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Hace unos días el Instituto Politécnico Nacional (IPN), el Poli, como se le conoce popularmente, cumplió 84 años de vida. Lo fundó en 1936 el presidente Lázaro Cárdenas con el propósito de organizar un sistema de enseñanza técnica para formar cuadros de obreros, técnicos y profesionistas que desarrollaran la industrialización de México.

En alguna ocasión comentamos que en su creación se integraron instituciones ya existentes, algunas desde el siglo XVII, lo que le da una prosapia semejante a la de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que es en muchos sentidos heredera de la Real y Pontificia Universidad, la primera que se creó en el continente americano en el siglo XVI.

La flamante institución politécnica integró la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, la de Medicina Homeopática, la Superior de Comercio y Administración (ESCA), la Superior de Construcción, un bloque de escuelas del antiguo Instituto Técnico Industrial y la Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (Esime).

Esta última tuvo como origen la Escuela de Artes y Oficios, que derivó en la EIME, que se transformó en la EITE, y en 1936 en la Esime, plantel politécnico que ha formado a muchos de los mejores ingenieros mecánico-electricistas del país.

Vamos a platicar del inmueble que ocuparon que se encuentra en el Centro Histórico y fue un precioso convento. Les cuento: a fines del siglo XVI, cuatro monjas agustinas decidieron fundar un convento bajo la advocación de San Lorenzo, el mártir que literalmente asaron en una parrilla.

Previamente habían conseguido el apoyo económico de don Juan de Chavarría, quien puso como condición ser enterrado en la iglesia y le construyeran un suntuoso monumento funerario. Para tal fin se mandó construir un templo adjunto al convento con entrada por la calle ahora llamada Belisario Domínguez. La edificación original padeció severas modificaciones en el siglo XVIII para adaptarlo a la moda barroca.

En la actualidad conserva la portada de gran belleza, que consta de dos cuerpos con pilastras y columnas dóricas adosadas que sostienen un sobrio entablamento que se interrumpe con tres nichos con esculturas. En el segundo cuerpo resalta una escultura de San Agustín, de tamaño natural. Los materiales son los característicos de la época: avinado tezontle, adornado con elegante cantera plateada en los marcos y las portadas.

El soberbio interior, en el que destacan las bóvedas de ambos coros, está prácticamente desnudo. Tuvo primorosos retablos barrocos que perdió cuando se aplicaron las Leyes de Reforma. En los años 60 del siglo XX, cuando llegó a hacerse cargo del templo el sacerdote progresista Ertze Garamendi, lo limpió de adornos corrientes e invitó al artista Matías Goeritz a diseñar los vitrales y el sitio en donde estuvo el altar mayor. La obra de Goeritz es extraordinaria, tanto el moderno diseño y colorido de los ventanales de vidrio soplado, como la gran mano con un dramático orificio que en bajorrelieve ocupa el muro donde estuvo el altar mayor. Desafortunadamente esta original belleza ha sido parcialmente cubierta por un altarcito tipo barroco.

No perdemos la esperanza de que regrese un párroco con sensibilidad estética que lo despeje y permita apreciar esta obra de arte contemporáneo, que expresa un gran misticismo y armoniza espléndidamente con la arquitectura barroca.

Al ser exclaustradas las religiosas, a mediados del siglo XIX, tras dedicarse varios años el edificio del convento a usos viles, como mencionamos líneas arriba, se estableció ahí la primera Escuela de Artes y Oficios, que tras varias transformaciones en 1936 finalmente se volvió la Esime. Funcionó en este sitio hasta que se construyeron las modernas instalaciones del Politécnico, donde se trasladó junto con otras escuelas.

El antiguo convento cayó en desuso durante varios años, hasta hace poco más de una década, cuando decidieron restaurarlo y dedicarlo a Centro de Educación Continua en el que se imparten cursos, diplomados y maestrías y tiene una buena librería.

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