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Fue una noche en la que estalló lo previsible. Lo que pudo prevenirse. El atroz asesinato. La furia inconcebible y en manada contra el indefenso. Puesta en escena del odio de clase, de la negación de la diferencia a fuerza de golpes y patadas certeras. No es nuevo, es la reiteración de la agresividad, de la matriz de la discriminación, del odio encarnado.

 

Ante el crimen llevado a cabo por 10 pibes de "veinti" donde dieron muerte a otro joven, solo, ya en el suelo... Se abren preguntas y se reavivan heridas.¿Cómo se llega a tener 20 años y enorgullecerse de la ventaja? ¿Cuándo se enseñó la saña? ¿Cuándo se aprendió la violencia cruel?

"Dale que lo vas a matar, vos podés" señala una testigo como frase "latigante" marcando el camino del golpe fatal. Pero ¿dónde empieza todo? ¿Cuál es esa vuelta que teje la discriminación y el odio como trama social y grupal? La ética y los valores parecen aquí ausentes en un deporte que forma cuerpos endurecidos y embravecidos. Imaginamos la escuela de los diez muchachos, porque ellos tuvieron su sala de 5, sus juegos en los rincones, sus patios con recreos. Habrán tenido figuritas en primaria, y formaciones en hileras. Les habrá llegado el intento de la ESI en sus primeras apuestas. Seguramente hubo comidas en familia, se habrá conversado sobre otras y otros, sobre el vecino, sobre la señora de enfrente, habrán visto películas y hecho comentarios. Se habrá opinado sobre el programa de televisión diario. Y hubo vestuario donde se apodó al amigo, dónde se apuró al contrario, y ahí estaría "el profre", y también quién recibe la percha con la ropa del día. Y hubo alguna discusión en la cola del súper, o algún cambio de opinión en la librería o en el bar. Y en cada lugar una oportunidad ineludible de algo diferente, alguien que quizá no dijo, no intervino, no supo o no pudo desenmarañar la cultura machista y discriminadora que los diez construyeron de a poco.

Las mujeres feministas nos están invitando a que nos cuestionemos. Y es hora también de que los varones nos hagamos a nosotros mismos los llamados de atención. A que miremos desde una perspectiva de género y entendamos que buena parte de la violencia actual responde a mandatos de la masculinidad hegemónica. Mandatos que aprendemos cada día de algún modo. Mandatos que arrancan quizá cuando nuestra familia recibió la noticia: es un varón. Porque la violencia machista se ejerce en distintos contextos, y encuentra víctimas en mujeres, en parejas, en hijas e hijos, y también en otros varones. La matriz de la discriminación es una, y se despliega implacable sobre la otredad que devela la diferencia. Así también la modalidad violenta de la hegemonía del "macho", es un surco de compleja deconstrucción y es ejercido ante la diversidad de los "otros".

La violencia machista está inscripta en cómo fuimos socializados. Una violencia asociada a la supuesta necesidad masculina de dominar, de subordinar a otras personas y demostrar permanentemente esa posición. “Mostrale quien manda”, “no seas cagón”, “no seas nena”, son frases que escuchamos decir. En ese sentido, nadie nace siendo un machista violento. La violencia es construida a partir de mandatos culturales del género masculino que reproducimos: ser dominadores, controladores, conquistadores, fuertes, proveedores, valientes, racionales, violentos… características señaladas a los varones como virtudes, características a alcanzar.

Pero ¿qué es el género? Según la socióloga Rosa Cobo Bedía, “la noción de género surge a partir de la idea de que lo “femenino” y lo “masculino” no son hechos naturales o biológicos, sino construcciones culturales”. Es decir, sobre esa construcción cultural que es el género, la cual está cargada de mandatos sobre las cuales se construyen desigualdades sociales. Si miramos datos asociados a la violencia de nuestra sociedad, veremos que masculinidad y violencia son dos variables que se cruzan. La Oficina de la Mujer de la CSJN publicó la edición 2018 del Informe de Femicidios de la Justicia Argentina. En ese informe se identificaron 255 víctimas directas de femicidios en Argentina entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2018. En el 56 % de los casos, los femicidios fueron cometidos por parejas o ex parejas de las víctimas. Es decir, por varones que pensaban que esas mujeres eran de su propiedad. Si miramos los datos de las personas detenidas, según el Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena del año 2018 el 95,2 % de las personas detenidas son varones.

La antropóloga Rita Segato nos señala que el hombre también es víctima del mandato de masculinidad. Porque también sufrimos esa violencia en enfrentamientos y peleas para demostrar que somos fuertes, dominadores y que nos la bancamos. En ese sentido, el Consejo de la Magistratura del Poder Judicial de la Nación sostiene en su Informe sobre Homicidios de la Ciudad de Buenos Aires del año 2017 que: el 80% de las víctimas de homicidio fueron hombres, mientras que el 20% fueron mujeres. Pero los victimarios también fueron varones en su mayoría, solo un 7% de esos casos la mujer fue quien cometió ese hecho de violencia.

La violencia se inscribe en el marco de una sociedad desigual e injusta que naturalizamos y reproducimos sin darnos cuenta. Cuando acosamos una mujer en la calle, cuando reproducimos chistes misóginos, cuando tratamos a una mujer como un objeto. Cuando no decimos, cuando somos testigos silenciosos, cuando dejamos de intervenir... En grandes acciones y en pequeños gestos, vamos construyendo condiciones de posibilidad de violencias.

Un día empezó... Y un día creció.... Y una noche impune, estalló. La necesidad y la invitación es a decir, a actuar, a deconstruir. Y en esta oportunidad, a exigir justicia.

* Docente, Investigador, Director de Teatro.

** Especialista en Comunicación y Culturas UNC. Docente UNRN.

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