Apaciblemente, el corazón de Ignacio Trelles Campos dejó de latir la madrugada del martes 24. Había nacido en Guadalajara el 31 de julio de 1916 y era un Leo clavado: reflexivo pero apasionado, tranquilo pero capaz de arrebatarse, amante del trabajo bien hecho sin caer en la manía perfeccionista, fiel perseguidor de la justicia dentro y fuera de la cancha. Y un gran entrenador, el más ganador en la historia del futbol mexicano, el que hombre modeló con mano maestra nuestra primera gran selección mundialista, la de Chile 62. Y fundamentalmente un hombre bueno, querido por cuantos lo trataron y trabajaron con él.

Yo sólo tuve el gusto de conocerlo como periodista, pero la larga entrevista que me regaló en el Mesón del Ángel en una tardenoche para mí inolvidable, misma que titulé con una frase suya –“Mis neuronas y mis hormonas funcionan divinamente” (La Jornada de Oriente, 24 de abril de 1991)–, sigue estando entre mis favoritas: ese día me convencí de que de los alcances de una entrevista dependen en mucho de la calidez humana del entrevistado. Tenía ya sus buenos 75 años y acababa de calificar al Puebla a la liguilla como DT emergente tras la indecorosa fuga del brasileño Jorge Viera. Sería su último capítulo como entrenador, a más de 40 años de su debut al frente del Zacatepec en Segunda División.

Mismo Zacatepec al que, después de ascenderlo, hizo dos veces campeón de liga (54–55 y 5758); lo había hecho ya con el Marte de Cuernavaca (53–54) y después, por partida doble, condujo hasta el título mayor al Toluca (66–67 y 67–68) y al Cruz Azul (78–79 y 79–80). A esas siete ligas ganadas (nada de minitorneos, ligas de verdad) hay que agregar las tres veces que alzó la Copa México, con Zacatepec (56–57 y 58–59) y América (63–64), y tres más como Campeón de Campeones (con el Zacatepec 57–58 y el Toluca en 65–66 y 66–67). En sus últimos años se le podía ver en el campo de entrenamiento del Cruz Azul, preparando con esmero a las fuerzas básicas; y a un ladito del campo, observando atentamente, por puro interés futbolístico, los entrenamientos del equipo mayor.

A su muerte, le han rendido espontáneo tributo muchos de sus dirigidos a lo largo de más de cinco decenios como entrenador de primera línea, con su ideal futbolístico puesto en el dinamismo incesante del básquetbol –su otro deporte favorito: también le gustaban mucho los toros–, pero con los pies bien plantados en la tierra para aceptar las características y limitaciones de sus dirigidos y aconsejarlos con sabiduría de mentor a fin de extraer lo mejor de cada uno de ellos con tal poner sobre el campo equipos bien equilibrados, como fueron todos los suyos. Por eso fue tan respetado y querido, al margen de apasionamientos momentáneos, este hombre de trato sencillo, corazón noble, piernas torcidas e ideas lúcidas bajo la infaltable cachucha que siempre lo distinguió.

(Todos los datos puntuales están tomados de la “Historia estadística del Futbol Profesional en México”, la magna obra del tan querido y recordado Isaac Wolfson).

HexagonalesY vamos a lo prometido una semana atrás. Visto el éxito arrollador de los seis Pentagonales capitalinos, entre 1958 y 1963, el paso siguiente sería un torneo hexagonal, agregándose a los dos visitantes un equipo extranjero más. Su estreno, en enero de 1964, fue a todo lujo, ya que se contrató nada menos que a la Selección Soviética, campeón vigente de la Eurocopa y uno de los favoritos fijos para los mundiales de la época.

Aquella URSS acudió a la cita sin la Araña Negra Lev Yashin, su estrella máxima. Por lo demás, estaban todos los titulares que ese año defenderían en Madrid su título europeo. Y fueron los amos del hexagonal, sencillamente porque trajeron un equipazo. En su estreno habían vapuleado severamente al subcampeón América (5–0), pero el Necaxa les opuso bizarra resistencia (1–2) y casi pierden con el Guadalajara (otro 1–2, revirtiéndole el marcador al Rebaño en los minutos finales). Empataron a uno con el Partizán de Belgrado pero golearon 4–0 a un flojo Sao Paulo. El Necaxa, la gran sorpresa, quedó segundo, luego de vencer a los dos nacionales y a los paulistas tras perder por la mínima con Partizán, tercero por delante de las Chivas, que venció de los yugos (4–1) pero no pasó del empate con Sao Paulo y el colero América, goleado 14 en el único triunfo brasileño.

