Hace un año el sociólogo Falko Ernst publicó en nexos un ensayo titulado “La muerte del sicario”, que es un perfil de un joven asesino de la Tierra Caliente michoacana, a quien se le acabó la suerte y murió asesinado semanas después de que Ernst lo entrevistara.

La historia contada, aunque breve, es potente. Se trata de un joven, conocido con el apodo de Grillo, quien es deportado de California por pandillero, y es luego reclutado por La Familia Michoacana, que le entrega listas de personas a quienes debe asesinar. Todo marchaba bien. Sólo que luego hubo una escisión en La Familia y comenzó entonces la matazón entre la gente de las dos facciones y Grillo se dio cuenta de que no tardarían en llegar por él, como efectivamente sucedió.

Pero hay en esta historia un detalle que me parece importante para la reflexión colectiva sobre cómo ir construyendo una política de seguridad que funcione, y es que cuando Grillo sabe que van a venir a matarlo, no huye de Apatzingán, sino que opta por quedarse en su barrio. Así lo cuenta el sociólogo: “Piensa que… los vecinos le avisarán si algún extraño entra. El sicario fugitivo da por sentada la solidaridad. ‘Son mi gente’”.

Vale la pena reflexionar sobre este detalle. El sicario es una figura temible. Ha asesinado a varias decenas de personas y habla de ellas con una terrible indiferencia. Quizá no sea precisamente un sádico, pero sí un profesional muy frío. Se acerca a una persona, le descarga dos balazos en la cara y se asoma para asegurarse de que esté bien muerto. Se aleja un poquito del tumulto que ha salido despavorido, se sienta en un puesto de tacos, pide cinco tacos de tripa y se los come tranquilamente mientras observa llegar a la policía.

Grillo fue un personaje temible, cuya cara revelaba los estragos de la droga que consumía: “Sus ojos se habían retirado hacia el interior de su cráneo, su piel morena lucía como invadida por una niebla gris y era tan delgada que se sostenía precariamente a sus protuberantes pómulos…”. O sea que un personaje de mucho cuidado incluso a ojos vista. Sin embargo, a la hora en que su vida peligraba, esa persona confiaba en que los de su barrio lo iban a cuidar. ¿Por qué?

Esta es una pregunta que se tendrían que estar haciendo todos los encargados de la política de seguridad de México. No pienso que sea una pregunta que se pueda resolver con deducciones, hace falta hacer trabajo de campo sobre esto. Sin embargo, vale la pena pensar en algunas hipótesis, a partir justamente de trabajos etnográficos como el de Ernst. Quisiera dedicar algunos comentarios a tratar de escombrar un poco ese terreno, a sabiendas de que este esfuerzo no resuelve el asunto, sino que requiere de más seguimiento empírico.

Los vecinos de personajes temibles —sean operadores menores (punteros, sicarios) o jefes— tienden a guardarles actitudes que van desde el temor silencioso a la franca protección. Sin duda tendrán miedo a las represalias de esos personajes y el miedo los somete. Pero existe bastante evidencia dispersa de que el miedo convive también con otra idea: los vecinos a veces protegen a ciertos personajes violentos porque se sienten más seguros si los conocen personalmente.

En varias ocasiones he sido testigo de un discurso en el que la gente expresa que los señores de la violencia pueden llegar a ser tratables si los conocen desde antes; si conocen a la familia o si fueron quizá al colegio con algún hermano… o sea, si tienen algún pasado en común. En Matamoros escuché la historia de una vendedora que hablaba bien del tan denostado Tony Tormentas. Don Tony era, finalmente, gente de ahí. Era tratable. Un hombre de negocios.

Hace una semana fui por primera vez a Culiacán y en el avión me tocó ir sentado junto a una señora muy propia y de la clase media culichi, quien dijo no entender por qué el gobierno se había lanzado a la captura de Ovidio Guzmán. “Es una persona educada”, me dijo. Todos lo conocen. No le estaba haciendo mal a nadie. Como regla general, los vecinos prefieren malo conocido que malo por conocer. Mejor tener en tu calle a un sicario como Grillo, que conoces desde chico, a que maten a Grillo y tu calle quede a la merced de cualquier desconocido. Finalmente, no hay cosa más temible que un violento desenfrenado, sin “tejido social” que lo pueda contener. Cuando llega, desplaza.

Por eso la política de “descabezar” organizaciones criminales tiene realmente efectos muy violentos, ya que la gente que vive cerca del elemento criminal queda realmente desamparada y bajo sospecha de ser “la gente” del grupo vencido. Todos ellos saben perfectamente que la economía ilegal no desaparecerá porque hayan matado o encarcelado a algún operador. Saben, al contrario, que esa economía seguirá operando, sólo que ahora estará en manos de algún violento desconocido.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judíaLa nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

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