Muy buenas noches, Tomás:

Mientras estaba desayunando me felicité por haber insistido a mis hijos que me trajeran una computadora como regalo de Navidad. Recuerdo que al oír mi petición Ruth no pudo contenerse y le preguntó a su hermano: ¿Crees que podrá aprender a manejarla? Desde luego me entraron dudas, pero las superé. En cuanto recibí el obsequio me puse a estudiar y, aunque con bastantes trabajos y gracias a la ayuda de Pina, la secretaria, logré el dominio necesario para conseguir mi propósito: mantenerme en contacto contigo. Sobre todo ahora, por lo del confinamiento, es muy importante para mí. Quiero suponer que para ti también lo sea.

Esta noche, cuando ya estaba lista para escribirte, me puse a burlarme de ti, a quien llamo en secreto el rejego mayor. Durante meses te supliqué que nos escribiéramos para compartir lo que no teníamos tiempo de decirnos en las horas de comida o durante los paseos por el jardín. Aquí entre nos: esos prados hirsutos –con los que por cierto estoy muy encariñada– tienen de jardín lo que yo tengo de dama joven.

Como de seguro no imaginas por qué me burlé de ti, voy a decírtelo. Porque desde que empezó todo esto del virus y tenemos que estar recluidos en nuestros módulos –los llamo ratoneras– el que no creía en la comunicación electrónica, o sea tú, me ha mandado quince mensajes. Por la noche, cuando no puedo dormir, los releo. Me encanta en especial ese en donde me dices que parecemos dos amantes de novela que burlan la vigilancia de sus cónyuges y se mandan, de ventana a ventana, cartas de amor que envuelven piedras.

¿Cuántos días llevamos sin vernos? ¿Cuántos de estar tú en tu cuarto, en el pabellón de caballeros, y yo en el mío? No son muchos, pero me parecen ya una eternidad. Evita que ese tiempo se haga más largo enviándome tus mensajes. Cuéntamelo todo. Exagero. Me conformo con que me digas qué libro lees ahora, si desde tu ventana puedes mirar las jacarandas de la avenida. En tal caso, estaremos viendo lo mismo y, por lo tanto, unidos. Me están llorando un poquito los ojos. Creo que es de sueño. Intentaré dormir. Hasta mañana.

 

Miércoles l8, l1: 22

¿Te gustan los miércoles? A mí sí, mucho, aunque este fue algo pesado. A cada hora venía la enfermera –cosa que le agradezco– a repetirme que debo lavarme las manos 20 veces diarias, a tomarme la temperatura, a preguntarme si tengo dolor de cabeza o de cuerpo. Le pedí que me aclarara si en ese renglón podía incluir los calambres en las rodillas que padezco desde hace años. Se rió mucho y me dijo: Ay, chiquita, ¡qué cosas se le ocurren! En un segundo me devolvió a mi más remota infancia.

Pero dejo de lado todo eso para comentar tu mensaje de ayer. Me dices que vinieron a visitarte tu hija y tu yerno. Los he visto algunos domingos, cuando han venido a verte, pero no imagino de qué conversan contigo. Clarita es quien más habla. Espero que sea feliz en su matrimonio con su marido chapiadito, que siempre lleva el cabello cortísimo. Si se lo dejara un poco más largo se vería mejor.

Lo que no me dijiste es por qué se presentaron aquí si los martes no son días de visita. ¿Un miembro de la familia enfermó? ¿Requieren tu firma para algún trámite legal? O simplemente sintieron deseos de verte y de abrazarte a la distancia conveniente. Antes de la aparición del virus, cuando nos saludábamos por la mañana en el comedor, me encantaba oler tu loción. Es tan fresca… A veces el aroma se me adhería a las manos y (confieso) tardaba un rato en lavármelas a fin de conservarlo por más tiempo. A partir de que estamos recluidos, y quién sabe hasta cuándo, no podré darme ese gusto. Además la doctora Ramos también ha insistido en que debemos lavarnos las manos obsesivamente.

Obedezco al pie de la letra, entre otras cosas porque me encanta el agua caliente y que se me haga espuma entre los dedos. Me recuerda las burbujas que hacíamos mi hermana y yo con un carrete de hilo y agua jabonosa. Nunca me has dicho a qué jugabas de niño. No esperes a contármelo hasta el día en que todo se normalice, dímelo en tu próximo mensaje.

En cuanto termine de escribirte pondré la ópera Carmen en mi computadora. Otro motivo para celebrar habérsela pedido de regalo a mi hija: puedo oír música mientras me entra sueño. Tarda mucho en llegar y temo la noche en que se prolongue demasiado.

 

Jueves l9, ll:16

Acabo de leer tu último menaje. Me costó trabajo entender lo que me dices: tu hija quiere que, antes de fin de mes, te vayas a vivir a su casa porque su esposo perdió el trabajo y ya no podrán pagarte el alojamiento aquí. Su petición es comprensible, tendrás que aceptarla; si no tuviera que ser así te pediría que, por favor, no te mudaras tan pronto, que me dieras tiempo para hacerme a la idea de que van a terminarse nuestros encuentros en el comedor, la biblioteca, el jardín. Ahora me doy cuenta de que si esos prados hirsutos me gustan es porque los hemos recorrido tu y yo, muy cerca uno del otro, casi tocándonos las manos.

Esto me recuerda la vez que nos sentamos juntos en el merendero. Se me cayó la servilleta y te inclinaste a levantarla. Entones, por accidente, me rozaste la rodilla. Sentí una especie de descarga eléctrica, algo de lo que sólo puedo hablar contigo. Creo que por hoy basta de revelaciones. Necesito descanso. Que duermas bien.

 

Viernes 20, l6:25

No pude esperar hasta la noche. La necesidad de comunicarme contigo me obligó a escribir a las detestables cuatro de la tarde. Siempre he aborrecido esa hora. Tal vez se deba a que mi madre se iba a trabajar a esas horas y Minerva y yo nos quedábamos solas, encerradas en el cuarto, esperándola. Cuando volvía, ya muy tarde, se disculpaba de no poder cumplirnos la oferta de llevarnos al parque ¡a media noche!

Por lo que ya sabemos, me temo que ya no será necesario que pidas autorización para llevarme a Veracruz en mi cumpleaños. Así que no le daremos la bienvenida a mis 88 mirando el mar de madrugada, según lo habíamos planeado. No es un reproche, te lo juro: entiendo la circunstancia en que te encuentras y que debes irte. Prométeme que vas a seguir escribiéndome. De esa manera querido, queridísimo Tomás, sentiré que aún estoy contigo, aunque sea en la distancia.

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