Menos visible que las acciones y experiencias bajo cuarentena en las ciudades, hay una especie de contraacción en poblaciones periféricas, aún urbanas, que minimiza, desafía y niega al coronavirus. ¿Cuánto hay ahí de meramente irracional o ignorante y cuánto de resistencia, rebeldía contra un pensamiento único ante eventos reales que nos pone a todos en la estacada vida o muerte? Por lo percibido en ciudades grandes, donde coexisten todos los estratos sociales –desde el ultramillonario hasta el pobre o migrante que aterriza en cinturones de cartón y come basura–, hay un componente de clase muy poderoso. La plebe urbana se irrita con los ordenamientos oficiales y los cuidados obedientes de las clases medias y ricachonas. Sabe, o al menos intuye, que para trabajadores y trabajadoras la cuarentena resulta una simulación. Al cumplir sus labores se exponen al contagio inevitablemente, incluso si se cuidan. En la calle, el transporte, los sitios de trabajo, los mercados. Y así devienen vectores potenciales que amenazan a quien cumple la cuarentena y las nuevas reglas normales.

El virus, que nos tiene encapsulados, obsesionados, políticamente exasperados, con las emociones y los sentimientos vueltos bolas en las marañas del encierro y la red algorítmica de mensajerías, causa estragos en las relaciones personales y sentimentales. Mientras tanto, para muchos mexicanos al parecer aquejados del fatalismo que les atribuyen la religión católica, el El laberinto de la soledad y la novela indigenista, la nueva enfermedad no existe, o no es distinguible de los otros padecimientos que también matan, más despacio, pero no menos dolorosamente.

No que no les importe. Pero las comunidades lo procesan distinto. Desprovistas de por sí de infraestructura clínica, saben que el mejor destino de sus eventuales enfermos de Covid-19 sería el hospital, o las colas para acceder a uno mientras el cuerpo agoniza. Los familiares temen la desaparición de los difuntos en un país enfermo de desapariciones, con Pasta de Conchos y los 43 de Ayotzinapa clavados a mitad del pecho.

Prefieren cuidarse a su modo, y viven los contagios, los síntomas y la muerte como todas las demás dolencias y carencias que combaten diariamente. Ya se vio en los casos extremos de los navajos en Estados Unidos y las tribus amazónicas: la pandemia puede ser arrasadora. En las montañas de Chiapas, Guerrero, Oaxaca o Puebla están dadas las mismas condiciones, más otras: hambruna, infecciones respiratorias, diabetes por el consumo indiscriminado de azúcares industriales, falta de agua.

Son tiempos de entronización del discurso médico como factor de poder inapelable, apuntalado en el heroísmo objetivo de miles de personas trabajando para contener y combatir la afección viral que en ciertos cuerpos causa estragos definitivos. Y también se apuntala en la razón científica, el dominio de los números y los remedios legítimos.

Dada la emergencia, parecería inoportuno retomar la crítica a la medicina dominante hecha por Iván Ilich en los años 70, antes de la nefasta doctrina neoliberal que desmantelaría los servicios públicos de salud y se entregaría a las farmacéuticas y los consejos de accionistas de las grandes firmas. La medicina institucionalizada ha llegado a ser una grave amenaza para la salud. El impacto de control profesional sobre la medicina que inhabilita a la gente, ha alcanzado las proporciones de una epidemia (Némesis médica, Joaquín Mortiz, México, 1978). Ilich hablaba de la yatrogénesis, la enfermedad causada por los médicos y sus herramientas.

Cabe extrapolar sus cuestionamientos a la actualidad, cuando somos rehenes (síndrome de Estocolmo incluido) de la razón médica. Y no sólo por la multiplicación de la muerte expropiada por los hospitales y el entubamiento in extremis. En su obra, entonces muy difundida y ahora bastante olvidada en los debates, Ilich buscaba demostrar (y lo logró, por aguafiestas que resulte) que la insistencia del gremio médico sobre su propia idoneidad para curar a la misma medicina se basa en una ilusión. El poder profesional es el resultado de la delegación política de la autoridad autónoma a las ocupaciones de la salud, realizada durante nuestro siglo por otros sectores de la burguesía universitaria. Dicho poder no puede ser ahora revocado por aquellos que lo concedieron, sólo puede deslegitimarlo el acuerdo popular sobre su malignidad.

El descontento, la irritación, el rechazo popular a la enfermedad y los doctores no necesita haber leído a Ilich para oler al gato encerrado (sin considerar en esta reflexión las agresiones paranoicas y gandallas al personal de salud que se han suscitado). No sólo la enfermedad mata; la forma en que está estructurada la salud también. Y no todo es atávico en los pueblos. La rápida respuesta de la autonomía zapatista en Chiapas tiene mucho de ilichiana. Es posible combatir con la razón y la organización las impotencias de la institución médica.

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