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I

Los domingos por la mañana –como siempre, como si no ocurriera nada–, desde lejos se escucha el caramillo. Con su sonido, agudo y medieval, el afilador pregona sus servicios. Ese hombre no piensa en el peligro que corre, no teme al contagio y no se protege cuando empieza su batalla contra el único mal que para él es de temerse: el hambre.

 

II

 

Inauguran el día. Con las primeras luces empiezan a circular por calles y avenidas. En esos recorridos agotan los restos de energía de sus motores averiados, quién sabe cuántas veces reconstruidos. Anuncia su aparición el tono alegre, inconfundible de la campanilla que con singular energía agita un muchacho. La música que sale de un equipo de sonido jadeante, equivale al llamado de un mago callejero que necesita avisar de su presencia y atraer espectadores.

De acuerdo con una orden de trabajo que conoce el equipo recolector –ahora integrado sólo por tres hombres–, los camiones se detienen en puntos estratégicos. Allí permanecen el tiempo necesario para que vayan apareciendo las mujeres que necesitan depositar en ellos sus bolsas repletas de basura: reflejos del consumo. Poco a poco van llenando el contenedor y, cuando es necesario, los bultos pasan de mano en mano hasta cubrir el capacete. Allí, tocadas por el sol, esas bolsas negras brillan como acerinas.

Cuando ya no hay más bolsas que recibir, los camiones vuelven a circular, avanzan tambaleándose bajo su carga descomunal. Sus tripulantes, atléticos, ágiles –muchas veces de aspecto estrafalario, fascinante, y con cierto sentido de la moda– llevan imágenes religiosas al cuello, cachuchas con las viseras hacia atrás, camisetas y pantalones entallados, tenis o zapatones. Como no usan cubrebocas, pueden escucharse con nitidez sus carcajadas –fuertes, retadoras, indiferentes al peligro– y algo de sus conversaciones:

Ni modo, ¿qué se le hace?, hay que salir a trabajar, si no: ¿de dónde?

III

Desde la ventana, varias veces lo he visto pasar frente a mi casa. Debe tener, cuando mucho, siete años y ya trabaja: vende dulces y gelatinas en la calle. Camina solo, sin más protección que un cubrebocas y las bendiciones que, tal vez, alguien le dio por la mañana. ¿Cuál de las dos cosas lo protegerá contra el mal? Espero que ambas, que ese niño llegue a la edad adulta y que olvide lo que necesite olvidar.

 

IV

La foto en el periódico me recordó a mi mejor amiga: Julia. Es enfermera. A partir de que apareció la pandemia no la he visto, pero nos mantenemos en contacto a través de correos. Siempre me pide que no me preocupe por ella, que está bien. En el mensaje de anoche me dijo que desde hace algunos días dedica algo de tiempo a leer a los enfermos que se encuentran aislados los mensajes que les escriben sus familiares para brindarles compañía y reintegrarlos a la vida cotidiana.

Mamá: regué tus plantas. La Nena está comiendo mejor, pero se nota que te extraña, porque todo el tiempo está junto a la puerta, esperándote. Mandé enmarcar el retrato en donde tú y mi papá están juntos. Lo puse sobre la cabecera de tu cama, pero cuando regreses, si quieres, lo colgamos en la sala, junto al espejo. Luego te escribo más. Quédate tranquila. Rezo por ti y te recuerdo siempre.

Los enfermos graves tal vez no alcancen a escucharme –me aclaró Julia–, pero de todas formas leo para ellos. Si mueren, espero que se vayan sabiéndose queridos. Hoy viví una situación muy difícil: tuve que leerle a un hombre la carta que le escribió su esposa. No he podido sacármela de la cabeza.

Mi amor: No sabes cuánto te extraño. Los nueve días que llevas internado se me han hecho eternos, pero es mejor para ti que estés en el hospital. Tengo mucha fe en que pronto volveremos a estar juntos, en la casa. Es muy chiquita, por eso siempre decías que cuando entraba el sol nosotros teníamos que salirnos a la calle. Cuando te vea, mi amor, pienso darte un abrazo muy largo, un abrazo que dure para siempre. No olvides lo mucho que te amo.

Por desgracia –escribió Julia–, él ya no pudo oírme y tuve que salir a decírselo a su mujer. No me preguntes cómo ni con qué palabras lo hice porque no lo sé. Siento que de alguna manera también estoy de duelo. Escríbeme. Yo lo haré en cuanto pueda. Cuídate mucho y, por favor, haz caso: no salgas.

 

V

El colibrí no ha vuelto. ¿Él también estará confinado?

 

VI

Por accidente, Ernesto derramó el café sobre su computadora. En otros momentos sería una enorme contrariedad, pero en las circunstancias actuales para nosotros es toda una tragedia. Tendremos que conformarnos con hablar por teléfono. El día que su timbre no suene... Mejor no pensarlo.

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