Clarisa Landázuri y su fascinación por el origen y el uso de las palabras. Dedica el artículo de La Voz Brava que acaba de aparecer debajo de la puerta de mi casa al reportaje de Annalisa Quinn, que en diciembre de 2019 recoge el New York Times, sobre el fantástico (según lo califica Clarissa en su columna) Thesaurus Linguae Latinae (T.L.L.), el nuevo diccionario de latín en el que lexicógrafos alemanes trabajan desde 1890, cuando consideraban que quedaría terminado en un par de décadas. (A partir de la Segunda Guerra Mundial, colaboran en él y lo patrocinan igualmente investigadores internacionales.)

Sin embargo, a siglo y cuarto de distancia, en el que, entre otros acontecimientos, estallaron dos guerras mundiales, el trabajo en el T.L.L. apenas se encuentra en la letra R. El campo es tan amplio que naturalmente al recorrerlo se presentan infinidad de curiosidades. Por ejemplo, la que observó David Butterfield, profesor de literatura clásica en la Universidad de Cambridge, que, cuando en 1900 apareció la primera publicación, la palabra que cerraba la letra A fuera absurdus.

La nota comenta que el fundador del T.L.L., Eduard Wölfflin, quien murió en 1908, no describe las entradas como definiciones, sino como biografías de las palabras. La empresa consiste en descubrir y entender absolutamente todas y cada una de las formas en las que cada palabra fue usada. De semejante principio se desprende que la utilidad del T.L.L. abarque, aparte de la comprensión de la literatura, la del lenguaje en sí mismo, así como la de la Historia.

Las fuentes de las palabras estudiadas son textos sobrevivientes que parten del año 600 aC, así como cerca de 10 millones de tarjetas amarillentas, que conforman el núcleo del proyecto, y que se encuentran apiladas en la biblioteca de Múnich en la que ahora trabajan los lexicógrafos. Cada tarjeta recoge un escrito sobreviviente del periodo clásico. Las palabras, acomodadas cronológicamente, se presentan en su contexto: poesía, prosa, recetas de cocina, textos médicos, recibos, chistes groseros, grafiti, inscripciones y cualquier otro asunto que haya sobrevivido las vicisitudes de los últimos 2 mil años. Aproximadamente 90 mil tarjetas recogen la palabra et. El investigador que se ocupó de ella, primero leyó cada uno de los pasajes en los que aparecía, y luego los seleccionó según las diferentes categorías de su uso. La labor le tomó años. Etque por lo general significa y, también puede significar inclusoademáspor otra parte, etcétera.

El T.L.L. no ha sido sólo difícil de producir, sino también de utilizar. Las entradas, escritas en latín, en tipo tupido, en columnas numeradas, subdivididas con numeración romana mayúscula, luego letras mayúsculas, luego números arábigos, lue-go letras minúsculas, luego letras griegas. No obstante las dificultades de lectura que presenta el T.L.L., se trata de un obstáculo esencial de la erudición, según opina Butterfield; y es una herramienta sin comparación para comprender la extensión que el latín abarcó.

El propio T.L.L. ha sobrevivido a un siglo caótico. Una proporción considerable de su personal murió en combate al principio de la Primera Guerra Mundial. Durante la Segunda, las tarjetas fueron transportadas a un monasterio para resguardarlas de los bombardeos. En respuesta al temor de ataques nucleares durante la posguerra, se transcribieron en microfilm, que fue resguardado en un búnker debajo de la Selva Negra, donde se encuentra hasta el día de hoy junto con otras obras culturales significativas.

Para cerrar su colaboración en La Voz Brava, Clarisa Landázuri anota que en la tarde hojearía y acariciaría cada uno de sus variados diccionarios, desde los más añosos en su poder, como los dos volúmenes de The Reader’s Encyclopedia, de William Rose Benét, de 1965, hasta los más recientes, como por ejemplo el Diccionario panhispánico de dudas, de la Real Academia Española, de 2005.

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