La versión del cuadro de 'Las meninas' de la serie 'Las almas del pueblo negro' del artista marfileño Roméo Mivekannin.

La versión del cuadro de 'Las meninas' de la serie 'Las almas del pueblo negro' del artista marfileño Roméo Mivekannin. Cedida por Galerie Cécile Fakhoury/El País

 

Que los cuerpos negros sean sujetos en lugar de objetos de la pintura occidental es la reivindicación que el artista plástico Roméo Mivekannin (Benin, 1984) plasma en su serie Las almas del pueblo negro, que se exhibe, hasta el 28 de noviembre, en la sede de Abiyán (Costa de Marfil) de la galería Cécile Fakhoury.

El título de la muestra se inspira en el libro que el sociólogo y activista afroamericano W.E.B. Du Bois escribió en 1903 y que fue una piedra basal sobre la que se asentó parte del pensamiento sobre la negritud en el siglo XX. De ahí la evocación del artista beninés, que indaga en la mirada masculinizada y eurocéntrica que refleja la representación de las personas negras que aparecen en cuadros como la Venta del esclavo de Jean-Léon Gérôme (1873), Olympia de Gustave Manet (1863) o los retratos de las monarquías coloniales de finales del siglo XIX, entre otros. Figuras erotizadas o anónimas forman parte del paisaje de óleos y fotografías, sobre las que Mivekannin ha intervenido (en acrílico sobre lienzos tintados), incrustando su propio rostro y prestándoles, así, una identidad –la suya– para advertirnos sobre nuestros modos de ver.

Lo que sigue es parte del diálogo que mantuvimos con el artista que actualmente vive y trabaja en Toulouse (Francia)

Pregunta: En sus lienzos cita a clásicos con los que dialoga sobre la representación de las personas negras, ¿en quiénes se ha fijado especialmente para elegir las obras?

Respuesta: Me interesa la representación de los cuerpos sometidos. Dado el lugar que ocupaban las personas negras en las sociedades occidentales, en cada momento, las obras en las que sus cuerpos están presentes son las que inspiran mi trabajo. Pero, más allá de la representación de cuerpos negros, me interesan principalmente los cuerpos invisibilizados a través de la historia del arte.

Por ejemplo, trabajé sobre Las Meninas de Velázquez. El propio Velázquez tenía un esclavo llamado Juan de Pareja (1610-1670), un afrodescendiente nacido en Sevilla. No se le permitía pintar, pero practicaba en secreto, sin el conocimiento de su maestro. Se podría pensar que esto es una anécdota, pero son detalles que me interesan y aportan especial interés a un pintor o a una obra. En Las Meninas, este célebre cuadro que representa a la familia de Felipe IV, Velázquez nos da a conocer el papel que podría desempeñar el pintor del rey, que ha sido muy comentado, pero también el papel de los enanos de la corte, que eran bufones, animadores o acompañantes.

Al sustituir mi retrato por el de la mujer enana, cuestiono la relación con mi propio cuerpo e impongo su alteridad a los espectadores. Velázquez otorga aquí a los enanos un lugar especial, por derecho propio, y así nos revela brutalmente su función social, reducida en ese momento al esparcimiento y la diversión. Su presencia en las cortes reales casi podría verse como el comienzo de las ferias de monstruos, que allanarían el camino a los zoológicos humanos. En general, notamos que las opresiones y los cuerpos oprimidos comparten una experiencia e historia comunes.

En cuanto a la elección de los lienzos, no sé si puedo decir que realmente elijo las obras que pinto en el sentido racional del término. Durante mi carrera, en mis visitas a museos y exposiciones en Europa, ciertas pinturas me marcaron especialmente. Son imágenes, rostros y composiciones que se han fijado en mi memoria y en mi imaginación, y que me han obsesionado desde entonces. Algunos cuadros se volvieron un motivo que repito en mi trabajo, como el lienzo de Madeleine, de M.G. Benoist.

P: W.E.B. Du Bois escribió que la situación de las personas negras en Europa no era la misma que la que tenían en Estados Unidos, durante el siglo XIX, pero usted se inspira en su libro para evocar la situación de los africanos en Europa…

R: Estoy de acuerdo con W. E. B. Du Bois: la situación de los negros en Europa no era la misma que en los Estados Unidos, entonces, y tampoco lo es hoy. El pasado colonial de los países europeos obviamente tiene algo que ver con eso. Pero no creo que podamos limitar la lucha contra el racismo a una frontera, a la raza o al género. Se trata de armonizar la humanidad, por lo que todos debemos avanzar juntos. W.E.B. Du Bois dijo que la gran cuestión del siglo XX sería la barrera de color; sin duda, tenía razón y, en el siglo XXI, el tema sigue vigente. De hecho, imagino a mi propia Europa como una promesa para la humanidad y no como una tierra esterilizada por su pasado colonial.

P: Esta es su primera exposición en solitario, en suelo africano, ¿encuentra diferencias con la experiencia de exponer en Europa?

R: Justamente aquí, en Abiyán, sí que es simbólico, porque, aunque soy beninés, nací en Costa de Marfil, y estas imágenes en las que trabajo fueron producidas por los actores dominantes de la cultura en Europa y se han visto muy poco, o nada, en África. Durante siglos, han contado nuestra historia por nosotros y, sobre todo, ha sido contada desde una perspectiva occidental, lo que ha dado como resultado la manera en que el mundo ve nuestros cuerpos. Mi trabajo es decolonial: participa en la deconstrucción de estos estereotipos.

P: ¿Piensa que hoy sería necesario un movimiento panafricano como el de los años 60 y, si no, de qué manera se podrían reconstruir los lazos entre la población del continente y la diáspora? ¿Puede que el arte tenga respuestas?

R: Creo que lo que está sucediendo ahora va mucho más allá de la división entre blancos y negros, lo que haría obsoleto el movimiento panafricano de los años 60. En ese momento, el objetivo era conseguir la independencia para los estados africanos, pero la verdadera pregunta es ¿qué hacer con esta independencia? Yo diría que necesitamos reinterpretar el concepto de panafricanismo, no para congelarlo, sino para actualizarlo de alguna manera. La brecha no existe solo entre negros y blancos sino entre el Norte y el Sur, entre quienes logran alimentarse y quienes no pueden, en fin: entre los acomodados y el resto del mundo.

Hoy, si bien las causas de las movilizaciones siguen siendo las mismas, la forma que toman parece un poco diferente a las anteriores, porque hay un número importante de blancos que participan en las manifestaciones y, por lo tanto, hay intercambios. Muchos están haciendo de nuestra causa su causa. Necesitamos espacios reales de discusión. Siento que las cosas están cambiando lentamente: esa es una buena señal pero, como dice Frantz Fanon, hay que tener cuidado con ser entusiasta, y no perder nunca de vista el hecho de que la lucha es un compromiso constante.

El racismo se ha convertido, hoy, en una cuestión de todos.

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