Escuelas rurales como un espacio social y cultural

Julio Ibarra es maestro rural hace casi 35 años. Durante 20 años trabajo en escuelas rurales de Lavalleja, como la N° 38 de Puntas del Soldado; y la N° 48 de Casupá, allí conoció a quien hoy es su esposa, también maestra rural, y vivió junto a su familia. Ibarra hoy se desempeña como coordinador de apoyo a escuelas rurales de Lavalleja y está en contacto directo con todos los maestros rurales del departamento. Las anécdotas de sus tiempos en campaña siguen tan vigentes como la pasión por la enseñanza. En este informe contamos su historia profesional y analizamos el rol de la escuela rural en la actualidad.

Julio Ibarra en la primera escuela rural en la que trabajó, hoy cerrada.

 

Manuela García Pintos

“Cuando pusieron el primer teléfono en la escuela rural donde trabajaba, era una tarde y estábamos trabajando bajo el silencio propio del campo que únicamente es interrumpido por el canto de los pájaros. Por primera vez sonó el teléfono, y un niño que no sabía de la nueva adquisición me miró y me dijo: ‘escuche maestro, parece un teléfono’”, recordó Julio Ibarra, un maestro rural de 35 años de trayectoria.

La escuela rural no es solamente un lugar donde se aprende a leer y a escribir, sino que en campaña las escuelas funcionan como un centro social y cultural, donde los vecinos se reúnen con mucha naturalidad.

Por regla general, los ex alumnos guardan un profundo cariño por la escuela que los formó, pero ese vínculo es aún mayor si ese centro educativo fue una escuela rural. Eso es lo que expresan los expertos en el tema.

Ibarra se recibió en 1985. Estudió magisterio porque fue la opción cercana a sus posibilidades económicas. Su pasantía de final de grado la realizó en una escuela rural, la N° 57 de Barriga Negra, y se enamoró de la vida que allí funcionaba rural, a pesar siempre mantuvo un vínculo cercano con el campo.

“Me mostró un mundo que yo no conocía y era el de la escuela rural”, expresó en diálogo con Rurales El País.

Futuro desalentador. Aunque se han encendido algunas luces, el futuro de las escuelas rurales no parece -lamentablemente- demasiado alentador.

Uruguay lleva medio siglo de cierre de centros educativos en las zonas más despobladas del país.

La migración del campo a la ciudad, ya sea por motivos económicos o sociales, puede hacer que la cifra de centros educativos rurales continúe a la baja: dos de cada diez escuelas rurales tienen cinco o menos alumnos, y hay 20 que tienen un solo estudiante, de acuerdo a un informe realizado por El País en 2018.

“La baja escala estudiantil va más allá de lo que una escuela pueda hacer, es una cuestión social. Hay que pensar que hacer para que la ruralidad se vuelva a poblar”, expresó Ibarra.

Este fenómeno no es nuevo, pero duele igual que siempre, al menos para quienes tuvimos una escuela rural cercana en nuestra infancia. Hace un siglo que la matrícula estudiantil de las zonas rurales viene a la baja, pero en los últimos 50 años se cerraron escuelas porque, directamente, se iban quedando sin alumnos.

“Hoy si se cierra una escuela es porque no hay nada más que hacer. Hubo una época en la que con dos o tres niños la escuela se cerraba. Pero desde hace unos cuantos años las escuelas no se cierran así nomás. De hecho hay casos donde han reabierto con un solo niño”, expresó Ibarra, quien hoy se desempeña como coordinador de apoyo a escuelas rurales de Lavalleja.

A diferencia de otros países, en Uruguay no hay un límite de niños para que una escuela abra o cierre; es decir, si hay niños, hay escuelas. También son comunes los casos en los que por pedido de los padres o por sugerencia de la Inspección, se acuerda para transportar al alumno a otra escuela cercana.

Ibarra coincidió en que la escuela rural genera un profundo sentimiento de pertenencia. Y a modo de ejemplo, recordó la emoción que le generó a Antonio Larrosa, el guasquillero que ganó el primer premio en el Concurso de Guasqueros de la Expo Prado 2020, cuando su maestra lo llamó para felicitarlo.

