En 2011, la ONU llamó a los gobiernos a prohibir el confinamiento solitario de presos por considerarlo una práctica equiparable a la tortura. Y es que se ha demostrado que bastan unos días de encierro total para comenzar a perder el sentido de realidad y que pasar más de una quincena en aislamiento absoluto puede dejar secuelas psicológicas.

En el documental Solitary (2016), la directora Kristi Jacobson visita una cárcel de máxima seguridad en Virginia, Estados Unidos, donde los reos viven en celdas de 3 x 2,4 metros, y permanecen dentro de ellas veintitrés horas al día. El director del penal dice que, si los presos muestran buen comportamiento, pasado un tiempo se les permite tener más cosas de las esenciales. Por ejemplo, pueden aspirar a tener una televisión. Algunos reos entrevistados hablan con entusiasmo de ese privilegio. Otros, como Dennis –que lleva ahí diecisiete años–, dicen que la televisión les hace el encierro más intolerable. Las películas lo deprimen porque le traen recuerdos de un tipo de vida que no se parece a la suya.

Nadie en su sano juicio se atrevería a comparar sus días de encierro por cuarentena con la experiencia de un preso. Aun así, las palabras de Dennis explican la mezcla de irritación y nostalgia que, en las últimas semanas, genera ver historias situadas en la era previa a la pandemia, donde los personajes se tocan, comparten cubiertos y no guardan una sana distancia. Hablo por mí, pero varios me han dicho algo parecido: esta vez el cine no estaba sirviéndoles de válvula de escape. Vaya ironía la de tener tiempo casi ilimitado para ver películas, y descubrir que esas películas llevan a preguntarse si el mundo en el que ocurren –sus costumbres, su desenfado, sus actividades– ha quedado atrás.

Pero, así como el cine de calles pobladas se volvió utópico (o amenazante), las películas sobre personajes en distintos grados de reclusión comenzaron a devolvernos reflejos de nuestra vida diaria. De pronto, uno puede reconocerse, aunque sea fugazmente, en historias sobre personas encerradas contra su voluntad (el documental mencionado o películas sobre secuestros), personas escondidas para protegerse de una invasión (La habitación del pánico, de David Fincher) o sobre participantes voluntarios de experimentos sociológicos (The experiment, de Oliver Hirschbiegel). Todas ilustran por qué el confinamiento es tortuoso. Sin embargo, no exploran uno de los efectos más fascinantes (por así llamarlo) del aislamiento: la invención de compañía imaginaria como una estrategia del cerebro para compensar la ausencia de interacción real. No siempre esta compañía imaginaria es humana ni amigable. Las alucinaciones pueden tomar formas monstruosas que desafían la lógica de lo posible, causando un terror que parte del aburrimiento y la soledad.

Las historias que reflejan esto se sienten más cercanas que nunca porque, según los estudios sobre los efectos del aislamiento, la invención de “presencias” suele ocurrir en interiores, donde los objetos inanimados permanecen en el mismo lugar. Esto ocurre porque la parte del cerebro habituada a procesar una gran cantidad de estímulos deja de recibirlos, pero el sistema nervioso sigue disparando señales. Sin la información suficiente, el cerebro “completa” esas señales a su manera. Ávidos de sentido, somos capaces de crear un mundo imaginario –con todo y desafíos–. Pelear contra otro es una forma de existir. Según los psicólogos del confinamiento, sin retos imaginarios las personas encerradas dudarían de su propia existencia.

Aunque estos estudios hablan de casos extremos, es tentador usarlos como marco teórico para revisar ciertas películas. Quedarían excluidas las que, como mencioné arriba, incluyen a personajes que entienden el porqué de su encierro. Al parecer, quienes tienen clara su situación desarrollan estrategias para tener el cerebro activo: planean escapes, resuelven cálculos, evocan recuerdos. Incluso hacen cosas que parecerían síntomas de locura, pero que, en realidad, buscan ahuyentarla. Es el caso de la “amistad” entre el protagonista de Náufrago, de Robert Zemeckis, y el balón de voleibol al que bautiza como Wilson. El famoso personaje interpretado por Tom Hanks nunca pierde de vista que ha antropomorfizado un objeto: “hace como” que tiene un amigo, pero nunca lo confunde con un humano real.

Escribo esto a la mitad del periodo de resguardo impuesto por las autoridades. Seguramente se extenderá. En todo caso, pasarán semanas, incluso meses, antes de que nos parezcan seguras las viejas formas de socializar. Mientras tanto, propongo la compañía de tres películas sobre mujeres amenazadas por el mundo de afuera: Suspense (1961), de Jack Clayton; Repulsión (1965), de Roman Polanski; y Safe (1995), de Todd Haynes. Ninguna de sus protagonistas tiene claro qué las persigue y buscan refugio en espacios físicos que las alejan del mundo y de la sanidad mental: una mansión majestuosa, un departamento común y una burbuja aislante parecida a un iglú.

