En la adolescencia Kelly rechazaba su cuerpo por las críticas de su familia.

A Cecilia, personas que ni siquiera la conocían le hacían comentarios sobre su peso, incluso, en la calle, conductores llegaron a bajar la ventanilla para insultarla.

Alejandra empezó sus estudios de posgrado para discutir su propia corporalidad, que en ese entonces no aceptaba.

Hoy las tres mujeres se asumen como gordas, reivindican el término y son pioneras en la lucha contra la gordofobia en América Latina. Es decir, la repulsión hacia las personas sólo porque su peso no está dentro de los estándares que dicta la sociedad.

Es parte de nuestra campaña visibilizar que hay quienes tienen un problema con la palabra ‘gorda’, que históricamente ha sido utilizada de manera despectiva

- Kelly Ramírez/ Psicóloga “Fat activist”

El movimiento que toma al cuerpo como bandera empezó en la década de los sesenta en Estados Unidos y fue nombrado como “Fat activism”.

En el mes de julio de este año cumple una década en Argentina, pues en 2010 la pedagoga Cecilia Weller fundó la página de Facebook Orgullo Gordo.

“Lo que hicimos fue empezar a ponerle nombre y apellido a las violencias que pasamos. Al principio, durante mucho tiempo, nos descreían. Pero el sitio empezó a crecer, se fueron sumando más personas. Por eso fue muy importante tener reuniones presenciales y tejer redes para que esto no se cayera a mitad del camino, empezamos a hacer intervenciones artísticas”, cuenta a este medio la también docente.

En noviembre de 2019 México participó en el encuentro internacional organizado por la colectiva Gordas sin chaqueta, de Colombia.

“Ahí nos pudimos dar cuenta que la militancia la hemos hecho en el arte, un poco en la parte teórica porque nos está faltando tomar las calles e incidir en las políticas públicas”, menciona en entrevista la comunicóloga Alejandra Oyosa.

Como licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y maestra en Estudios de la Mujer por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), empezó el sustento académico del movimiento social, retomando a las teóricas de Estados Unidos y, sobre todo, a las activistas latinoamericanas.

Para ella la gordofobia se ejerce desde la discriminación a partir de tres ejes: la salud, la belleza y la moral.

En el país, 51.3 por ciento de las mujeres y 56.5 por ciento de los hombres declararon haber sido discriminados por su apariencia, que incluye el tono de piel, peso o estatura, forma de vestir o arreglo personal, según la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis) más reciente.

51.3% de las mujeres y 56.5% de los hombres en México aseguran haber sido discriminados por su apariencia: tono de piel, peso o estatura, forma de vestir o arreglo personal

El movimiento que toma al cuerpo como bandera empezó en la década de los sesenta en EU y fue nombrado como “Fat activism” 

“Desde el activismo no nos estamos preguntando por qué llegaste a ser así. Simplemente eres una corporalidad gorda y mereces respeto y todos los derechos humanos”, señala Oyosa.

Aunque a México le falta un largo camino por recorrer en esta materia a diferencia de otros países del continente, Cecilia Weller reconoce que el tema comience a tratarse.

“El poder sentarte con un amigo al que le pasan estas cuestiones para hablarlo hace la diferencia, no existen granitos de arena que sean insignificantes. Nunca hay que minimizar los esfuerzos de la resistencia gorda”, añade.

Cecilia dice que hay que resistir ante las exigencias sociales como ponerse a dieta o hacer ejercicio. El movimiento existe gracias a la autonomía corporal, que rechaza ciertos mandatos como las medidas perfectas 90-60-90 o el peso ideal. Es una posición política que busca la recuperación positiva de los cuerpos gordos o “fat body positive”.

“El cuerpo es de uno, ni siquiera le pertenece al médico, y lo mismo pasa con la sexualidad. Son cuestiones muy íntimas y personales”, explica Weller.

La lucha que comenzó a nivel individual se volvió colectiva y ahora busca espacios para tener impacto.

“En México el activismo lo hemos hecho mucho en soledad. No hemos podido conformar una colectividad como sucede en Argentina y, por lo tanto, no hemos podido trabajar directamente con la comunidad”, reconoce Oyosa.

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