“Antonio es hijo de una maestra rural que trabajó en la escuela N° 49 de Poblado Larrosa, una escuela que hoy funciona con una sola niña. Cuando me enteré me contacté con quien fue su maestra y ella se encargó de llamarlo. Hay un recuerdo imborrable y lo emocionó muchísimo que su maestra lo llamara”, contó.

Julio Ibarra, maestro rural

 

Polo social. Las escuelas rurales son sedes de reuniones de vecinos, de productores, de charlas. La escuela rural es un centro de referencia y aglutina cualquier movida social; la escuelita rural fue, es y seguirá siendo el polo social de la campaña de integración de los niños, la familia y los vecinos. Desde su raíz la escuela rural es un fuerte espacio comunitario, y esto continúa en vigencia hasta hoy.

Los centros MEVIR le han dado una gran mano a las escuelas rurales, y ejemplo de ello es la escuela N° 48 de Casupá, donde Ibarra trabajo durante muchos años, que hoy continúa abierta gracias a que seis de los siete niños que estudian allí viven en un complejo MEVIR.

“Sin MEVIR esa escuela hoy se debatiría entre la vida y la muerte”, dijo.

Hoy gracias a la conexión a Internet y el Plan Ceibal, las escuelas rurales cuentan con las mismas prestaciones que las urbanas “y eso equiparó en forma muy potente a la escuela rural”.

Antes, y muchos lectores lo recordarán, se trabajaba sin luz; la iluminación era con un farol a gas, a vela o con un mechero de kerosen y se hacía la comida en los famosos primos.

En aquel momento, habían escuelas con 50 o 60 niños, y los caballos se amontonaban en la portera.

Las escuelas rurales tienen hoy, en promedio, 13 alumnos en los seis años escolares. La escasa cantidad de matriculados hace que los maestros conozcan mejor a sus estudiantes, que el trato sea más personalizado y que los niños compartan un mismo salón de clase.

Además, suelen trabajar en proyectos educativos; una práctica que se está replicando en la mayoría de escuelas del país. Según las estadísticas de Primaria, las escuelas rurales suelen obtener resultados más alentadores que otros tipos de centros educativos. La repetición es de 3,3% entre primero y sexto, cuando a nivel nacional el porcentaje sube a 4,5%. Y el abandono es la mitad que en las escuelas comunes.

Sin dudas que la escuela rural ha cambiado mucho. El campo era distinto, no existían los medios de comunicación, los de transporte era muy escasos.

“Cuando empecé a viajar, en una motito que me prestaba mi padre de Minas a Puntas del Soldado -un lugar entre las sierras y bastante adverso- lo hacía los lunes de mañana y volvía, si las condiciones climáticas lo permitían, los viernes o los sábados. Mi madre siempre decía: ‘Yo me quedo tranquila que mi hijo llegó bien a la escuela el lunes, el viernes cuando vuelve’, eso habla de la desconexión que teníamos del mundo”, recordó.

Antes del teléfono la comunicación entre los maestros rurales de la zona era a través de las famosas “esquelitas” que eran enviadas -en este caso- mediante un ómnibus que pasaba diariamente y conectaba a ambas escuelas. Ese trabajo lo hacían sin cobrar ningún tipo de comisión. Los maestros enviaban de un lado para otro, notas, trabajos, cassettes. Eso sucedió hasta que llegó el teléfono de línea y la información podía llegar, prácticamente, al instante. “Por costumbre yo seguí mandando mis esquelitas, y al otro día sonó el teléfono y me dice la otra maestra: ‘Julio, ¿por qué no usas el teléfono?”.

Ibarra trabajó durante 20 años en escuelas rurales, y la primera fue en Puntas del Soldado, en la N° 38 (la de la foto), una escuela que, como tantas otras, ya no existe. Allí trabajó junto a seis niños.

