Con el cierre de marzo culminó el segundo mes completo de la pandemia, cuya evolución traza diariamente la OMS desde finales de enero. Las cifras extremas del periodo son ilustrativas. Al 30 de enero y considerada emergencia de salud pública de alcance internacional, se registraban 9 mil 826 casos en 19 países (9 mil 720 en China) y 215 defunciones (2.19 porciento). Al 31 de marzo y calificada de pandemia de muy alto riesgo a nivel global, los casos sumaban 750 mil 890 y las defunciones 36,405 (4.85 por ciento). La OMS no divulga proyecciones. (El modelo Fauci-Birx para EU, divulgado el 31 de marzo, prevé más de un millón de contagios y entre 100 mil y 240 mil decesos, incluso con las medidas de contención ya adoptadas.) Las muy dispares trayectorias de la pandemia que se han propalado, cubren comunmente el resto del año y a veces los primeros meses del siguiente. 2020 será recordado como el año del coronavirus.

Esas trayectorias dependen de la naturaleza, alcance y rigor de las medidas de contención y control que aplican los países –diversos en su contenido específico, pero ajustadas a un diseño general y con rasgos comunes muy reconocibles– y su comportamiento en un plazo más largo, del momento en que se disponga de vacuna(s), tratamiento(s) o ambos, efectivos y generalizados.

Desde el principio se ha reconocido que la pandemia conllevará un costo económico y social muy elevado. Por lo pronto, puso fin a las expresiones de incierto optimismo que se filtraron a algunas predicciones de año nuevo de los organismos financieros internacionales. Otros enfoques las sustituyeron. La OCDE, por ejemplo, advirtió que por cada mes de medidas de contención, habrá una pérdida de dos puntos en la tasa de crecimiento. Con un alza esperada de 3.4 por ciento en 2020, tras dos meses de contención, el crecimiento económico mundial ya debe encontrarse en terreno negativo.

Por ello, en casi todos los casos, las estrategias contra la pandemia han sido complementadas por el anuncio de políticas y acciones nacionales para atenuar los efectos negativos sobre la economía, el comercio y el empleo. Sin embargo, hasta ahora, tanto en materia de salud como en el campo económico, ante una amenaza global, presente e inmediata, solo se han ofrecido reacciones nacionales, respuestas parceladas.

El intento más estructurado de integrar alguna respuesta o aproximación global a la pandemia y sus consecuencias económicas y sociales fue realizado por el G20, a través de una cumbre virtual convocada por su presidente en turno, el monarca saudita, y realizada el 26 de marzo. (Días antes, bajo la coordinación de Mike Pompeo, un encuentro virtual de los ministros de Exteriores del G7 “había concluido sin emitir un comunicado final por la insistencia estadunidense de que se designara como ‘virus de Wuhan’ al Covid-19”, según informó el Financial Times.)

Fiel a su costumbre, el G20 aprobó un comunicado largo y detallado, con todas las expresiones que eran de esperarse, todas incontrovertibles en abstracto: Estamos decididos a no escatimar esfuerzo, tanto individual como colectivo, para proteger vidas; salvaguardar empleos e ingresos de las personas; restaurar la confianza, preservar la estabilidad financiera, reactivar el crecimiento y alcanzar una recuperación sólida; minimizar las disrupciones al comercio y a las cadenas globales de suministro; proporcionar asistencia a todas las naciones que la necesiten, y asegurar la coordinación de las acciones financieras y las de salud pública. (G20, Leaders Statement).

Incluso un rápido repaso de las medidas económicas, comerciales y financieras adoptadas por gobiernos del G20 en la semana transcurrida desde su reunión virtual, pondría de relieve que han abundado las que contradicen la letra y el espíritu de la declaración de sus líderes.

Quizás el ejemplo más evidente sea el forcejeo internacional por asegurar abastos y ampliar existencias de batas, guantes, mascarillas, ventiladores y otros artículos más demandados en tanto más se extienden la pandemia y los esfuerzos para contenerla. El interés nacional inmediato se prioriza y la búsqueda de soluciones racionales de reparto y distribución de artículos insuficientes se deja para un futuro indeterminado... y para el lenguaje de las declaraciones.

En el seno de la Unión Europea ha sido monumental el desacuerdo que se manifestó en una larga teleconferencia de los líderes de los 27, a finales de marzo, acerca de cómo financiar el esfuerzo conjunto para reparar el daño económico causado por el Covid-19. Las crónicas de prensa muestran un choque entre los gobiernos de Berlín y La Haya con los de París, Madrid y Roma, según nota del Financial Times.

Ni las rebatingas por suministros ni los enfrentamientos políticos constituyen buen augurio para los meses extremadamente difíciles que se avecinan. 

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