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Tal vez el dato más grotesco con el que se pueda ilustrar la crisis del sector salud en el país lo haya dado el ex secretario en tiempos de Felipe Calderón, Julio Frenk, cuando dijo a la revista Forbes que 4 millones de familias quedaban en la ruina cada año por gastos catastróficos relacionados con la salud.

Pero tener enfrente esa realidad no conmovió al ex funcionario que creó el Seguro Popular dedicado, en buena parte, a llevar recursos públicos a los hospitales de la iniciativa privada mediante la figura de la subrogación de servicios y algunos otros detalles financieros que acumularon más de una decena de denuncias por corrupción, lo que impidió el crecimiento de los servicios públicos para atención médica.

Los datos se encajan en la consciencia. El gobierno actual halló que 306 hospitales del sector salud se convirtieron en monumentos a la corrupción y, por tanto, no pueden aliviar los males para lo que fueron iniciados, mientras el crecimiento del negocio de la salud avanzaba con éxito.

Los últimos datos que hallamos hablan de que en el país hay mil 182 hospitales públicos y tres mil 172 en el régimen privado, y a pesar de que el crecimiento en términos del PIB en el país ha sido muy poco, negocios como Médica Sur aumentaron sus ingresos hasta en un siete por ciento.

Christus Mugurza, firma médica que opera principalmente en el norte, logró aumentar sus ingresos de 4 mil 836 millones de pesos en el año más reciente, a 5 mil 280, y sus activos casi se duplicaron.

Para 2017, los negocios más importantes del sector en el país estaban como sigue: Los Ángeles, de Olegario Vázquez, 28 hospitales; Star Médica, de Carlos Slim, ya contaba con 14 unidades, y Christus Mugurza, del regiomontano José Antonio Mugurza, tenía 11.

Es decir, la pandemia del neoliberalismo contagiaba de dólares a la industria de la salud a coste y goce, en buena parte, del gobierno, que transfería recursos a entidades privadas y construía quimeras médicas que el tiempo convertía en escombros.

Pero además la salud, convertida en negocio, obligaba a quienes no eran atendidos en la decadente estructura médica pública, o quienes no querían ser atendidos en esa instancia, a recurrir a la atención en hospitales privados donde, como señalaba el ex secretario, muchos iban a la ruina cuando de sufragar los gastos médicos que ocasionaba una enfermedad les asaltaba.

Hoy, frente a la creciente amenaza del embate y la multiplicación de las enfermedades, más las que ya se sufren, el cuadro parece una fatalidad que seguirá desajustando costumbres y ahondando las diferencias sociales.

Esto, a menos que el gobierno empiece a poner orden en el sector. Que se transparenten los datos de muertes, por ejemplo, ocurridas en esos lugares, que los dineros que ingresen y que provengan del gobierno estén en la rendición de cuentas que deban hacer los dueños de los hospitales, y que estén obligados a dar atención inmediata a los enfermos subrogados por el sistema público.

Pero sobre todo, que se extienda la salud pública en el país y que México sea ejemplo de la atención a sus pobladores. Claro que eso sí sería un golpe a la pandemia neoliberal y, bueno, soñar no cuesta nada.

De pasadita

La jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, sufre muchas presiones, económicas, principalmente, para que se retorne a la vida cotidiana a la brevedad, y ella, hasta donde nos dicen, no está tan segura por los riesgos que eso implica.

Las medidas que ha aplicado el gobierno de la ciudad, y que no siempre han estado a la par de las que se implementaron en el ámbito federal, han sido acertadas, y es que su equipo ha trabajado sin cuartel para dar alternativas al mal que aún nos acecha. Bien por ella.

Lo malo es cuando empiezan a alimentar vicios clasemedieros y se les ocurre, por ejemplo, poner ciclovías en Insurgentes. Qué barbaridad.

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