Así está México, entre tumbas y miserias. Y en el mínimo espacio que existe entre ellas, frío, soledad, silencio, tierra herida sin flores blancas y abandono. En el marco nacional que las rodea, una regla de conducta hecha de indiferencia, desdén, impudencia, desvergüenza. 

Las banderas todas debieran estar llorando a media asta. Las campanas todas debieran tocar a duelo por la tragedia de tantos. Los espíritus debieran compadecerse, reflexionar, ahondar en los significados éticos de la plaga pandémica. Pero no, eso no ocurre en general, no se escarmienta, no hay enmienda. Frivolidad, pornografía, aborto, insolencia, ansia de consumir, violencia, injusticia, mezquindad, lucro a costa de vidas, vicio, campean sin rubor. Y que no se diga que es mal del mundo, porque mal de muchos, consuelo de tontos.

Repiten autoridades sin pudor que es un “éxito” la estrategia contra el virus, pues solamente van según eso, seis mil 900 víctimas del virus cuando en otros países el número es mayor, pero sin tomar en cuenta la proporción entre el número de habitantes de los otros países como la India, y el de muertes. Incluso en estos últimos días, el número de muertes es mayor en México que en China misma con ¡sus mil 400 millones de habitantes!

Hablar de felicidad por autoridades en estas horas amargas para tantos hogares enlutados o sin suficiente pan, representa una afrenta. Un insulto a las víctimas, a sus familias, a los desempleados, a los innumerables hombres, mujeres y niños que pululan por las calles de la Ciudad de México, tocando trompetas, marimbas, cilindros, tambores para obtener una moneda triste en medio de sonidos musicales que obedecen a la desesperación desentonada. Una afrenta a las micro, pequeñas, medianas y hasta grandes empresas en quiebra o en camino de estarlo.

Y ¿qué es la felicidad aquí en la tierra? Aristóteles lo dice: “el bienestar acompañado de virtud, o la posesión de medios suficientes para vivir, el buen estado de los cuerpos… Siendo sus partes: la nobleza, las riquezas, la buena vejez, la salud, la templanza, la justicia, la prudencia, el honor…”. Y para sintetizar la antigua idea griega de la misma: “la felicidad está en la libertad y ésta en el ánimo esforzado”.

 

El anhelo de felicidad, de bienestar, el querer ser felices y estar bien no equivalen a serlo o estarlo. Y menos en tiempos de llanto y duelo. Hay un tiempo para todo, dice el Eclesiastés. Tiempo para reír y tiempo para llorar; tiempo para hablar y cantar, y otro para callar y pensar. Hoy es el de llorar y sentir honda pena por el dolor del prójimo en medio de nuestra por ahora afortunada circunstancia.

Tal como el ansia de verdad se enfrenta a diario con la incertidumbre al decir del genio de Pascal, así el de alegría se topa con la tristeza, hoy más que nunca. La vida en estos días de pandemia hiere y muerde, y la autoridad la subestima con números mágicos, y habla de felicidad y ríe y parlotea sin reflexionar, sin dolerse frente a los miles de deudos, con nombres y apellidos, del drama nacional.

¿Y acaso es feliz el familiar que no se despidió de su madre o padre o hijo o nieta, idos y ya hechos polvo?  ¿Y es feliz el moribundo cuyos pulmones, hígado, riñones, cerebro han sido devastados por el virus? ¿Lo serán los millones de miserables que sobreviven en habitaciones inferiores a las pocilgas, en barrancas, ciudades perdidas, muladares urbanos? ¿Y los desempleados? ¿Es feliz la porción ciudadana amante de la libertad cuando el país vive la militarización de la seguridad pública, la ausencia de pluralismo y la multiplicación de la prisión preventiva oficiosa?

¿Serán felices los niños y niñas migrantes mexicanos enjaulados por Trump en su territorio ante la indiferencia generalizada? ¿Lo serán los que exhaustos, creman cadáveres que hacen larga cola para ser presa del fuego? ¿Y los suicidios de muchos, son signo de felicidad acaso?

Ocultar, minimizar o eludir la realidad estrujante que hoy muerde a la nación -y al mundo-, no equivale a ser felices. Por decreto sentimentalista no se es feliz nunca. Por no sentirse menos que los afortunados en las encuestas, a pesar de las miserias propias, no se obtiene la felicidad. Enfrentar la realidad desnuda de los hechos con verdad y fortaleza de ánimo, sí que genera esperanza de felicidad en la medida exacta definida por la fugacidad y precariedad de la vida, sin olvidar nunca que la felicidad está en la libertad y que es la Verdad con Mayúscula, la que nos hace libres.

Dedico estas palabras con pesar grande, a los miles de deudos de las víctimas del virus y la indiferencia, con la certeza de que el Dios misericordioso ya ampara a los idos en el lugar de la felicidad verdadera.

Read 75 times
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…