Wexler, encontró todo su potencial y definió el soul. En 1969, se divorció de White.

Fue su paso para convertirse en estrella nacional, el gran icono de la música afroamericana, admirada por todos, leyenda en vida, pero con un carácter imprevisible, incapaz de reconocer sus malas decisiones artísticas y sus problemas familiares. Incapaz también de hablar de su dolor. Un dolor que bien podría explicar su alcoholismo, sus depresiones periódicas, su gran ansiedad con la comida y su volatibilidad emocional. E incluso su canto, el de esa chica que en sus comienzos era “muy tímida e insegura”, como afirmaban los más allegados, y que, siendo menor de edad, ya era huérfana de madre, madre de dos hijos sin padre reconocido y una estrella musical sobre la que todos querían mandar.

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