Iniciar una gira presidencial en medio de los focos rojos de la pandemia y en el punto más alto de la curva de contagios parece un acto de inconciencia e insensatez. Pero no es, desafortunadamente, un hecho aislado. El mundo parece estar dividido entre quienes creen que los gobiernos deben levantar las medidas estrictas impuestas durante el distanciamiento social forzado y aquellos que consideran que es irresponsable hacerlo, sin antes haber alcanzado un grado mínimo de contención de la epidemia.

Entre los primeros están, desde los que no creen en la existencia del coronavirus, hasta los que no les importa si una parte de la población tiene que morir como parte de un proceso natural de sobrevivencia de los más fuertes o los más adaptables, pasando por aquellos que les urge reconstituir a sus feligresías o por los que están preocupados por los efectos de una economía devastada, por sus fortunas personales o por la población desamparada. Podemos encontrar por ello en un mismo grupo a un dirigente religioso, a un gran empresario, a un militante libertario, a alguien que cree en extraterrestres o a un político populista.

Del lado de los que claman prudencia están en primer lugar parte de los sectores más vulnerables, como personas de la tercera edad o con enfermedades que complicarían su recuperación en caso de ser contagiados, pero también grupos sociales que han sido tocados por la crisis, pero pueden resistirla mejor. Y junto con ellos están los que, con un sentido de responsabilidad social, señalan la necesidad de seguir con la cuarentena y evitar que los contagios se sigan propagando.

Los cortes no son estrictamente ideológicos, porque por un lado se encuentran ultraconservadores y populistas, conspiracionistas y darwinistas sociales, empresarios ligados al régimen, populistas a ultranza y los defensores de una cierta idea de la libertad individual, o temerosos del Estado autoritario. Por el otro lado encontraremos defensores de derechos humanos, particularmente de las minorías, miembros de las clases medias, autoridades civiles y religiosas responsables, pero también quienes reivindican el papel del Estado en la regulación de la sociedad y de sus libertades.

Así, por ejemplo, algunos líderes religiosos han cuestionado la limitación a la libertad de culto que se sigue por las disposiciones de enclaustramiento. Los resultados han sido desastrosos cada vez que el Estado ha relajado sus restricciones en la materia: los lugares de culto son centros de contagio naturales.

En Alemania, un templo bautista terminó con más de 100 infectados la semana pasada, luego de una ceremonia religiosa. En Estado Unidos, por este tipo de razones, la Suprema Corte de Justicia le negó a un templo católico la pretensión de abrir sus puertas para realizar el culto semanal. Lo único claro entonces es que si bien todo mundo tiene sus razones, una vez que se relajen las medidas de distanciamiento social, habrá rebotes de la epidemia. Lo curioso es que en México, como en Estados Unidos, los presidentes no parecen estar conscientes del peligro, ni creer en las regulaciones sociales. Los “responsables” resultaron irresponsables.

This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it. 

Read 62 times
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…