¿Regresarán a clases las niñas y niños indígenas sin televisión y sin acceso a internet?

María, una mujer indígena de 30 años de la etnia tének, explica que no tiene agua entubada en su casa del ejido Francisco Villa en San Luis Potosí, ni drenaje, ni servicio de gas en su cocina de leña. Tampoco tiene electricidad, ni refrigerador, ni televisión, y el servicio de internet es aun cosa del futuro en su rancho, donde la mayoría de las viviendas son construcciones de madera y techo de palma.

“Acá funcionamos con la luz del sol”, dice con una sonrisa tímida apuntando al cielo raso de la sierra potosina.

María, que tiene dos hijos, un niño de 13 años y una niña de cuatro, vive en un rancho remoto y pobre, en un municipio remoto y pobre: se trata del ejido Francisco Villa, un poblado de 400 habitantes ubicado en San Vicente Tancuayalab, municipio de San Luis Potosí próximo a la ‘frontera’ norte de Veracruz y al sur de Tamaulipas, donde 8 de cada 10 personas son pobres, o muy pobres, según datos del Coneval.

Pero María ni siquiera vive en el ejido donde, a pesar de la carencia de servicios básicos, al caer la tarde se aprecia alguna casa con luz eléctrica. Ella vive más lejos, en mitad del campo, a una hora caminando por una carretera larga y estrecha, por la que apenas pasa algún camión de carga.

Ese es, precisamente, el camino que hace a diario a pie con sus dos hijos para llegar hasta la escuela del ejido, un inmueble en estado ruinoso, con aulas con el techo al borde del colapso, y sin sanitarios ni agua entubada.

“La escuela está muy muy deteriorada. Es un riesgo muy grande para nuestros niños”, lamenta María, que junto a otro grupo de madres del ejido recurrió a una asociación civil de abogados, Renace San Luis, que de manera altruista las apoyó con un amparo que el pasado 7 de agosto dio los primeros resultados: un juez concedió una suspensión para que autoridades federales y estatales la reconstruyan en los próximos meses.

Pero eso será más adelante, cuando vuelvan las clases presenciales. Porque ahora, desde que la pandemia de COVID-19 llegó a México en febrero pasado, no hay escuela, y los morrales de los niños permanecen arrumbados en casa, junto con los libros y los lápices. Y a pesar del anuncio que hizo la Secretaría de Educación Pública (SEP) de que los cursos se reanudarán a través de la televisión, internet y la radio este lunes 24 de agosto, María no sabe cómo reintegrará a sus hijos a la educación.

“Acá, el problema es que muchas familias no tienen televisión para que los niños sigan las clases a diario. Y las que tienen, muy pocas pueden pagar el servicio de cable, y menos el internet”, explica ahora Jazmín Flores, también indígena tének de 30 años, y madre de tres menores.

 

Esta situación, de hecho, ya ha generado conflictos en la comunidad durante la aplicación de la primera fase del programa ‘Aprende en casa’ de la SEP, en la que las clases se transmitieron por televisión por cable, a pesar de que solo el 46% de los hogares en México tienen acceso a este servicio de pago, según datos del INEGI.

Jazmín explica que la idea del programa era buena, pero solo la parte de la teoría; porque la práctica terminó provocando una suerte de discriminación, o una educación a dos velocidades, entre las familias que sí tenían los recursos para pagar el servicio de cable, las que no tienen el dinero para hacerlo, y las que no tienen acceso a una televisión. De acuerdo con INEGI, el 10% de la población en México no cuenta con una Televisión

“Hubo mamás con algo más de dinero que pudieron poner a los niños frente a la televisión. Pero fueron contadas”, dice Jazmín, quien es una de las madres que puedo seguir las clases por televisión.

“Es decir, algunas pudieron hacer ese esfuerzo, pero muchas otras no. Entonces, los maestros de la escuela del ejido no pudieron evaluar a los niños de la misma manera, y eso generó un conflicto entre las familias”.

“No sé leer ni escribir, no puedo ayudar a mi hijo”

Para evitar situaciones como esta, la SEP anunció el 3 de agosto que para el regreso virtual a las aulas firmó un convenio -por 450 millones de pesos- con cuatro televisoras privadas -Televisa, TV Azteca, Imagen TV y Multimedios- que transmitirán en abierto y de manera gratuita contenidos educativos a 30 millones de estudiantes de 16 grados escolares.

