El iceberg estaba allí y nadie lo vio, o nadie lo quiso ver. La 4T con su capitán al mando se dirigió de frente hacia él. La mayoría de los oficiales del navío no se atrevió a decirle nada. De hecho, lo elogió por su decisión personal y, ante quienes dudaban, hablaron del capitán como un personaje aparte, al que no le pasaría nada. Algunos pasajeros le advirtieron que, si seguía en ese curso, inevitablemente chocaría con el témpano de hielo, que ya estaba a la vista, pero él, imperturbable, decidió que no pasaba nada. Es más, aceleró. Luego del choque, uno que otro ha intentado bajar las lanchas de salvamento, aunque puede ser demasiado tarde. Como el Titanic, la 4T chocó contra un inesperado obstáculo y los errores cometidos la están hundiendo.

La 4T, con la crisis mundial del coronavirus, está mostrando su enorme talón de Aquiles. Se llama Andrés Manuel López Obrador y su expresión más evidente es el culto a la personalidad que él mismo y sus seguidores más fanatizados han alimentado. En las últimas semanas han aflorado todas las debilidades que un gobierno autocrático conlleva. Si el que está al frente se equivoca y además de terco es incapaz de admitir que se equivoca, el fracaso es inevitable. Ni siquiera vale la pena extenderse en los desplantes absurdos del Presidente, con sus estampitas milagreras, que solo muestran su enorme superficialidad y carencia de estatura política. Es penoso ver a sus allegados arrastrarse en la más vil servidumbre y abyecto fanatismo, alrededor del culto al líder. Pero indigna aún más el culto a la personalidad que se está fomentando en las comunidades más pobres y necesitadas; poner a los niños a recitar loas y cantaletas a la gloria del líder salvador es una infamia, que solo sirve para alimentar el ego del Presidente y arruinar la capacidad de discernimiento de la infancia. Tendrá efectos muy nocivos en el futuro, porque esos niños crecerán adoctrinados y acostumbrados a depender del líder, en lugar de haber aprendido a pensar y a ser críticos. 

Pero el Presidente está más preocupado por su imagen que por la gente. Evidentemente se inquietó más por la economía (que él ha debilitado con sus errores), que por la población más vulnerable. Aguantaron en la llamada Fase 1 hasta el final, sabiendo que eso tendría consecuencias en el número de infectados. Saludó y besó para dar el ejemplo de que no pasaba nada. Después de todo ¿a quién le interesa la gente de la tercera edad? Evitó el cierre de eventos y comercios porque sabe que eso le pegará al crecimiento económico (a pesar de que él ha dicho que éste no importa) y prefirió que la epidemia se propagara. O esperó que un milagro la detuviera. No va a suceder. Los milagros no existen. Solo la previsión de los ciudadanos y algunos gobiernos locales evitará lo peor. Pero, la gente le va a pasar la factura a sus dirigentes, aunque el culto a la personalidad se siga alimentando y los esbirros más rastreros lo sigan elogiando. Y así, el barco, como la 4T, está en riesgo de irse a pique, como el Titanic, por la impreparación, arrogancia y egocentrismo de quien está al mando.

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