Según datos publicados por la OMS en 2016, cerca de 800.000 personas se quitan la vida en el mundo cada año, y son muchos más quienes lo intentan. Entre la población en general, un intento no consumado es el factor individual de riesgo más importante. El suicidio es la segunda causa principal de defunción en el grupo de edad entre los 15 a 29 años.

No es fácil encontrar estadísticas de ello. «Desde 2007, siguiendo los estándares internacionales en la materia, se ha adoptado la decisión de suprimir los boletines del suicidio y obtener la información estadística relativa a él a partir de la información que ofrece el boletín de defunción judicial que se utiliza para la Estadística de defunciones según la causa de muerte», es la aséptica leyenda que se puede leer, si uno busca, en la web del INE. Tecleando en el enlace podemos acceder a esa estadística, una de las fuentes de información más importantes en el campo de la Sanidad, que se realiza siguiendo los criterios establecidos por la OMS en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE).

De las 424.523 defunciones datadas en nuestro país en 2017 –año del que encontramos la última estadística publicada–, no tenemos referencia alguna directa al suicidio. De todas las causas de muerte solo hay dos en las que, prima facie, podrían tener encaje este tipo de muertes: las causadas por trastornos mentales y del comportamiento (21.722) y las debidas a causas externas de mortalidad (15.837).

«El suicidio es la segunda causa principal de defunción en el grupo de edad entre los 15 a 29 años»

Si  englobamos el suicidio dentro del primer grupo, habría que concluir que quien adopta la decisión de quitarse la vida y la lleva a término es un enfermo mental. Quienes ya tenemos cierta edad, tenemos algún amigo o conocido que lo ha hecho. Todos reconoceremos cómo nos sorprendió su repentina y nunca presagiada muerte y, sin embargo, padeciera o no de depresión, nunca le tacharíamos de enfermo mental. Si leemos los escritos de aquellos que antes de adoptar esa decisión nos dejaron sus pensamientos y reflexiones, convendremos que no eran, en modo alguno,  enfermos mentales: eran enfermos del alma que,  quizás,  pasaron a nuestro lado sin que nos diéramos cuenta.

Quizás por eso, también, nos avergüence tanto hablar de ello. Porque nuestros suicidas nos reprochan en nuestra conciencia nuestro indiferente paso a su lado. El suicidio afecta a pobres y ricos, sanos y enfermos, púberes, jóvenes, adultos y viejos,  intelectuales,  folclóricos. Emilio Salgari, Reinaldo Arenas, Castelo Branco, Hernest Hemingway, Vladimir Mayakosky, Yukio Mishima, Cesare Pavese, Sándor Márai, Stefan Zweig, entre otros muchos escritores, se suicidaron.

De dos de ellos he aprendido mucho. Sobre el alma humana y sus entresijos me ha enseñado Sándor Márai, escritor húngaro, autor prolífico, que tuvo que huir exiliado a EEUU tras prohibirse sus libros en su país, dominado por los soviéticos. De las encrucijadas de la historia, de cómo es de sangrienta e irracional –y de cómo, por ser cíclica, hemos de cuidar de no caer en errores del pasado–, aprendí leyendo sobre todo El Mundo de Ayer. Memorias de un europeo de  Stefan Zweig, un libro que tengo en el cabecero de mi cama.

Márai,  en sus últimos Diarios. 1984-1989 nos dejó anotaciones que nos hablan de cómo se fue fraguando su decisión de quitarse la vida. El día de año nuevo de 1986, con su mujer ingresada en un hospital, gravemente enferma de cáncer –moriría cuatro días más tarde–, escribe: «A ella le quedan tal vez unas semanas, pero no serán ya de vida, sino de esa existencia apagada, inconsciente. Para mí, este año significa el final, por más que logre sobrevivir a él. No me siento con fuerzas para morir ni para seguir viviendo».

«El mismo vacío que se produjo en el momento de su muerte, que nada es capaz de llenar, un vacío absoluto. … queda la Nada que está más presente que cualquier otra cosa que exista», continúa poco después, el día 9 de febrero. La idea le ronda en la cabeza. El día 20 de ese mismo mes, confiesa: «No quiero morir, todavía no. Pero he dejado el revolver en el cajón de la mesita de noche para tenerlo a mano si llega el momento en que desee morir»; «No me siento capaz de actuar cuando llegue el momento de hacerlo» (el 25 de marzo), y otra vez la desesperanza, el 6 de abril: «No espero nada, ni bueno, ni malo». El 18 de junio, tras volver del campo de tiro donde recibe una clase teórica de adiestramiento, deja en  el diario cuenta de la misma: «Al final de mi vida he emprendido la empresa más extraordinaria: la preparación para una travesía de la que nadie ha vuelto». Sin embargo, sigue dudando: «Ojalá me marchara ya. Pero, por otra parte, no me siento preparado para morir», escribe el 4 de julio. Tras el verano, el 13 de septiembre se muestra más decidido: «No necesito nada, ni deseo nada. Me siento ya a punto para emprender el viaje; no me resulta atrayente ni aterrador, simplemente real como la vida misma».

«Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas», escribía Márai

Aunque hace meses que no ve a nadie y le cuesta mucho leer por un glaucoma, Márai sigue releyendo el Quijote, la novela de las novelas,  y todavía siente –«aunque ya toca irse»–, la necesidad de escribir. Relee sus propias obras Los rebeldes (1934), Los celosos (1937) y Los ofendidos (1942-43) y, el dos de noviembre, anota en su diario: «Ahora, después de más de cincuenta años, he recuperado estas obras, que leo por primera vez desde su publicación. Me sorprende que, habiendo transcurrido medio siglo, no haya perdido vigencia nada de lo que escribí sobre la Ciudad, la Creación, los Otros, sobre la civilización antropomorfa que quedará destruida y será sustituida por el nihil consumista».  El 27 de agosto se data el penúltimo apunte de su diario: «Hoy he añorado mucho la nobleza y la elegancia del cuerpo de L. (refiriéndose a Lola, diminutivo de Ilona, su querida esposa). Su sonrisa». Quizás esa añoranza fue lo que le movió a dar el paso de ir a buscarla. El 15 de enero de 1989 escribe una última nota: «Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora».

Sobre la idea de suicidio en  Zweig y su vida tras dejar Europa, acuciado por el avance de las tropas nazis, no tenemos notas personales. Sabemos de su desolación por la inédita involución de la vieja Europa, de su nostalgia por la  cultura y el modo de ser europeo que tanto había amado y en el que había participado con tanta vitalidad. Zweig nunca acabó de encontrarse en Nueva York.: «Tenía la cara de un hombre desilusionado que intentaba agarrarse a la desesperada al espejismo de una Europa que ya no existía y que se negaba a llorar como si hubiera muerto», escribió el periodista neoyorquino Joseph Brainin.

Finalmente se trasladó a Brasil, donde el 22 de febrero de 1942 se quitó la vida dejando esta declaración escrita: «Por mi propia voluntad y en plena lucidez.  Cada día he aprendido a amar más este país, y no habría reconstruido mi vida en ningún otro lugar después de que el mundo de mi propia lengua se hundiese y se perdiese para mí, y mi patria espiritual, Europa, se destruyese a sí misma. Pero comenzar todo de nuevo cuando uno ha cumplido sesenta años requiere fuerzas especiales, y mi propia fuerza se ha gastado al cabo de años de andanzas sin hogar. Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento apropiado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal, su más preciada posesión en esta tierra. Mando saludos a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me voy antes que ellos».

Leyendo a Márai y Zweig, uno nunca los tacharía de enfermos mentales. Márai estaba físicamente enfermo y solo tras perder a todos sus seres queridos. Tenía 89 años cuando se quitó la vida, quizás solo por añoranza de su esposa, por recortar el escaso –pero incansable– camino que le quedaba para acompañarla en la otra vida. Por su parte, Zweig  trató de vivir una nueva vida en Brasil, pero conociendo el avance de las tropas alemanas en  Medio Oriente y Asia, le invadió una sensación de desesperación. «¿Crees honestamente que los nazis no vendrán aquí? Nada puede detenerlos ahora», escribía. El escritor nunca llegó a zafarse de su recuerdo de Europa. «Mi crisis interna consiste en que no soy capaz de identificarme con el yo de mi pasaporte, el yo del exilio». «Sólo somos fantasmas». «No tenemos presente ni futuro». Ambos estaban afectados de nostalgia, de añoranza de otro tiempo mejor, de la desesperanza que produce saber que cualquier otro tiempo pasado fue mejor, que los buenos tiempos ya no volverán.

Leyendo a Márai y Zweig, uno nunca los tacharía de enfermos mentales por quitarse la vida

Vivimos de nuevo tiempos de cambios que quizá puedan llegar a ser  convulsos y se conviertan en la fragua donde mueran abrasados por la desesperación muchos semejantes. En España se suicidan más de diez personas cada día. Las condiciones no solo personales, sino sociales, y económicas, influyen en el estado de esperanza del ser humano, como pudo verse en la época en que los desahucios estuvieron al orden del día, cuando se incrementó el número de personas que decidieron quitarse la vida. Pienso en los informativos, siempre con sus mismos, reiterados, contabilizados y luctuosos sucesos, que no existen porque se hable de ellos, ni dejan de existir si no los  nombramos. La OMS reconoce que el suicidio es un asunto de salud pública. En su primer informe sobre ello –Prevención del suicidio: un imperativo global, publicado en 2014– procura aumentar la sensibilización respecto a su importancia y otorga a su prevención alta prioridad en la agenda mundial. También procura alentar y apoyar a los países para que desarrollen o fortalezcan estrategias integrales para evitarlo en el marco de un enfoque multisectorial.

El suicidio es un fracaso de todos porque nos habla de la desesperación de nuestros semejantes: de los que tenemos a nuestro lado, de un familiar, de un amigo. En una sociedad donde cada vez son más los que viven solos y quienes se sienten así, es más fácil que crezca la melancolía. Pero no hay medicamentos contra la desesperanza.

Solo nos queda luchar y ayudar a los que tenemos a nuestro lado. Como en La carretera –el mundo distópico descrito por Cormac McCarthy en su novela–, intentemos seguir la estela del padre y el hijo que luchan por sobrevivir y ayudarse en el camino hacia un horizonte incierto plagado de dificultades. Mientras, la madre abandona y prefiere poner fin al desasosiego que la envuelve. Es una decisión humana que debemos comprender y respetar. Solo nos queda luchar y ayudar a los que tenemos a nuestro lado hasta que, como en la bella película de Von Trier  Melancholia, un planeta con ese nombre explosione  contra la Tierra. Al menos, cuando suceda, que suene el tema que sirve de hilo musical a la película, el Preludio y muerte de Amor del Tristán e Isolda de Richard Wagner.

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