Los contenidos también se transmitirán por radio, que tiene un mayor acceso que la televisión y el internet en las zonas más remotas y marginadas del país, y se repartirán libros de texto gratuitos y cuadernillos de trabajo para quienes no puedan seguir las clases por ningún medio.

“No es un curso de emergencia o transitorio”, señaló el secretario de Educación, Moctezuma Barragán. “Es iniciar las clases de conformidad con el plan educativo, puesto que se van a tener los libros y todos los instrumentos necesarios”, recalcó.

El maestro indígena Roberto Cruz tiene 64 años y décadas de experiencia dando clases bilingües a niños mazahuas en el municipio de San Felipe del Progreso, en la zona serrana del Estado de México.

Las comunidades donde viven sus alumnos, niños de entre siete y ocho años, están en las inmediaciones del Cerro de la Luna, a más de 3 mil metros de altura, donde la comunicación telefónica es intermitente -depende de la nubosidad, las lluvias, y los caprichos del clima- y el servicio de internet es una utopía. Así que la decisión de ampliar las clases a televisión abierta y radio, le parece una medida acertada.

Sin embargo, también considera que el plan de la SEP contrastará irremediablemente con la realidad que va a enfrentar como docente a partir de este lunes 24 de agosto.

“A los niños, la televisión solo les interesa para ver caricaturas -ríe el maestro-. Es decir, los chavos no están habituados a aprender a través de la televisión, ni de la radio. Y a eso súmale que muchos tampoco tienen una televisión, o que no tienen a un adulto que los esté supervisando”.

Sobre este punto, el maestro explica que en las comunidades de San Felipe del Progreso la mayoría de las familias trabajan en el campo y en el comercio ambulante, y tanto el padre como la madre tienen que salir a trabajar para conseguir el sustento del día en un municipio que ocupa el quinto lugar del Estado de México con mayor porcentaje de población en pobreza extrema (el 43%).

Como resultado, muchos menores se quedan solos en casa. Y, en el caso de que el padre o la madre pueda estar con el niño para ver las clases por televisión, muchos tampoco pueden ayudar al menor porque en algunas localidades del municipio, como Calvario del Carmen, por ejemplo, el 91% de la población mayor de 15 años no tiene completa ni la educación básica, mientras que el 26% no sabe leer ni escribir, es analfabeta.

“Muchos padres me dicen: sí lo puse a estudiar, profe, pero no sé leer ni escribir, no entiendo las tareas, no puedo ayudarlo”, explica Roberto Cruz.

De vuelta al ejido Francisco Villa, en San Luis Potosí, Jazmín Flores corrobora lo dicho por el maestro mazahua: “Acá, por ejemplo, hay mamás de etnia tének que no saben hablar bien el español, que se les dificulta mucho traducir cosas. Y muchas otras, que no tuvieron la oportunidad de estudiar, o que tienen que trabajar porque son el único sustento de la casa, no pueden estar con el niño en casa, ni saben explicarle cuestiones de matemáticas o gramática”.

Además, añade Jazmín, siempre está el tema económico. La falta de dinero. Hay madres que no pueden ni pagar las copias de los cuadernillos para que el niño, ante la falta de televisión, siga las clases. Por lo que teme que la deserción escolar en este próximo curso sea muy elevada en el ejido.

Ante este panorama, el maestro Roberto Cruz considera que el papel del docente va a ser más importante que nunca para tratar de evitar esa posible deserción y para supervisar el aprendizaje de los niños.

“La pandemia es la que es y ya no podemos cambiar eso. Será muy difícil educar a los chavos así, a distancia, pero es la alternativa que ahora tenemos. No es perfecta, desde luego. Pero los maestros tenemos que poner todo de nuestra parte, porque de otra forma será muy complicado que los niños no se queden atrasados”, apunta el docente mazahua.

Que no sea un año perdido

La maestra Evelyn, que pide omitir su verdadero nombre para evitar represalias laborales, tiene 29 años y da clases de preescolar en una comunidad en la región Veracruz-Boca del Río, donde según datos del Coneval también 7 de cada 10 habitantes son pobres o muy pobres.

