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La muerte del legendario guardameta argentino Raúl Amadeo Carrizo (Rufino, provincia de Santa Fe 1926–Buenos Aires 2020) trae a mi memoria el primer torneo pentagonal jugado en la capital del país. Por aquel entonces (1958) los clubes mexicanos carecían de roce internacional, limitado este a la visita de equipos, preferentemente sudamericanos, que como parte de alguna gira por la región sostenían una serie de partidos amistosos en nuestro país contra cuadros locales. Alguno dejó honda huella en el ánimo de los aficionados –como el Vasco da Gama de 1949, base de la selección brasileña protagonista del infausto maracanazo al año siguiente–. Por cierto que el Puebla sostuvo un duelo de poder a poder con otra versión del Vasco –no tan buena como la anterior– el 14 de febrero de 1953, levantándose de un 0–3 hasta un 3–3 de alarido. Para estar a la altura, la Franja se había reforzado –otra costumbre de la época–con el cañonero uruguayo del Necaxa Julio María Palleiro, y el charrúa se despachó con un espléndido terceto de goles. Pero, además, hizo perder la cabeza a los cariocas porque, cada vez que anotaba, se levantaba la casaca franjada y les mostraba la celeste de su país que llevaba debajo. Episodios de esta naturaleza adobaban las llamadas series internacionales, único platillo extranjero del menú que la afición mexicana de aquellos años podía degustar.

¡Nadie podía imaginar que nuestro país alojaría algún día dos Copas del Mundo, ni que equipos mexicanos destacados llegarían a participar en la Copa Libertadores de América!

El antecedente. En ésas estábamos cuando la Femexfut decidió organizar el Panamericano de Selecciones de 1956, ganado por un Brasil representado por su combinado de Río Grande do Sul, dejando como segunda a la Argentina que un año después haría historia en la Copa América del 57 en Bogotá (Domínguez, Sívori, Angelillo… los defensas Ferrari y Schandlei se quedaron en México y Pedro Dellacha llegó posteriormente al Necaxa, como el brasileño Oreco, ya veterano, al Toluca, luego de asistir como suplente al mundial Suecia 58, primero que ganó la verdeamarelha). En aquel panamericano México terminó cuarto, empatado con Perú y por delante de Chile. Con el campeón Brasil perdimos 1–2 y 0–2 con los peruanos, para empatar sin goles con Argentina y a uno con los ticos, que fueron la sensación hasta que Brasil los aplacó (7–1). Entrenó al Tri –todavía no nombrado de esa manera– el español avecindado en México Antonio López Herranz.

Se jugó en el flamante estadio de la CU, y gracias a la respuesta del público quedó sembrada en los dirigentes una semilla que pronto fructificaría. En vez de las antiguas series internacionales, un torneo a puntos entre clubes mexicanos y extranjeros.

Clima de pasión. Aunque la primera aproximación fue un flojo cuadrangular ganado por el Peñarol en enero–febrero del 57 –sobre Rácing de Avellaneda, Guadalajara y Atlante–, la costumbre quedó implantada: finalizado el torneo mexicano de liga, el campeón y dos equipos más, con inclusión de al menos uno de la capital, contenderían con un par de foráneos de buen cartel para jugar todos contra todos, incluso con jornadas dobles muy animadas. Habían nacido los Pentagonales, que prendieron rápidamente entre la afición, con televisión en directo y gran respaldo mediático; la pasión popular logró entonces lo que las series tradicionales rara vez consiguieron: que los conjuntos de fuera se tomaran en serio su participación y apretaran de firme durante el breve torneo, lo que iba a ocasionar no pocas rivalidades e incluso broncas y controversias  que le agregaban sabor al caldo. Las principales figuras eran objeto de entrevistas diarias, firmas de autógrafos en céntricos almacenes y seguimiento mediático de sus entrenamientos y declaraciones.

Pentagonales. Se celebró el primero en febrero de 1958 con la participación del Botafogo (Nilton Santos, Didí y Garrincha serían a los pocos meses campeones del mundo), el River Plate (Carrizo, Rossi, Prado, Menéndez, Labruna), y por México el campeón Zacatepec (que hizo el ridículo), el aguerrido Toluca (que goleó 3–0 al River y terminó tercero con 4 puntos); el Guadalajara, que derrotando a los dos colosos sudamericanos (2–0 al Botafogo y 1–0 al River) se coronó con 6 puntos, uno por delante de los cariocas. A 2 puntos por partido ganado, no 3 como ahora. Se iniciaba la gloriosa leyenda de las Chivas Rayadas.