Si los entes sobrenaturales fueran creaciones de un cerebro necesitado de compañía, todo cuento de fantasmas podría ser leído como el diario de un humano aislado. Ningún relato ha sugerido esa posibilidad con la eficacia de Otra vuelta de tuerca, de Henry James. Su ambigüedad descansa en la narración no confiable en primera persona de una institutriz contratada para cuidar a dos niños extraños que parecen comunicarse con una pareja de amantes muertos. Aunque el recurso de la narración no confiable de la novela es casi imposible de adaptar al cine, Suspense es una de las cintas más inquietantes de todos los tiempos. Su director, Jack Clayton, se empeñó en sugerir la posibilidad (propuesta por el propio James en el prólogo a su novela) de que los ruidos y visiones descritos por la institutriz fueran productos de su imaginación. El primer guion de la película, escrito por William Archibald, se inclinaba hacia lo sobrenatural, por lo que Clayton le pidió a Truman Capote que escribiera una segunda versión. Como resultado, la institutriz de Suspense muestra a una mujer (Deborah Kerr) obsesionada con la relación sexual que, antes de morir, sostenían dos empleados en los cuartos de la enorme mansión. Ya que la casa cobijó los actos “sucios” de los amantes, Clayton la convierte en un personaje más: cambiante según la luz del día, laberíntica y enmarañada, y una mezcla de guarida y prisión. Lo más perturbador de Suspense no son las visiones fantasmagóricas que persiguen a la institutriz, sino la relación que esta establece con el niño al que cuida. Ella considera que él está poseído por un fantasma lascivo y se propone “liberarlo”. Hay escenas de seducción mutua más enervantes y aterradoras que un evento paranormal.

Suspense sugiere que la lucha entre el miedo y los deseos reprimidos, si se libra en soledad, puede desembocar en psicosis. También es el tema de Repulsión, sobre una cosmetóloga llamada Carol (Catherine Deneuve) visiblemente perturbada por las manifestaciones de sexualidad que percibe en su entorno: los acosos callejeros, los avances de su novio, los gemidos de su hermana en la habitación de al lado. Tímida y retraída, Carol no verbaliza su rechazo a lo carnal. Apenas y habla. Cuando una amiga le cuenta, entre risas, que vio una película en la que Chaplin se come su propio zapato, Carol suelta carcajadas maniacas. Pronto vuelve a tener una expresión catatónica y a dar la impresión de que habita en un mundo lleno de peligros invisibles para los demás.

Pasado un punto de la cinta, el guión de Polanski y Gérard Brach hace que este mundo de amenazas sea visible (y audible) para el espectador. Cuando la hermana de Carol sale de viaje y esta se queda sola en el departamento, todos los ruidos, sombras y texturas toman la forma de aquello que vivía dentro de su cabeza: hombres que se le abalanzan, la atacan, la violan. (O bien, su cerebro registra cualquier estímulo sensorial y lo hace parte de sus fantasías.) En la mejor secuencia de la película, Carol recorre un pasillo estrecho mientras decenas de manos que emergen de los muros la atrapan y tocan su cuerpo. Ella se abandona, alternando entre el horror y momentos de placer.

Situada a fines de los ochenta en un área lujosa de Los Ángeles, Safe, de Todd Haynes, presenta a un ama de casa también llamada Carol (Julianne Moore) atacada por una supuesta enfermedad ambiental que le causa ataques de tos, dificultad respiratoria y, eventualmente, desmayos. Nadie a su alrededor consigue ayudarla. Los médicos no encuentran el porqué de su malestar y la psicoterapia no alivia su creciente ansiedad. Peor aún, su marido y círculo de amigos –californianos con vidas cómodas– la miran como un bicho raro. Ella, a su vez, no conecta con ellos: no le hacen gracia los chistes que cuentan ni le interesan sus conversaciones. Como la Carol de Repulsión, esta también experimenta el mundo como si fuera un campo minado. Para escapar de los químicos y toxinas que la afectan, se une a un grupo de autoayuda que vive en el desierto. Todos ahí dicen padecer “enfermedad ambiental”. El grupo tiene todos los atributos de una secta, incluido un líder narcisista que pide a sus miembros cortar con sus creencias y su pasado. Carol le informa a su esposo que quiere quedarse ahí. Por fin, dice, ha logrado sentirse “segura”.

Safe es la película más ambigua de Haynes. No necesita elementos oníricos o fantasmagóricos para sugerir un proceso de descomposición mental. Podría leerse como una crítica ambientalista genuina, o como un dardo malicioso a la “cultura del bienestar” (que, en ciudades como Los Ángeles, llega a ser una plaga). Haynes ha dicho que buscaba capturar la confusión y el miedo que provocó el estallido de la epidemia del vih, pero las alusiones al sida son mínimas. Por ejemplo, una amiga de Carol le cuenta que su hermano murió por la infección; le parece inexplicable “porque era un hombre casado”. La vaguedad alrededor del origen del malestar de Carol hace que el eje de la historia sea su vulnerabilidad –y, sobre todo, su huida hacia un mundo más peligroso que aquel del que busca escapar–. En un sentido, Safe es una fábula sobre el negacionismo y la vuelta al pensamiento mágico en tiempos de epidemia. Una forma de confinamiento y delirio; la más extrema y letal. ~

 

 

*Fernanda Solórzano es crítica de cine. Mantiene en letraslibres.com la videocolumna Cine aparte y conduce el programa Encuadre Iberoamericano. Su libro Misterios de la sala oscura (Taurus) acaba de aparecer en España.

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