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Hace un poco más de un mes, cuando en Argentina llevábamos ya tres semanas de cuarentena obligatoria, alguien creó en Facebook, con el objetivo de ayudar a sobrellevar el confinamiento, un grupo llamado “Biblioteca Virtual”. La idea era compartir archivos que “se encuentren liberados en internet o sean de autores contemporáneos que autorizan su circulación en las redes bajo esta modalidad”.

Si se hubiera respetado esa consigna inicial, probablemente este hubiera sido uno más de los miles de grupos que existen en esa red social. Pero cuando empezaron a circular por allí archivos de textos recientes, de libros que se encuentran actualmente en las librerías, sus autores protestaron. No solo ante los administradores del grupo en cuestión, sino también en sus propios muros de Facebook.

Y así surgió una discusión enorme, que durante varios días convocó a prácticamente todos los actores del mundo del libro (escritores, editores, libreros, lectores) y tocó de un modo más o menos directo casi todas las aristas conflictivas del sector en la actualidad: los derechos de autor, la difusión y promoción de la lectura, el precio de los libros, la distribución de los ingresos que produce el mercado editorial, la piratería, si los ebooks son libros o no, si escribir literatura es un trabajo o no, etc. Una discusión que, aunque por momentos se rebajó a un mero intercambio de agravios e insultos, también hizo posible reflotar algunos debates interesantes y necesarios. “¿Escuchan? –bromeó alguien–. Es el campo literario dando muestras de vida”.

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Varios de los autores que reclamaron de manera más visible contra la circulación de los archivos digitales en internet forman o formaron parte de la Unión de Escritoras y Escritores, una agrupación nacida en Buenos Aires en 2017 con el objetivo de “instalar el debate sobre el escritor en tanto trabajador”. Si escribir literatura es un trabajo o no es un debate que viene desde hace mucho –desde al menos un siglo– y que sigue generando posiciones encontradas. El escritor Edgardo Scott planteó en estos días que “los escritores que se identifiquen como trabajadores deberán no identificarse como poetas o artistas […] Ni el poeta ni el artista aspiran a identificarse como trabajadores”.

El caso es que, más allá del aspecto hasta filosófico de la cuestión, los libros se insertan en el mercado y, por lo tanto, se cambian por dinero. Como hemos dicho alguna vez por aquí, quizá escribir libros sea, en término capitalistas, el peor negocio del mundo. Exige muchísimo tiempo y esfuerzo a cambio de (en el ámbito hispanohablante, en la inmensa mayoría de los casos) muy poco dinero. A los autores les corresponde, en general, apenas el 10 % de los ingresos generados por la industria del libro. El 90 % restante se lo lleva el resto de la cadena productiva: editoriales, imprentas, distribuidores, librerías.

¿El reparto de la torta (de por sí pequeña) es injusto? Posiblemente. Ese es otro debate de largo recorrido. Lo que aquí nos interesa es que ese 10 % de lo producido por sus libros representa, para algunos autores, aunque no lo suficiente para vivir de eso (casi todos los que escribimos tenemos que ganarnos la vida de otra forma), sí un ingreso importante. Por lo tanto, que reclamen cuando sienten –como lo sintieron en este caso– que esa fuente de ingresos está en riesgo es comprensible. Y es justo. Y es irreprochable. No solo los autores los autores, sino también el ya citado resto de la cadena productiva: editoriales, librerías, etc.

Porque además, como me decía una amiga librera, la circulación libre y masiva y con tan fácil acceso (un grupo abierto en Facebook) de los archivos conlleva un riesgo mayor: la desvalorización del trabajo. Como si el tiempo y las energías invertidas por escritores, editores, traductores, correctores, diseñadores, ilustradores y demás personas involucradas en la creación de los libros –una industria de la que viven miles de personas– no fueran más que un pasatiempo, un hobby, algo que se consigue gratis, por lo que no vale la pena soltar ni una moneda.

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Dicho todo eso, podemos analizar la cuestión desde otro punto de vista. Desde el punto de vista de la lectura. Citemos para ello a la escritora María Teresa Andruetto, quien difundió uno de los textos más lúcidos de toda la discusión. Comienza así: “Soy escritora, pero también soy lectora. He leído en libros de papel comprados, prestados, fotocopiados, PDF, ebook y todas las faunas. Di durante años clases fotocopiando para todos mis alumnos algún libro que había conseguido y ya no estaba por ninguna parte o era muy caro o los alumnos eran demasiado pobres. Muchos leyeron por primera vez a un/a escritor/a en fotocopias entregadas en mis talleres”.

El derecho a la lectura no invalida a los demás, desde luego. Pero es una realidad insoslayable cuando se habla de la circulación de los textos. Se suele destacar que Buenos Aires es una de las ciudades con más librerías por habitante en todo el mundo, pero para mucha gente –de esta ciudad y del resto del país– los libros son demasiado caros. Las bibliotecas públicas son tan escasas y están provistas tan pobremente que su influencia oscila entre lo imperceptible y lo nulo (este es un debate que también debería darse, y sin embargo no existe). Para muchísima gente, la disyuntiva no consiste en descargarse gratis un archivo digital o comprar un libro. La disyuntiva es leer un PDF o no leer nada.