En 1959 la atracción principal fue el Santos de Pelé, campeón del mundo a los 17 años. Por primera vez se contó con el concurso de un equipo europeo, el monarca checo Uda Dukla, con varios futuros subcampeones del mundial Chile 62 en sus filas (Novak, Pluskal, Jelinek y el gran mediocampista Josef Masopust, Balón de Oro europeo en 1962). Los esperaban el recién coronado Guadalajara, el América y el León. Naturalmente, se impuso el virtuosismo de los paulistas (6 puntos), pero la gente los despidió con abucheos y tomó partido por los checos en el cerrojazo, ganado 4–3 por los de Masopust en medio de una bronca originada por la agresión del arquero santista Manga a un fotógrafo que, ya sobre la hora, se negó a pasarle un balón que tenía al lado, en una época en que todo el partido se jugaba con la misma pelota. Guadalajara y Dukla terminaron con 5 unidades, con 4 el América (goleado 0–5 por Santos) y el León sin puntos.

Así se fueron sucediendo los pentagonales, con gran éxito de público, mucha pasión y aplicación total de jugadores y equipos. Pudimos disfrutar de auténticas figuras mundiales, aunque nunca las de equipos españoles o italianos, enfrascados por esas fechas en sus ligas nacionales. El III Pentagonal (1960), lo ganó el Toluca, empatado en 6 puntos pero superando por goleo al gran San Lorenzo de Almagro de Sanfilipo, Facundo, Ruiz, Lallana y Boggio; decepcionaron, en cambio, el Fluminense carioca y el Guadalajara, otra vez campeón. Nada más concluir este torneo se inauguró el Estadio Jalisco con otro Pentagonal, en el que arrasó el Sao Paulo que dirigía Vicente Feola –DT del Brasil glorioso de 1958–y que traía al también campeón mundial Dino Sani, además de cracks como Adhemar, Bazzani y Rinaldo. El San Lorenzo consiguió igualarles a dos y también en el puntaje (6), pero el Sao Paulo los aventajó a todos en goleo, luego de despacharse con la cuchara grande ante Chivas (0–6) y Oro (0–4). De los tapatíos el que mejor papel hizo fue el Atlas, 0–0 con los brasileños y vencedor de sus dos coterráneos. Iban a quedarse en el Oro el formidable central del Sao Paulo Adhemar y el suplente Carlito Peters, que fue DT del Puebla en los 70. También Lalá, segundo arquero paulista, con el Atlas. En lo sucesivo, y por un corto número de años, Guadalajara seguiría teniendo su propio torneo pentagonal.

El de 1961 en la capital lo ganaron las Chivas sin mucho brillo, relegando al segundo puesto a un Santos bastante disminuido (a Pelé lo lesionó el necaxista Dellacha la noche de la memorable victoria rojiblanca por 4–3); en el 62 se impuso el Botafogo, a cuyos ases de antaño –incluido el gran Garrincha–se agregó Amarildo, que le hizo un golazo de chilena al América (1–2) y se coronaría en el mundial Chile 62 al entrar por Pelé. Al Atlante, que derrotó a los cariocas (2–0) y terminó segundo tras vencer al otro foráneo, Ujpest de Hungría (2–1), lo perjudicaron sus resultados con los locales América (0–2) y Toluca (1–1). El VI y último pentagonal, en 1963, ganado finalmente por un Vasco da Gama rudo en exceso, lo abrió el Guadalajara con una exhibición memorable frente al retornado Dukla Praga (2–0, goles de Chava Reyes y Héctor Hernández), y a punto estuvo de vencer al Vasco con todo y sus triquiñuelas (1–1), pero fracasó ante los locales América y Oro, siendo los azulcremas, terceros de la tabla final, el cuadro mexicano mejor colocado.

Tapatíos. El de 1961 en el Jalisco lo ganó el Santos, ya recuperado Pelé de su lesión ante el Necaxa: como cierre ofrecieron un partidazo muy recordado contra el América de Río (3–3), que terminó segundo delante del América nuestro, el Atlas y el colero Chivas. Al año siguiente, por fin un título para el Guadalajara en su terruño, aunque no pasara del empate con la U de Chile –cuajada de talentos que conquistarían el bronce para su país en el Mundial de ese mismo año, como los defensas Eizaguirre y Sepúlveda, el medio Eladio Rojas y los delanteros Toro y Tovar–; el otro club extranjero fue el Flamengo de Río, que terminó tercero detrás de los chilenos y delante del Atlas y el Oro.

Por alguna razón, los pentagonales tapatíos, excepto el primero, no levantaron el alboroto que sí causaban los de la capital. Tanto que para 1964, el DF organizaba su primer torneo  hexagonal –tres nacionales y tres foráneos–, mientras Clubes Unidos de Jalisco se asociaba al Monterrey para compartir la sede de su último y fallido evento, ganado por el Palmeiras paulista al Vasas de Hungría; Monterrey quedó tercero y hasta el Nacional de Guadalajara, a punto de caer a Segunda División, hizo mejor papel que el colero Atlas.

Aún darían mucho juego los torneos internacionales capitalinos, primero en CU y a partir de 1967 en el recién inaugurado Estadio Azteca. Buen tema para el próximo Semanálisis.

 
 
 
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