Luego, y durante 14 años, fue a la N° 48 de Casupá. En ese tiempo conoció a quien hoy es su esposa, también maestra rural. Ese centro supo tener hasta 28 niños, pero hoy son solamente ocho.

“En todas pasó lo mismo. El fenómeno de despoblación rural no solo afecta al país, sino que también a la región y al mundo. La migración del campo a la ciudad es un fenómeno de larga data. Si bien es cierto que desde hace un tiempo hay alguna luz de esperanza, al menos en esta zona, en Lavalleja, que no se corresponde de manera idéntica a lo que sucede en Colonia o en San José donde hay otro tipo de ruralidad”, expresó.

Según describió, la realidad de Lavalleja “es bastante adversa” por su estructura geográfica, económica y productiva, por los rubros agropecuarios que explota el departamento, que ha hecho que muchas familias no estén radicadas en el campo como hace 20, 30 o 40 años atrás.

Así luce hoy la primera escuela rural donde Ibarra trabajó.

La pandemia obligó a volver a lo de antes. Tras conocerse el primer caso de covid-19 en Uruguay, se generó un grave problema en las escuelas rurales, porque la gran mayoría de los niños no cuentan con acceso a Internet. Así, las maestras enviaron las tareas por Whatsapp o por mensajes de texto, y hasta hubo casos en donde les dejaban en las porteras una bolsa con tareas.

“Pensamos en cómo trabajábamos cuando no teníamos Internet y volvimos a la radio. Creamos el programa, “La radio y la escuela: un libro nos une”; hicimos un contenido concreto para niños y maestras que se dicta durante 10 minutos, tres veces a la semana. Lo arrancamos a los nueve días de declarada la pandemia, y ya va por el N° 79”, contó.

 

Anécdotas por montones. “Un día llegó un niño a caballo con una tarjetita y un globo. Venía de las costas del arroyo Casupá. Me mostró la tarjeta y me dijo: ‘encontré esto maestro’. Leí la tarjeta y decía: ‘Fiesta patronal…’ de un parroquia en una provincia argentina que parece que había hecho una suelta de globos. Ese globo cayó en un monte que los niños atravesaban para llegar a la escuela. Como la tarjeta tenía una dirección, les escribimos una carta, y al tiempo ellos contestaron con mucha emoción diciéndonos que ese había sido el globo que más lejos había llegado, o al menos el único que fue reportado. Eso nos sirvió para hacer todo un trabajo sobre esa provincia argentina”, recordó.

Un proyecto que busca reivindicar el rol de la escuela rural

“Todo por mi escuela”, así se llama el proyecto que Eduardo Lena viene trabajando desde hace unos cuatro años que busca fortalecer el rol de la escuela rural a través de sus agrupamientos y de una comunidad educativa rediseñada.

Lena es ingeniero agrónomo, y dedicó gran parte de su vida al trabajo de extensión hasta que ingresó en la Facultad de Agronomía, donde pudo conjugar ambas pasiones: la educación con la ruralidad.

Desde 2017 trabaja en proyectos de escuelas rurales de Cerro Largo y Tacuarembó.

En 2018 presentó un proyecto en Treinta y Tres y empezó a trabajar con este agrupamiento. Actualmente sus ideas se están difundiendo, con un gran avance en Artigas donde se trabaja con todo el equipo inspectivo.

“Esto me llena de responsabilidad, me agrada porque empieza a caminar pero me compromete mucho porque hay que actuar con mucha responsabilidad. Primero, porque trabajamos con Educación Pública y con Primaria y porque ya estamos con un componente muy delicado que hay que atender son los niños del campo”, expresó.

Desde su punto de vista, el deterioro de la escuela rural ha sido importante y es progresivo. En los últimos 10 años han cerrado cerca de 200 escuelas y han sido 100 en los últimos cinco años.

“Todo por mi escuela” es el reflejo del sentimiento que tiene cada cual con su escuela, dijo, y aseguró que “pretende ser una herramienta reivindicadora, dinamizadora de las cuestiones rurales en general, más allá de lo productivo”.

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