Como si se tratara de asunto bíblico, muchas comunidades indígenas del país enfrentan el día de hoy la llegada de al menos tres de los jinetes del Apocalipsis: el hambre, la muerte y la guerra. He atrasado este artículo por semanas debido a la pandemia y el interés que me han generado numerosas aristas que se han ido manifestando a lo largo de esta crisis mundial de salud. Sin embargo, pienso que es necesario hacerlo ya. En septiembre del año pasado, varios portales y medios noticiosos pusieron su atención en la Sierra Tarahumara pues los Rarámuri de la región morían de hambre, literalmente. En el portal Infobae se reportaba el 30 de septiembre que “Los indígenas rarámuris se sienten olvidados por el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador. Decenas de tarahumaras encararon al presidente mexicano y le hicieron un llamado de auxilio. Al menos el 60 % de los indígenas de la región han sido marginados de los programas sociales, por lo que se ha agudizado la pobreza. (…) Desde la noche del sábado, mujeres, niños y hombres realizaron una marcha desde los municipios de Bocoyna y Guachochi -ubicados en el estado norteño de Chihuahua-, para reclamar el abandono de los gobiernos federal, estatal y municipales. Los indígenas demandan, principalmente, agua potable, vivienda, recursos para el campo, apoyos para las mujeres y acceso a la telefonía”. Por supuesto, más allá de que la ayuda haya llegado, tarde o temprano, lo importante es que estos grupos viven un hambre ancestral y muchos mueren a causa de sus consecuencias. Por tanto, la crisis del Covid- 19 simplemente se añade al problema. Como reportó el mismo portal el pasado 29 de abril, en “‘Acá el mayor temor no es al virus, es al hambre’, afirma María Aurelia Palma, consejera rarámuri en la localidad de Guachochi. (…) Ante la falta de empleo en las rancherías de estados vecinos como Sonora y Sinaloa, estos pueblos confían en que pronto lleguen las ayudas del gobierno”. A esta situación se suman las condiciones de higiene, la imposibilidad de conseguir agua corriente y muchos otros factores que tanto los rarámuris como muchos otros grupos indígenas viven. Del lavado correcto de manos ni hablamos.

En otro lugar, Ocosingo en Chiapas, un indígena Zoque de 54 años se suicidó hace varios días al conocer que tenía el virus. Se colgó de un árbol y su cuerpo permaneció en el lugar varias horas pues no había manera de disponer del cuerpo sin contagiarse. El municipio, uno de los más pobres del país, no cuenta con los elementos mínimos para controlar el contagio – como cubre bocas, guantes o gel- y enfrenta serios problemas de marginación que también resultan ancestrales. De hecho, en esa región como en muchas otras del país, los grupos indígenas han decidido tomar medidas propias como cerrar sus poblaciones para evitar contagios. Y mientras todo esto sucede, ahí mismo en Chiapas tenemos conflictos de otra índole más sangrienta. Según un reportaje de Hermann Bellinghausen publicado el 28 de abril en este mismo diario, en “los Altos de Chiapas, los desplazados tzotziles del municipio de Aldama se encuentran en situación doblemente vulnerable. A los ataques de grupos armados, tolerados por el gobierno estatal, se suman los crecientes riesgos de salud durante la emergencia sanitaria por Covid-19, sin las garantías de atención médica adecuada. La entrada a la fase 3 de la emergencia sanitaria en México, pone en evidencia que las  comunidades de pueblos originarios son altamente vulnerables, ya que su vida se  encuentra en constante riesgo, dice el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas (Frayba)”. Aparentemente “grupos armados de corte paramilitar procedentes de Chenalhó utilizan las trincheras de Tok’oy, Pajaltoj, Oxch’om, Slumka, Vale’tik y Tojtik, de las comunidades de Saclum y Santa Martha, municipio de Chenalhó, para realizar disparos dirigidos hacia las casas de Xuxch’en, San Pedro Kotsilnab, Koko’, Tabak, y Chivit en Aldama” – continuó el reportaje-. Guerra, hambre y muerte.

Los problemas de las comunidades indígenas tienden raíces profundas en la historia de nuestro país y de América toda. Desde la llegada de Colón a América se estableció la relación que existiría entre los invasores y los grupos que los recibían. Federico Navarrete en su libro “Hacia otra historia de América” afirma que “En este momento fundador de la dominación colonial sobre América, Colón estableció una asociación inequívoca, que se ha mantenido hasta la fecha, entre la imposición del poder europeo por medio de la violencia de las armas, la explotación del trabajo de los pueblos colonizados y la transformación de su cultura para adecuarla a los cánones occidentales. (…) Desde entonces, el cambio cultural en las sociedades indígenas americanas desencadenado por la colonización europea, inicialmente, y a partir del siglo XIX por la constitución de los Estados-nación modernos, ha sido una preocupación central y un constante tema de discusión entre los distintos agentes del colonialismo europeo y de la dominación estatal nacional, así como entre estudiosos y observadores de los pueblos amerindios”. En ese libro, Navarrete hace un pormenorizado análisis de las teorías, programas y acciones seguidos por los subsecuentes sistemas de dominio que se han sucedido en América para lograr la transformación cultural de los pueblos amerindios. En ese devenir histórico, tales concepciones sobre el cambio cultural de las comunidades indígenas han llevado a su explotación, segregación, negación y a un bombardeo constante en pos de eliminarlas si no del todo, al menos de asimilarlas al proyecto de nación en turno y a los caprichos del poder -léase Tren Maya-. Lo que vemos a la vuelta de los años es que, pese a los esfuerzos institucionales, sea a través de políticas públicas adeversas o de francos genocidios -como el de Guatemala el siglo pasado-, los grupos han sobrevivido tenazmente, aunque en condiciones siempre adversas. En un interesante trabajo de investigación publicado en el portal guatemalteco Plaza Pública, Diego Vázquez Monterroso hace un pormenorizado análisis de las diversas epidemias vividas por las comunidades mayas de 1520 a 1820. Concluye diciéndonos que “Su experiencia acumulada desde al menos el siglo XVI, a través de las casi 60 epidemias en los tres siglos coloniales, les hace comprender que primero es la comunidad —la sociedad, en otras palabras— como un todo antes que individuos, estratos o temáticas particulares. (…) Ante un desastre que amenaza la vida humana misma, es ésta la que debe ser preservada. Y sí, eso significa contracción económica, inestabilidad política y aislamiento relativo (físico en el caso actual), pero en el largo plazo se sabe que todo ello se restaurará”. Podemos y debemos aprender mucho de ellos, en especial en lo concerniente al sentido comunitario de la vida y a su tenaz resiliencia a pesar de todo.

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