Los enfrentamientos en la UNAM, la toma de facultades y planteles de dicha casa de estudios, los tendederos de la universidad (pancartas y mamparas donde se publicitan los nombres de quienes son señalados como acosadores, y abusadores sexuales impunes) son una muestra más de la desconfianza en las autoridades. Una queja legítima no ha encontrado el cauce para su atención. El tribunal universitario ha sido insuficiente para atender demandas del alumnado.

Se proponen soluciones judicialistas, con más aparato burocrático para atender las demandas contra la impunidad en las aulas: el camino se cierra más para las víctimas desconfiadas del formalismo. Ante la impunidad nacional, con un sistema penal que ha llevado a la justicia de puerta giratoria, el caso de la UNAM parece ser sólo uno más.

La ineficacia universitaria para atender las quejas terminará por magnificar un reclamo que pudo atenderse a tiempo con respeto a la perspectiva de género y a la justicia de cercanía. La mano negra advertida por presidencia inicia con la inactividad de los encargados de velar por la seguridad del alumnado, por su impericia en el manejo de contingencias sociales y por la falta de imaginación para atenderlas. Llama la atención que sea precisamente en la Máxima Casa de Estudios, centro de inteligencia y creatividad, donde no logren encontrarse vías eficaces para sancionar, con cárcel si es procedente, a perpetradores sexuales. Mientras, la UNAM está ya en el aparador mundial.

Las escuelas privadas recibirán a miles de estudiantes deseosos de tomar clases sin enfrentarse a cierres escolares o agresiones, tanto de los depredadores sexuales como de los encapuchados capaces de dañar un patrimonio mundial: se daña a quienes no tienen los medios para pasar de la educación pública. La frustración y el enojo de las víctimas aumenta. Su atención debería ser prioritaria en el discurso y las acciones. Eliminar perpetradores sexuales daría renombre a la UNAM, le redimiría el honor perdido entre pintas y explosivos.

Recuperar la facultad de filosofía y letras, tomada desde hace meses, y evitar los paros diarios y semanales de otras facultades y preparatorias de la UNAM debería ser una prioridad. Replantear los accesos y estancia a la carrera magisterial universitaria, sin menoscabo de los derechos laborales, es impostergable.

En estos temas, en la UNAM, no habla el espíritu. Sin la verdad, los únicos libres son los criminales, corolario de la impunidad donde no puede alegarse ignorancia ni pobreza en víctimas o victimarios.

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