Eliminar la “peligrosa y dominante idea del multiculturalismo” y “suspender el derecho al asilo para los musulmanes”. Con estas propuestas, el partido Alternativa por Alemania (AfD) superó en septiembre a la formación de la canciller Angela Merkel como ganador en las elecciones regionales de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Ante el crecimiento del racismo, la Oficina Federal de lo Criminal ya ha advertido que teme una ola de violencia durante 2017, cuando Alemania elige nuevo canciller.

Fue la nochevieja de 2016 la que aceleró esta dinámica. Hasta los últimos segundos de 2015, la mayoría de alemanes miraba con buenos ojos a los recién llegados sirios. Un millón de ellos había llegado en pocos meses como víctimas de la guerra, pero también con el tácito compromiso de servir de reemplazo en una sociedad en crisis demográfica.

 

Y de repente, en las primeras horas de 2016, la noticia de que decenas de mujeres habían sido agredidas sexualmente en Colonia por extranjeros despertó el miedo al extraño que estaba latente. Pronto se demostró que sólo tres de los 58 asaltantes eran refugiados, pero el daño estaba hecho. Piscinas públicas como la de Bornheim prohibieron entrar a extranjeros, se multiplicaron los ataques a centros de asilo y las manifestaciones xenófobas que ya se celebraban los lunes en Dresden se extendieron a todo el país.

Con cada atentado yihadista el rechazo ha crecido en toda Europa. El miedo a los sirios y afganos ha intensificado el disgusto que muchos europeos ya sentían ante los turcos, magrebíes o latinoamericanos que desde hace décadas residen en el continente, como los que fueron agredidos en Niza tras la masacre de este verano, cometida por un tunecino. No importan los millones de historias exitosas de integración. Tampoco que Londres acabe de elegir alcalde a Sadiq Khan, un musulmán de padres paquistaníes, o que Francia haya tenido varios ministros de ascendencia marroquí.

El Ministerio del Interior alemán asegura que los ataques a centros de asilo se han disparado desde los 63 de 2013 a mil 31 en 2015. El año pasado hubo 126 intentos de quemar estas residencias, amplía la ONG Pro Asyl. En cualquier momento se puede repetir el drama de Lübeck, donde en 1996 murieron 10 personas en un centro incendiado.

Según el gobierno, mil 400 inmigrantes fueron agredidos el año pasado por racismo, 42% más que en 2014. “Nunca en la historia de la República Federal de Alemania hubo tantas agresiones racistas”, asegura Selmin Caliskan, responsable regional de Amnistía Internacional (AI).

Alergia a otras culturas

La alergia racista en el país que absorbió 80% de la ola de refugiados es consecuencia del miedo a otras culturas, pero también pesa el dinero. Los presupuestos han revelado que la crisis migratoria le costará a las arcas públicas 19 mil millones de euros en 2017. Por eso la mayoría de ataques son en las regiones del este, las más pobres. Los servicios públicos están soportando una fuerte presión en un tiempo muy corto. Unos 60 mil menores han llegado sin familia. Se estima que el sistema educativo absorbió en 2015 a 250 mil extranjeros que no conocen el idioma y necesitan apoyos.

La emergencia humanitaria está empujando a toda Europa a un gasto extra en un momento de estrecheces, y eso ha alimentado respuestas xenófobas en ciudadanos que antes no lo eran, pero que se sienten perjudicados. Muchos desempleados no comprenden que Bruselas abone a Turquía 6 mil millones de euros para atención a refugiados hasta 2019.

A eso se le añade el rechazo visceral de países muy homogéneos y que no están acostumbrados a las minorías, sobre todo en el este del continente. Es el caso de Polonia, donde 88% son católicos y la llegada de musulmanes es considerada una afrenta por su gobierno. Hungría celebró un referéndum el 2 de octubre en el que los ciudadanos se manifestaron contra las cuotas de reubicación de refugiados acordadas por la Unión Europea.

La Agencia de Derechos Fundamentales de la UE alertó en septiembre del aumento del fenómeno en todo el continente: pintadas nazis en Austria, amenazas en las redes sociales en Bulgaria... El gobierno liberal danés llevará estos días al Parlamento un plan para desincentivar que se sumen demandantes de asilo a los 27 mil que llegaron en año y medio al país. Incluye prisión incondicional durante dos semanas, uso de la fuerza y presencia policial opresiva en las zonas donde residen aquellos cuyas solicitudes de asilo se rechazaron.

Las encuestas indican que los españoles son de los europeos más abiertos a recibir refugiados (no así su gobierno, que ha acogido sólo 673 de los 16 mil a los que se comprometió). Pero eso no quiere decir que el rechazo al otro no exista. Lo explica Paula Guerra, voluntaria de SOS Racismo en Madrid que ha coordinado caravanas a Grecia en apoyo a los refugiados.

Paula vive en Lavapiés, un barrio bohemio y multicultural de Madrid con 27% de población extranjera. Allí empezó a preocuparse por la xenofobia antes de la crisis siria. “Me impresionaba la cantidad de identificaciones policiales por motivos de raza que veía en el barrio”, explica. “La policía española para a mucha gente, normalmente hombres de raza negra o latinoamericanos, y les pide la identificación sin que hayan hecho nada. Me pareció intolerable”, dice.

A partir de su trabajo, Paula distingue dos tipos de racismo en el país. “Está el institucional, que se materializa en la negativa del gobierno a acoger a un contingente significativo de refugiados a pesar de la buena disposición de la población. Y luego está el racismo de determinados sectores de la opinión, que ha crecido. Las víctimas son sobre todo los musulmanes. Para determinadas personas ya no es un tabú lanzar mensajes contra ellos. Antes no se atrevían, pero se fomentó un clima en el que, por ejemplo en las redes sociales, tras cada atentado se criminaliza a todos los musulmanes, como si ellos fueran culpables o no sufrieran el terrorismo incluso mucho más que el resto de la población”.

Read 291 times Last modified on Sunday, 09 October 2016 10:00
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