Un vendedor ambulante en Ciudad de México, el pasado domingo.
Un vendedor ambulante en Ciudad de México, el pasado domingo.REBECCA BLACKWELL / AP

La ventaja temporal que América Latina pudo tener por llegar la pandemia de covid-19 con retraso respecto a Asia o Europa se está esfumando rápidamente al toparse con los males endémicos de la región: la fragilidad de los sistemas sanitarios, la debilidad del conjunto de las instituciones y la amplitud de la pobreza y la desigualdad. A ello cabe sumarle el comportamiento errático —en distintos grados— de algunos de sus gobernantes, entre los que destacan Jair Bolsonaro en Brasil, Andrés Manuel López Obrador en México o Daniel Ortega en Nicaragua. El continente es estos días el epicentro de la crisis. Se cuentan ya 50.000 muertes, pero hay que tener en cuenta el manifiesto subregistro de contagios y de decesos. En realidad, nadie sabe cuál es la profundidad de la catástrofe.

Resulta innegable que las cifras oficiales están, de momento, lejos de lo que han sufrido sociedades más desarrolladas. Pero conviene no olvidar que América Latina se encuentra ahora mismo en medio del temporal, sin que se aviste con claridad un cambio de tendencia. México comenzó ayer a relajar el distanciamiento, con todos sus Estados, menos uno, en máximo riesgo de transmisión. Su presidente arrancó también ayer sus giras políticas, un pésimo mensaje a los ciudadanos de que ya se volvió a la normalidad.

Brasil es el cuarto país del mundo con más muertes. Supera los 500.000 contagios. Pese a ello, Bolsonaro profundiza en el sabotaje a sus propias autoridades sanitarias, la división de la sociedad y el desprecio a las medidas de protección, un rasgo especialmente cruel de su ya complicada personalidad. Perú pasa sus peores momentos (antes fue Ecuador), Venezuela cabalga errante esta enésima crisis y parte de Centroamérica la comparte con otras epidemias conocidas. En el otro extremo, tanto Argentina como Colombia —especialmente Bogotá y su alcaldesa, Claudia López— han reaccionado de forma pronta y eficiente.

Lo que queda por venir resulta preocupante: más contagios y más muertes, más desempleo, más pobreza y más desigualdad. Y probablemente, más inestabilidad política. La infraestructura sanitaria no ha colapsado aún como en partes de Europa o en Nueva York, pero aquí también hay matices. El sistema en su conjunto es ya tan precario que, en México, por ejemplo, un número desproporcionado de enfermos muere sin llegar a una UCI o a una cama con ventilador. Y la vuelta a la normalidad se antoja una quimera cuando el 20% de las escuelas en México no tiene agua potable y el 45% carece de drenaje.

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