La compleja tarea de preparar a integrantes de los contingentes que prestarán sus servicios en operaciones de la paz de la ONU presenta una serie de problemas a los que México deberá abocarse, si como esperamos, nos incorporamos al Consejo de Seguridad, órgano guía en temas de seguridad mundial, particularmente si aún es válida la definición que se aprobó desde 1990 de lo que es una operación de paz, que a la letra señala es una operación que involucra personal militar y civil, sin facultades coercitivas, que lleva a cabo la ONU en áreas de conflicto, voluntarias en su naturaleza, y que se realizan con base en el consentimiento y la cooperación de los países directamente involucrados, los cuales aunque incluyan personal militar, deben cumplir con la obligación de no hacer uso de la fuerza armada, salvo en legítima defensa concepto que elaborase con base en los principios guía de estos mecanismos, acordados desde 1952 en negociaciones entre el entonces secretario general de la ONU, Dag Hammarskjold, y el entonces presidente de la Asamblea General de la ONU, el canadiense Lester B. Pearson.

Ese acuerdo marco es la única base jurídica para la creación de dichos mecanismos a fin de tratar de garantizar la paz mundial, ya que la Carta de la ONU no dice nada específico sobre el particular, señala, entre otros conceptos, el principio de que las contribuciones en contingentes deben ser siempre de países pequeños y/o neutrales para integrar la operación que se violó en varias instancias (Somalia 1992, entre otras) y el sujetarse al principio de neutralidad, también violado en varias oportunidades, a lo cual debemos añadir la ineficacia con que en múltiples instancias el Comité del Estado Mayor de la ONU convierte las decisiones del Consejo de Seguridad en instrucciones precisas a los contingentes de paz, y al respecto vale la pena recordar los graves incidentes en el Congo y en Costa de Marfil que dejaron significativas víctimas entre los militares de las operaciones de paz por lo confuso de las instrucciones recibidas.

Como conclusión, es obvio que México y otros países con iguales y parecidas preocupaciones sobre los vicios de que adolecen las operaciones de paz, deben actuar en consecuencia, ajustando lo que sea necesario del engranaje político que rige las operaciones de paz, al mismo tiempo que estimo que no debemos olvidar lo hecho por México hasta ahora en tareas vinculadas al fortalecimiento de la paz, incluyendo desde luego nuestra importante contribución al financiamiento de las operaciones de paz; además nuestro apoyo a la ONU mediante iniciativas, la mayor parte de las cuales tuvieron éxito, como las famosas resoluciones la paz a través de los hechos en la que establecíamos lo que considerábamos las condiciones necesarias para mantener la paz, que van mucho más allá de mantener a los ejércitos hostiles separados entre sí. Asimismo, lanzamos y logramos la aprobación de una resolución que fijaba como regla de conducta, que cuando ocurra un conflicto lo primero que debe hacerse es detener el derramamiento de sangre en cualquier estado que se encuentre el conflicto mismo.

Tampoco podemos olvidar nuestra contribución al proceso de descolonización del mundo, y no puedo dejar de mencionar los constantes esfuerzos de México en temas relacionados con el desarme, que van desde la creación de la primera zona poblada desnuclearizada en el mundo, hasta la presentación de iniciativas que culminaron en la aprobación de tratados para avanzar en la difícil tarea de lograr un mundo bajo estrictos controles de armamentos y las importantes iniciativas para restablecer la paz en Centroamérica por medio del Grupo Contadora que culminó en los acuerdos de Chapultepec, así como un gran esfuerzo similar llevado a cabo en Guatemala.

Embajador emérito de México

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