En días pasados acudí al programa de radio Derecho a Debate de Radio UNAM, que conduce Diego Armando Guerrero García, para dialogar con la comunidad universitaria sobre perspectiva de género. Durante la emisión surgieron diversos cuestionamientos, uno proveniente de un joven estudiante de la carrera de derecho, quien compartió que en una plática con sus amistades se preguntaban si sabrían reconocer una relación tóxica generadora de violencia.

Con esta preocupación he indagado entre estudiantes de nivel medio y superior, y con sorpresa me percaté de que en algunos casos no tienen claro si han experimentado violencia en sus relaciones de pareja. El caso de Valeria nos puede ayudar.

Ella, una adolescente de 14 años, entabló comunicación con un joven de 16 por medio de las redes sociales. Tras una convivencia virtual de pocos días, se conocieron e iniciaron una relación como cualquiera. Con el paso de los días él empezó a compararla con otras jóvenes y a minimizarla diciéndole que no valía nada. Violencia emocional que le ocasionó inseguridad. Más adelante llegaron los insultos y después las agresiones físicas.

Valeria inicialmente no tenía claridad de que estaba inmersa en una relación violenta. Cuando lo entendió, no podía salir de ella. Sufrió depresión y perdió peso. Afortunadamente enfrentó el problema y recibió ayuda profesional a tiempo.

Esta realidad no es poco frecuente y el Violentómetro es útil para abordar la violencia que surge en una relación de pareja.

En 2009, el Instituto Politécnico Nacional efectuó una encuesta sobre relaciones de pareja a aproximadamente 14 mil estudiantes. De este estudio, el primer hallazgo documentado es la forma en que hoy se viven esas relaciones: noviazgo, free, pareja, compañeros sexuales, por citar algunas variantes. También se advirtió que mujeres y hombres se conducen atendiendo a los estereotipos y roles que permean en la sociedad de manera artificial, pues son construcciones que atienden a aspectos culturales y sociales que imponen a las personas la obligación de comportarse desde lo que tradicionalmente se espera de uno u otro género. Además, la concepción romántica del amor minimiza las señales de alarma.

La cimentación de estos vínculos, tradicionalmente y con base en estereotipos, puede generar violencia a veces visible, pero debes saber que también nace por conductas omisivas. En ambos casos, el eje rector es el uso o abuso del ejercicio del poder, sea físico, económico, sicológico o de otra índole.

Para detectar la violencia en cualquier estado en que se encuentre, el violentómetro resulta una herramienta muy útil por sus características gráficas y didácticas que permiten, a golpe de vista, no sólo reconocer los diversos niveles de violencia, sino que nos alerta de su escalada como si fuera un termómetro que mide la temperatura corporal.

Así, en su primer nivel, avisa cuando en una relación se presentan las mentiras o engaños, bromas hirientes, celos y chantajes, ofensas y humillaciones, entre otras. En este caso: ¡Ten cuidado! La violencia aumentará.

En la siguiente escala: ¡Reacciona! No te dejes destruir, si la mecánica es de manoseos, caricias agresivas, pellizcos, jaloneos, cachetadas, encierro o aislamiento de la pareja, por citar algunos.

Finalmente, en su última y más grave etapa: ¡Necesitas ayuda profesional! cuando te amenazan con objetos o armas, te fuerzan a una relación sexual, violan y mutilan.

Estas son las señales que deben alarmarte para identificar la violencia. Normalmente pensamos que se presenta en contra de mujeres, pero no es así, todas las personas, sin importar la edad, podemos sufrirla.

Para entender cómo funciona, también es importante que conozcas aspectos del Círculo de la Violencia, estudio que permite entender que la violencia es cíclica y que se reproduce.

El círculo de la violencia, al igual que el violentómetro, se conforma por fases. Como podrás imaginar, la primera surge de la idea del amor romántico y la luna de miel, donde todo parece esplendoroso. No obstante, con el paso del tiempo, en las relaciones se presentan tensiones y es el inicio tanto de los conflictos como de las agresiones verbales, físicas o de otra naturaleza. En esta fase es común que la parte que las sufre las minimice, atienda a las exigencias del o la otra, intente calmar las cosas o acepte una culpa que no le corresponde con la idea de mejorar la relación. Y puede que así suceda, al menos temporalmente.

A pesar de los esfuerzos prosigue la etapa de las agresiones. Generalmente quien resiente la violencia vive con miedo y la ansiedad es el blanco perfecto para neutralizar a la persona.

Las actitudes de quien agrede siempre van a la alza, pero sobreviene el arrepentimiento que lleva a disculparse y a prometer que jamás volverá a pasar y, desafortunadamente, es el hilo conductor de la madeja para que se suceda una y otra vez. De esta forma, el círculo se repite y se repite y se repite, en una serie de ciclos que pueden ser interminables y finalizan, en algunos casos, con la muerte.

¿Qué hacer?, lo primero es reconocer que eres víctima de violencia y que es importante el acompañamiento de un experto para romper la dinámica. Además, es imprescindible denunciar. Quedarse callada/o no resolverá la situación, contar con asesoría sicológica, jurídica y médica son fundamentales para vivir el proceso.

La violencia de género es el estigma de nuestros días. No debemos normalizarla. Por el contrario, es imprescindible estar alerta. Educar a las nuevas generaciones libres de estereotipos y en igualdad es la clave para contribuir a la formación de una nueva y mejor relación entre personas. A las generaciones antañas nos corresponde reducarnos y entender que los procesos aprendidos no son naturales, sino inducidos por patrones que afectan a mujeres y hombres, pues incluso generan cargas emocionales difíciles de sobrellevar.

Reconocer los signos de la violencia y actuar en consecuencia puede salvar tu vida.

Magistrada federal y académica universitaria

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