Aunque coincide en la importancia del rol que jugarán los docentes en este regreso a distancia a las aulas, Evelyn critica que se está cargando en exceso la mano a los maestros.

“Las autoridades educativas nos están dejando toda la responsabilidad de garantizar que los niños reciban los conocimientos”, plantea.

“Nos advierten que la educación es un derecho de los menores y que no se puede cancelar porque no tengan una televisión o internet en casa. Y estoy de acuerdo, pero el punto es que las condiciones no son las adecuadas”.

En el estado vecino de Oaxaca, muchos maestros opinan como Evelyn.

El pasado 4 de agosto, un día después de que la SEP anunciara su plan de vuelta a clases, docentes de la Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y del Sindicato de Trabajadores de la Educación (SNTE) rechazaron públicamente esta estrategia a partir de dos argumentos: el primero, el sistema a distancia aumenta más la brecha de desigualdad, al no aplicarse en igualdad de condiciones en todas las comunidades. Y el segundo, que el sistema ignora la realidad de muchos pueblos indígenas que no tienen acceso a múltiples servicios básicos.

“Solo una minoría de estudiantes tuvieron y tienen las condiciones para seguir este tipo de educación. Esto significa que es una educación excluyente, discriminatoria, superficial y antipedagógica”, señalaron los maestros oaxaqueños, que advirtieron que no reanudarán clases hasta que puedan ser presenciales.

En Veracruz, en la comunidad donde Evelyn da clases, la mayoría de las familias están en esa situación de desigualdad. Por ejemplo, si bien muchos tienen acceso a un teléfono, la mayoría no dispone del dinero suficiente para estarlo recargando a diario.

“En el caso de preescolar, la educación es mucho más interactiva. Es decir, no es darle un papel al niño y luego ver cómo hizo la actividad. No, se trata de jugar con él, observar su comportamiento, desarrollar su creatividad con actividades lúdicas, etcétera. Y eso nos complica mucho porque en estas comunidades nadie puede pagar videollamadas constantemente”.

Otro reto es el seguimiento del alumno. Es decir, cómo va a comprobar que los niños están siguiendo los cursos por televisión o radio, y que, en efecto, están aprendiendo y evolucionando.

“El seguimiento será por llamada telefónica. ¿Pero, y si el niño es tímido, o le cuesta hablar y explicarse? ¿Cómo lo evalúas?”, cuestiona Evelyn, que en este curso tendrá un nuevo grupo de 22 alumnos, a los que dará un seguimiento prácticamente personalizado, uno por uno, y pagando ella de su bolsa la factura telefónica.

En cuanto a las familias más pobres, que no tienen acceso a televisión, internet, ni a un celular, la preocupación de la maestra es cómo hará el contacto con el menor sin poder trasladarse a la comunidad por la pandemia. Y la respuesta, o la alternativa que está valorando, es francamente rudimentaria: llamar al vecino.

“¿Te imaginas el desmadre? Voy a tener que buscar al vecino, que éste quiera hacer el favor de todos los días buscar al niño, y que el niño vaya a su casa para hablar conmigo. Y esto contando con que las familias accedan, porque con la sana distancia el contacto debe ser mínimo”, plantea.

“El reto que nos marcamos como docentes -añade Evelyn- es que este no sea un año perdido, que los niños al menos aprendan algo, que avancen. Pero siendo honestos, las condiciones para lograr esto no están dadas, especialmente para muchas familias pobres del país”.

Jazmín Flores, por su parte, subraya que los padres y madres, y la sociedad en general, también tendrán que poner todo de su parte para que el programa de la SEP tenga éxito por el bien de los niños.

En especial, destaca la importancia de los padres y madres para evitar la deserción escolar temprana, en un país como México donde mucho antes de la pandemia ya existía un problema importante: de acuerdo con datos de la SEP, en el ciclo escolar 2018-2019 la tasa de abandono, a nivel nacional, fue hasta del 13% en educación media.

“Hay una pandemia y no podemos arriesgar a nuestros hijos. Así que, dentro de lo malo, este sistema a distancia es lo único que tenemos para que los niños continúen estudiando, y hay que aprovecharlo”, finaliza la mujer indígena.

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