El crecimiento de la pandemia en México nos confronta con un dilema que no parecería tener solución: cuidar la salud a toda costa o mantener el empleo. Uno de los grandes logros del capitalismo ha sido el desarrollo de la división del trabajo, división social (por tipos de productos) y técnica (por operaciones específicas). Para Adam Smith y David Ricardo, los economistas clásicos, la riqueza de las naciones se explica por el desarrollo de estas dos formas de la división del trabajo. La social no sólo a escala nacional, sino también internacional: si Portugal produce vinos para sí misma y para Inglaterra, y ésta produce textiles para sí y para Portugal, el nivel de vida en ambos países aumentará (la teoría de las ventajas comparativas de Ricardo). La técnica: las manufacturas (incluso antes de las máquinas) reunían a varios trabajadores en un local. Uno estiraba el alambre, otro lo cortaba y el tercero soldaba la cabeza (que un cuarto había hecho) para producir alfileres mucho más baratos. Entre los cuatro podrían producir quizás 40 veces (y no 4 veces) más alfileres en una jornada de trabajo, que un herrero trabajando solo. Las manufacturas primero, y luego las fábricas mecanizadas, requirieron decenas, centenas y millares de trabajadores reunidos en un solo lugar, lo que impulsó enormemente la urbanización y desplazó las artesanías y manufacturas rurales. La famosa Carta de Atenas (1933/1942), que es una especie de manifiesto urbanístico, apuesta por una separación funcional de los lugares de residencia, ocio y trabajo poniendo en entredicho el carácter y la densidad de la ciudad tradicional (Wikipedia). La Carta consagró e impulsó algo que ya venía ocurriendo: la separación del lugar habitacional del laboral, del escolar y del de compras y servicios, lo cual tiene algunas ventajas ambientales para los barrios habitacionales, pero crea la necesidad de traslados frecuentes y masivos de la casa al trabajo, a la escuela, al súper, que en la modernidad capitalista suelen ser lugares con 100 o más personas.

En los días sin amenazantes y destructivas epidemias en curso, el problema es la congestión de las vías de traslado y el hacinamiento en los medios colectivos de transporte y su costo en términos de tiempo, incomodidad y estrés. En el trabajo (oficina, tienda, fábrica), muchas personas realizan tareas en las cuales tienen que estar muy cerca, físicamente, de otras. En días sin Covid-19, ni en el transporte ni en el trabajo suele haber Su-sana Distancia. Desde que se cerraron las escuelas y universidades en todo el país, y desde que la población tiene sano miedo al virus (y, por tanto, ha pospuesto todas las salidas no indispensables del hogar) hemos visto los medios de transporte mucho menos congestionados, casi vacíos. Quien sigue yendo a trabajar en un transporte colectivo podría lograr, por tanto, Su-sana Distancia. Pero ello no es suficiente para evitar el contagio. En el transporte público uno toca, inevitablemente, diversas superficies metálicas donde puede haber virus vivos (porque una persona infectada tocó el lugar antes) que pasan a nuestras manos y de ahí, fácilmente a boca, nariz u ojos. Ese riesgo sólo se puede disminuir usando guantes que se puedan limpiar adecuadamente o con medidas de higiene muy estrictas en el transporte. En los medios colectivos, deberían hacerse desinfecciones continuas de esas superficies y, a la entrada, las manos de todas las personas deberían recibir gel antibacterial. Además, toda persona debe lavarse las manos antes de salir de casa y al llegar a su destino. En algunos lugares de trabajo, y de consumo (como restaurantes), es factible reorganizar el espacio y/o des-sincronizar los horarios para lograr Su-sana Distancia. Eliminar parte de las mesas en restaurantes y agrandar las restantes para que haya más distancia entre comensales. El personal de todos los establecimientos que tengan contacto con el público debería estar sujeto a exámenes de detección del Covid-19 y tomas diarias de temperatura.

Dicho lo anterior, vuelve a la mente Keynes (y, desde luego Marx), quienes nos hicieron conscientes que si el nivel de consumo disminuye (por cualquier razón, como ahora por la pandemia), los productores de bienes y servicios mercantiles no podrán vender su producción, acumularán inventarios y tendrán que reducir la producción y despedir empleados. Nos cae el veinte que consumir se ha vuelto la función económica principal de la mayoría. Resultan repugnantes (y deberían reclasificarse como ilegales, usando las facultades que el artículo 29 constitucional otorga al Presidente de la República en casos de graves peligros sociales), los despidos que algunas empresas están haciendo en estos momentos. Son alentadoras las medidas que algunos sindicatos y empresas están tomando, de reducir salarios para evitar quiebras y despidos. Además de las intervenciones directas de los gobiernos federal y de la Ciudad de México en apoyo a las pequeñas y microempresas (y adelantando las transferencias monetarias para sostener la demanda), la única salida para evitar una espiral recesiva gigantesca, con hambre que puede ser mucho más grave que la pandemia, es la solidaridad de todos. Quienes no hemos perdido nuestro empleo y tenemos el mismo nivel de ingresos, mantengamos nuestro nivel de consumo y démosle un giro. Los millones que van a cancelar su viaje de vacaciones en Semana Santa, no guarden lo ahorrado en el cochinito o en el banco. Llamen al carpintero, al plomero, al tapicero, al arquitecto y el albañil, para que hagan lo que les hace falta en casa y habían pospuesto. Si les da miedo ir a un restaurante, pidan comida a domicilio. Compren en la tienda de abarrotes de la esquina en vez hacerlo en los grandes supermercados, aunque les salga un poco más caro. Si tienen personal de servicio en sus hogares, manténgales su sueldo y pídanles que se queden en sus casas. Pongámonos de acuerdo, en nuestros trabajos, para donar varios días de nuestro sueldo para apoyar a quienes hayan perdido su empleo en cualquier lugar del país. Los empleados de los poderes Ejecutivo (incluyendo a todos los maestros de todos los niveles), Legislativo y Judicial, y de las fuerzas armadas y de la guardia nacional, pueden y deben hacer lo mismo.

Andrés Manuel López Obrador puede ordenar la reducción de los gastos en el Tren Maya, en la refinería de Dos Bocas y en el aeropuerto de Santa Lucía (minimizando el impacto negativo en el empleo, pero posponiendo compras de importación), y dedicar los recursos así ahorrados a apoyar el empleo y el ingreso de las personas en todo el país. La esencia de la economía moral es que la vida y el bien-estar de las personas están por encima de todo lo demás, incluyendo sus prejuicios sobre la maldad intrínseca de la deuda. No señor, endeudarse para salvar vidas es su obligación. Es un acto supremo de Economía Moral.

www.julioboltvinik.org

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