Todavía nos reíamos de los seis millones de cachitos de lotería a 500 pesos cada uno para rifar el avión presidencial, nos llenábamos la cara de una de esas risas lastimeras, desdentadas y descompuestas que inspira México, cuando una nota periodística de discreta resonancia fue un recuerdo de lo que somos: algo muy poco cómico. Nos llegó en un murmullo al oído, como si no te aguantas el ataque de risa y alguien te recuerda en lo bajito: “Hey, estás en un velorio, allá los deudos y ahí el muerto”.

En realidad, lo que esa nota nos dijo con letras negras en fondo blanco fue: “En el país cada mes se registran más de 50 suicidios infantiles”. A veces las noticias que son recuentos numéricos, en finanzas, por ejemplo, al lector promedio nos dejan sensación de vacío, como si nada fuera real. Cuesta interpretar los dígitos y darles connotación. Si no sabes de economía, ninguna acumulación de ceros a la derecha te relata nada. 

Y uno puede esforzarse y acabar de leer, pero a los 20 segundos esas cifras se esfumaron de tu mente: se olvidan porque fuimos incapaces de captar simbolismo alguno.

Pero a veces, pocas, un recuento de números es el abismo. Y del mismo modo nos queda un vacío, pero ahora porque son ellos nuestro país desfigurado. Cada número habla de nuestras entrañas podridas. 

La nota de Blanca Valadez y Rafael López, el lunes en Milenio, descendió con las cifras del INEGI en una escalera hacia la sepultura de lo más querido: nuestros niños.

  • Desde hace diez años hay un promedio de 52 suicidios infantiles al mes. 
  • De 2008 a 2018, 6 mil 862 menores se suicidaron.
  • 85 % por ciento de los suicidios fueron por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación.
  • La mayoría de los niños padecía “falta de afecto”, eufemismo para disimular sus criminales causas: violaciones, golpes, abuso sexual, observación de violencia, acoso. 

Difícil que el suicidio de un niño sea noticia y asunto de discusión nacional. La semana pasada fue ambas porque el pequeño José Ángel ingresó a su escuela de Torreón, casi en una escena cinematográfica, con una playera que decía “Natural Selection” —como la del autor de la masacre de Columbine— para luego asesinar a su maestra, herir a sus compañeros, suicidarse.  

Pero los datos del INEGI prueban que bien pudo haber en una década 6 mil 862 notas similares, las mismas de los menores que se mataron en México.

No podíamos esperar números blancos en ese particular fenómeno dentro de un país que en 2019, en un nuevo récord histórico, superó los 34 mil asesinatos. Todos esos, claro, por gente que mató a otra gente. Las víctimas, en todo caso, querían vivir. 

Pero aquí hay personas, niños, cuya familia, entorno social, país, son a tal punto un tormento cotidiano que es preferible dejar de existir. Es ésa la única manera en que, asumen, podrán recuperar la paz. La vida, una condición que debería ser un privilegio en el que un pequeño juega, quiere y es querido, tiene amigos, aprende, crece (es feliz, en definitiva) para miles dejó de tener sentido.

¿Ser niño en México? Mejor no quiero ser nada.

Hoy leía las dificultades para detectar las señales en niños suicidas porque ellos, a diferencia de los adultos, expresan de modos sutiles su dolor: aislamiento, desgano en sus actividades preferidas, curiosidad por la muerte, ausentismo escolar, y otros indicios.

No vendría mal que nuestro sistema educativo y los padres de familia recibieran sistemáticas e inteligentes campañas de entrenamiento para detectar señales, atender con psicólogos y psiquiatras a los menores y evitar los suicidios por miles, hasta ahora ignorados. Y tampoco estaría mal ver a nuestros dramas de frente, que los gobernantes los divulgaran públicamente y no fueran solo notitas terroríficas y tímidas (horrible paradoja) dentro de los periódicos. 

Nos hacen reír como penosos payasos por aviones que se rifaran en la lotería, en los mismos minutos en que nuestros niños se cuelgan. EP

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