Hay una cuestión todavía más profunda, y que a mí me parece, en el fondo, la central en toda esta discusión: ¿hasta dónde la circulación de archivos digitales afecta la venta de libros? ¿Realmente se venden menos libros por culpa de la circulación de archivos en internet? No lo sé. Ni siquiera sé si alguien tiene esos cálculos o estadísticas realmente fiables. Al referirse a estas cuestiones, organismos oficiales y medios suelen hablar del dinero que la industria “deja de ganar” a causa de la piratería (el propio concepto de piratería es materia de discusión pero, para abreviar, usémoslo aquí). Sucede que esas cifras en general se calculan suponiendo que, de no existir la piratería, la cantidad de productos en circulación sería la misma, solo que serían vendidos a través del circuito legal.

Es decir: si en un año se descargan diez ebooks piratas (gratis), cada uno de los cuales tiene en el mercado un precio oficial de 10 pesos, se nos dice que “la industria dejó de ganar 100 pesos”. Pero no existe ninguna prueba de que, si la piratería no existiera, esos diez ebooks a 10 pesos cada uno se hubieran vendido. Además, hay que insistir, en este caso la disputa no es ebooks piratas contra ebooks oficiales (cuyas ventas representan una porción pequeñísima del mercado en Argentina), sino archivos digitales versus libros de papel.

Eric Schierloh, responsable de la editorial artesanal Barba de Abejas y ferviente defensor de la libre circulación de archivos digitales, escribió: “Llevo días buscando algún estudio serio, bien frío incluso, data pura, digamos, sobre impacto negativo de libre circulación de textos electrónicos en las ventas de libros en papel, y nada, no hay nada, apenas montones de rankings de los más vendidos”. Lo único más o menos cercano fue un estudio, basado en datos de 2010, cuyas conclusiones afirman que no se hallaron evidencias de una “canibalización” entre ebooks y libros de papel.

Al menos en Argentina, sigue siendo muy fuerte la cultura del libro. Del libro de papel (los archivos digitales, ¿son libros?). Muchos lectores, después de leer en una pantalla algo que nos ha gustado, compramos el libro. Para tenerlo o para regalarlo. Lo hice yo, y lo hizo mi amiga librera a la que ya cité y quien me contó que también lo hacen, y se lo dicen, sus clientes. También me contó que una vez estuvo en una charla sobre el libro electrónico y que, ante la cuestión de la piratería, los mismos editores admitían por lo bajo (“acá entre nos”) que es casi un favor: si te piratean es “casi publicidad”. De ese modo la obra circula y así, en muchas ocasiones, surgen los comentarios, las recomendaciones, un boca a boca que a menudo no solo no genera una disminución en las ventas, sino un aumento.

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Por supuesto, cada autor tiene derecho a decidir si permite que sus textos se compartan en internet o no. Me parece muy razonable la postura del escritor Kike Ferrari, autor de varias novelas, entre ellas Quede lejos parecen moscas (2011) y Todos nosotros (2019), ambas publicadas por Alfaguara. Si le piratean la primera, “que ya hizo su recorrido (de hecho está dando vueltas por ahí)”, escribió, a él no lo afecta. “Ahora –agrega– si ponés a circular el PDF de Todos nosotros, con seis meses de rotación y antes de que se publique en España, me cagás el 2021”. Por cierto, Ferrari no vive de la literatura: se gana la vida limpiando el subte (el metro) de Buenos Aires.

En cualquier caso, lo que sí me parece conveniente es que los autores, si deciden no arriesgarse a que sus textos circulen en internet como un modo de hacerse publicidad a sí mismos y que eso les redunde en posibles ganancias a largo plazo (ganancias acerca de las cuales no existe, obviamente, ni la menor garantía), al menos deberían procurar no hacerse publicidad negativa. Lo digo porque más de uno, en los momentos más candentes de la discusión, mostró en sus intervenciones tal nivel de vanidad, egolatría y condescendencia que, lejos de cuidar sus ventas, puede haberlas perjudicado.

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Alberto Laiseca, uno de los escritores más geniales que dio la literatura argentina en las últimas décadas, murió pobre. Fue puesto como ejemplo por algunos de los defensores más acérrimos de la idea de que defender los derechos de los escritores en tanto trabajadores sirve para evitar que se repitan casos como el suyo. En 1991, Laiseca publicó Por favor, ¡plágienme!, una especie de “ensayo ficcional” sobre el plagio. “Se ha dicho –afirma uno de sus personajes– que un hombre no merece el título de artista hasta que no ha sido plagiado por lo menos siete veces”. Una frase que, como todo chiste, contiene algo (o mucho) de cierto: quien ejecuta un plagio declara su admiración por el artista y por la obra plagiada. El editor y diseñador Felipe Ibáñez Frocham cuenta que Laiseca, que fue su amigo, le decía que “era peor no ser plagiado nunca”.

Quizá de la circulación de los archivos digitales se podría decir algo parecido: peor es que tu libro no lo piratee o no lo comparta o no lo descargue nadie. Al menos por ahora, mientras la cultura del libro de papel siga siendo fuerte, y con la posible excepción de las obras más recientes, en ciertos casos y en ciertos contextos, podríamos decir que a lo mejor puede ser más una ayuda que un perjuicio. No me parecería tan alocado, quiero decir, que algunos escritores salieran a pedir públicamente: “Por favor, ¡piratéenme!”. Cada autor, y cada editor también, tiene derecho a elegir cómo difundir sus obras, y cómo arriesgarse.

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