El siguiente hexagonal, en enero–febrero de 1966, lo ganó el Atlas con 8 puntos, mismos que sumó el Sparta de Praga, armado en torno a su divo Andrej Kvasnak. Hacían los rojinegros un futbol delicioso, los Niños Catedráticos les decían, subcampeones en la liga recién terminada. Y contaban con personal tan fino como el “Campeón” Hernández, los hermanos Chuy y Pepe Delgado y una media

–Padilla y Magdaleno Mercado– que jugaba por nota. Se coronaron invictos, luego de alcanzar dramático empate a dos en su estreno ante los checos gracias a un golazo de Enrique Borja, solicitado a Pumas como refuerzo. Otro punto les birlaron las Chivas (0–0), pero superaron a la temible selección de Alemania Oriental (2–1), al América (1–0) y a un marrullero y rudo Vasco da Gama (2–0). El Sparta, también invicto y con 8 puntos, quedó segundo por promedio de goles. Los alemanes del este, con un equipo no tan virtuoso como sólido y luchador alcanzaron 5, mismos del Guadalajara, con quien igualaron a 4 tantos en partido de alarido. Y al fondo de la tabla el campeón América (2) y un decepcionante Vasco da Gama (2), ambos sin triunfo (recordemos que se obtenían 2 puntos por juego ganado, no 3 como en la actualidad).

Gresca, aberración y poco futbolEn el III Hexagonal capitalino –a mediados de 1967, ya en el Azteca y con participación, al fin de equipos del occidente europeo, aunque francamente mediocres los tres– ocurriría un hecho que ni siquiera el VAR hubiera sido capaz de prohijar: resulta que al encuentro definitivo arribó el Español de Barcelona con un punto más que la Selección Nacional (7 vs. 6), y se registró, casi al final del primer tiempo, un gol mexicano frenéticamente protestado por los catalanes, que le armaron al árbitro una bronca descomunal que les costó dos expulsiones. Zarandeado y confundido, aquel juez, que era el italiano Diego de Leo, de infausta memoria en el futbol mexicano, mandó a los dos equipos al vestidor antes de tiempo. México estaba teóricamente arriba 1–0, pero antes de empezar la segunda mitad, el sonido local informó que el gol mexicano quedaba invalidado, al tiempo que confirmaba las expulsiones. Once contra nueve, poco chiste tuvo la coronación del Tri, un fácil 3–0 que no convenció a nadie. El once ibérico se dio por estafado, seguido en la tabla por el América (5 puntos), el italiano Bolonia (4), el campeón Toluca y los ingleses del Sheffield Wednesday (ambos con tres puntitos). Fue el torneo más desangelado y gris de todos los celebrados hasta entonces.

En cambio en el III Hexagonal, de enero–febrero de 1968, se vio gran futbol. Lo ganó el Botafogo (traía un equipazo, incluidos Gerson y Jairzinho, dos gemas del Brasil tricampeón en México 70) a una aguerrida Selección del DF, que se quedó en la orilla (el decisivo lo ganaron los cariocas 0–1 con gol de Jair). Invictos, los dirigidos por Mario Zagallo sumaron 9 unidades (sólo el Estrella Roja de Belgrado consiguió sacarles dramático empate a 2), terceros quedaron los yugos (5), capitaneados por el fabuloso extremo zurdo Dragan Dzajic y con un equipo serio, fuerte y capaz, todo lo contrario del Ferencvaros de Hungría, que defraudó, con todo y su mediocampista estrella Florian Albert, igualado a puntos con la floja Selección Jalisco (4); el Toluca, en tristísimo estreno de su bicampeonato de liga, sumó cinco derrotas y 0 puntos. Y eso sería todo en materia de hexagonales.

A la bajaYa con la atención de la gente puesta en el inminente mundial México 70, y pensando básicamente en foguear a la selección, se anunció, a principios de ese año, un Pentagonal que no le aportó nada a la Nacional: su empate a 2 con el Guadalajara se debió, según la gente, a descarado robo arbitral, y ni así pudieron alzarse con el trofeo, que ganó el siempre correoso Partizán (6 puntos) por 5 de la Selección y un sótano mediocremente compartido (3) por Chivas, Spartak de Praga y la caricatura del Botafogo.

Fue el simbólico telón para los torneos a puntos que alguna vez habían apasionado a México entero. Después, de manera dispersa, siguió habiendo torneos internacionales, pero de corta duración, escasa repercusión y carentes por completo del atractivo de los de la buena época. Tanto que no consiguieron dejar recuerdo alguno, ni bueno ni malo.

Adiós a Tokio 2020Se veía venir y tal cual se esperaba sucedió. De manera oficial, 2020, el año de la gran peste, se queda sin juegos Olímpicos. Era lo que aconsejaba la mahadada pandemia que mantiene al mundo en vilo y tiritando.

Cuídese usted. Cuidémonos todos. Pero sin paranoias, por favor.

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